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los ojos de Minerva

Racional / irracional: una frontera en constante movimiento


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J.S.T
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LUNA

El símbolo es siempre enfático: nos invita a poner especial atención en la trascendencia, la historicidad, la altura o el color o cualquier otro rasgo del objeto al que apunte; es decir, el símbolo puede enfatizar porque en su hacer siempre se da por supuesto un encuadre, una referencia constante -también del tipo que sea- a partir de la cual adquiere un sentido específico. Precisamente ésta es la razón por la que se puede hablar de la fuerza de un símbolo. Así

* Cuando nos explayamos sobre la fuerza de determinado símbolo nos delatamos; nos guste o no, estamos hablando de nosotros mismos.

* Está claro que en este contexto el término fuerza es una metáfora indicadora de la capacidad de margen de distracción o desatención de que disponemos.

¿Por qué estas precisiones? Porque esa luna que el título anuncia como objeto de estas líneas pertenece a ese reducido grupo de símbolos que no deja margen a la desatención. La pregunta surge, por tanto, sola: ¿qué enfatiza?

Algo inquietante: señala la existencia de aspectos oscuros en nuestra personalidad, aspectos que -pese a saber que existen- nos negamos a reconocer, comportamiento que tiene muy serias consecuencias. Baste aquí con apuntar dos:

a) Contrariamente a otros símbolos en los que la pregunta por el origen da frutos de inmediato, aquí no aporta nada; la oscuridad sigue siendo oscura.

b) Cuando, por los medios y motivos que fueren, iluminamos, lo que contemplemos no sólo podrá, sino que de hecho tendrá tanta variación como la que dejan adivinar el alma de las personas (la mitología hindú nos cuenta que cuando los dioses despedazaron a Purusha, el hombre primordial, la parte de él que se convirtió en la luna fue su espíritu).

Pero Selene es un baúl de sorpresas que ni mucho menos se agotan aquí: el ser humano se queda pasmado cuando constata que hay concordancias entre ella y las mareas, o ciertas labores agrícolas... ¿el enigma empieza tan pie a tierra? Seguramente por algo de esto Beigbeder nos recuerda que:

A la luna, como al agua, se vincula el prestigio del conocimiento de la iniciación, ya que éste ha enseñado al hombre el tiempo concreto, distinto del tiempo astronómico, y toda la terminología relativa a la luna en las lenguas indoeuropeas deriva de la raíz me-: medir...1

Intentemos pues, sin más dilación, establecer algún orden... ¿observamos lo que ocurre cuando de hecho estamos en relación con ella?

Cuando, en efecto, es la interlocutora a la que con tanto cariño aluden los poetas, resulta que estamos ante una luminaria a la que el ser humano ha agradecido siempre su presencia (es símbolo de verdad en el taoísmo chino). Recurramos aquí a la autoridad de otro gran estudioso del mundo simbólico, Jurgis Baltrusaitis:

Desde Firdusi todos los poetas persas la evocan como la suprema encarnación de lo femenino: "Esta bella mujer con cara de Luna se llamaba Gulnar, era como una pintura cubierta de joyas, colores y perfumes". "Clara como la Luna... Hermana de la Luna... Parecida a la Luna llena...". También en Armenia constituye un canón de belleza y, puede servir para la decoración. Símbolo de la luz nocturna y la gracia, las caras lunares son uno de los adornos más bellos.2

A pesar de todo eso, ella también tiene su propio lado oscuro... en sí misma es la encarnación de una potentísima paradoja, la de la luz en las oscuridad... pero es una luz que nunca es la misma, una luz que cambia. Puede parecer una tontería detenerse en algo que está tan a la vista de todos pero ¡ay!, los hombres modernos no queremos, no podemos o no sabemos captar las sugerencias del cosmos; este modo de comportarse, sin embargo, estaba preñado de ellas para los hombres antiguos, que veían aquí desde un indicativo de que quizá el ciclo de vida y muerte no fuese tan trágico cuando resultaba que incluso la luna estaba sometida a esta variación, hasta la idea de la medida:

Siempre fue el regulador del tiempo; sus movimientos periódicos servían para fijar las fechas y se encuentran también muy probablemente en el origen de los números primero y después de las letras. Es por lo que, asociada al dios Thot, este planeta preside la invención de la escritura y, posteriormente, de las ciencias en general. La Luna es la divinidad de la forma y de la formación unida al tiempo, al espacio, a la medida y por tanto al número. La forma depende de la relación de medidas que se expresan en el número.3

El monstruo de la lunaLas pautas a las que se ajusta esa mutación -el 7 y el 4, concretamente- quedan convertidas de este modo en patrones de organización, de ahí el enorme potencial simbólico de ambas cifras.

Mutación es movimiento (seguimos sin abandonar la inmediatez), que resulta imposible sin el sustrato del espacio, esto es, sin que exista distancia. ¿Y qué son estos términos, tan humanos, cuando los extrapolamos a su escala? ¿Querrá decir -quizá- que el cosmos es unitario y que si alguna de sus partes fuese independiente nos resultaría incognoscible? ¡Quien puede saberlo!

Sentimos, además, que se contrapone con el Sol -no coinciden; sus luces son muy distintas...- de forma complementaria. Este sentimiento se ha plasmado en algunas de las creaciones mitológicas más bellas y ricas de la historia de la humanidad, desde la Isis egipcia a Tsukuyomi, el Dios-Luna de la mitología japonesa. Así, esa alternancia constante hacen de tan ilustre pareja celeste un símbolo de completitud al que nada humano le es ajeno.

Estamos, por tanto, en el reino en el que las preguntas nunca se acaban... lo que le da ese halo enigmático que, por otro lado, es el marco perfecto para todo lo que tenga que ver con la fantasía y la imaginación desbordada (donde encuentra su sentido ese vocablo, lunático, con el que tratamos de etiquetar pautas de conducta extravagantes).

Antes de concluir habrá que recordar -por lo menos- que es símbolo del pueblo hebreo, su papel protagonista en la astrología, la alquimia o el Islam, el arcano del Tarot, su relación con el espejo o la plata... es un símbolo que ya lo encontramos actuando entre los cazadores neolíticos, para quienes en su forma de luna llena era la diosa blanca del nacimiento que crecía hasta el rojo del amor y las batallas para terminar difuminándose en la luna nueva, la diosa negra de la muerte, el misterio y la adivinación... y aunque para los hombres de hoy nada de esto es más que un pintoresquismo curioso, nos traicionamos cuando ponemos tanto empeño en conquistarla: ¿no sería mucho más sensato integrarla en el devenir humano? Neumann, al escribir sobre el arquetipo Luna, hace las siguientes aclaraciones:

Deberíamos aprender de una vez por todas que ningún símbolo es "absoluto", sino que sólo adquiere sentido por su inserción en un mundo-todo simbólico mayor, cuyo orden depende de la fase de desarrollo en la que se encuentre la conciencia ante la que se presenta y con la que está vinculado. Por eso tenemos que distinguir si la simbólica de la luna pertenece a un mundo gobernado por lo femenino y lo inconsciente o a un mundo dominado por lo masculino y por la conciencia.4

Dado que los hombres y mujeres a que hace referencia la observación somos nosotros, bien se pueden leer estas frases como advertencia por los errores que estamos cometiendo.

notas

1 O. Beigbeder, La simbología, Barcelona 1971, p. 34. Volver al texto

2 Jurgis Baltrusaitis, La Edad Media Fantástica, Madrid, 1983, p. 139 Volver al texto

3 M. Senard, Le zodiaque, Paris, 1981, p. 130 (La traducción es mía, J.S.T) Volver al texto

4 E. Neumann, "La conciencia matriarcal", en Arquetipos y símbolos colectivos, Barcelona 1994, p. 57. Volver al texto


Créditos
Autor: Julio Sánchez Trabalón
Diseño y mantenimiento: María Jesús Viver

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