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J.S.T
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Sobre la muerte, la memoria ... (Mi adiós a Luis Jiménez)
¿Cuándo charlamos por última vez? Desde luego, hace años y ahora...
Te has ido, te fuiste yendo en esa trágica forma de ausencia en presencia que el destino eligió para tí y claro, ya nunca volvimos a nuestras conversaciones, siempre tan caóticas aunque tan estimulantes; aparentemente, éramos dos y, sin embargo, nunca hubieran tenido lugar si con nosotros no hubiesen estado todos esos maestros de la historia del pensamiento, los nuestros...
¡Cuantos temas se nos han quedado sin tocar...!
¡De qué fuerza...!
En estas circunstancias, siento particularmente que forme parte de ese grupo de futuribles que ya no serán uno concreto: la muerte.
En principio, ya es curioso que sea un asunto que rara vez se enuncie en forma de verbo, ¿por qué? ¿No es una acción? Negativa, si se quiere; una acción que se distingue de cualquier otra en que es la que cierra el camino: ya no hay más. Da la sensación que, al referirnos a ella como sustantivo, quisiéramos conjurarla para mantenerla en la distancia.
Sensaciones personales a un lado, ¿cómo hubiera aparecido y en boca de quién? ¡Qué importa! Tal vez, ni siquiera hubiese asomado desde la filosofía... supongamos que lo hubiese hecho desde la literatura, desde Tolstoi, por ejemplo:
El ejemplo de silogismo que había estudiado en la Lógica de Kizavérter: "Cayo es hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal", le pareció toda su vida correcto con relación a Cayo, pero no con relación a sí mismo. Se trataba de Cayo como hombre en general, y eso resultaba totalmente justo; pero él no era Cayo ni hombre en general, sino que siempre fue un ser distinto por completo del resto: él había sido Vania con mamá y papá, con Mitia y Volodia, con los juguetes y el cochero, con las niñeras, y luego con Kátenka, con todos los entusiasmos, alegrías y dolores de la infancia, la adolescencia y la juventud. ¿Es que para Cayo existió aquel olor de la pelota de cuero que tanto agradaba a Vania? ¿Es que Cayo había besado así la mano de su madre y es que para él había crujido así la seda de los pliegues del vestido de su madre? ¿Es que había armado un motín en la Escuela de Jurisprudencia a causa de ciertos pasteles? ¿Es que Cayo había estado enamorado como él? ¿Es que Cayo pudo presidir una reunión como él lo hacía?
Cayo era mortal; en efecto, le correspondía morir; pero en lo que a mí se refiere, a Vania, a Ivan Illich, con todos esos sentimientos e ideas, es algo distinto. No puede ser que deba morir. Eso sería demasiado horroroso.
Hubiéramos estado de acuerdo en que todos podemos aplicarnos un retrato de este tipo sin más que cambiar el ámbito y los nombres propios, sustituyéndolos por los que a cada uno toque. Lo que ocurre es que tanto Luis Jiménez como Julio Sánchez no tienen reparo alguno en reconocer -¡todo lo contrario!- que aman la filosofía, y si alguien admite la filosofía como patria no puede dejar nunca al ser humano con esa experiencia de horror adueñándose de él: ser filósofo, dijo Spaeman, es ejercer de abogado defensor de la sociedad en que se vive. Si eso es así, es un asunto estupendo para que dos tipos que se confiesan filósofos le dediquen un poquito de atención y esfuerzo...
¿De dónde surge el horror? La experiencia nos dice que, en general, el horror proviene de dos clases de fuentes; por un lado, de la visión de ciertos acontecimientos (por cierto, en la mayoría de los casos provocados por el propio ser humano) y en otros -como en éste de la muerte- de todo lo contrario, de no ver, de la ceguera: hay algo que no vemos y que sentimos, sabemos que está ahí. Se trata, por tanto, de miedo llevado a su culmen; miedo, en concreto, a lo desconocido, ¿que no vemos porque se oculta? Bien; entonces, ¿dónde se esconde?
En el más eficaz de los escondites: en lo conocido... Habríamos seguido con la literatura, claro:
...
Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostáljico ...
¿Resultará entonces que Wittgenstein tenía razón y la muerte no es de la vida? Pues esto es intentar salir de una perplejidad para ir a caer en otra mayor... a no ser que se entienda al modo hindú: la muerte desemboca en la vida vía reencarnación. Dime...
Tienes razón; ésta es una ocasión especial y, por una vez, deberíamos procurar no caer en nuestra sempiterna dinámica caótica. Retomo el asunto del horror.
Contrariamente a las apariencias, ese horror a la muerte ni siquiera es generalizado, y no hay que pensar ni en el antiguo Egipto, ni en ninguna de aquellas sociedades que menciona Eliade que sacrificaban ritualmente al rey. Con tu conocimiento del mundo germánico seguro que lo primero que te viene a la cabeza es el lema de la confederación hanseática: Navigare necesse est... En realidad, su imperialismo comercial es un replanteamiento de las viejas mitologías; es una revisión mercantil de la historia del héroe mítico que sabe -y acepta con buen ánimo- que el triunfo pasa de manera ineludible por su propia muerte.
¿Será entonces que el horror tiene su origen en que nunca nos preguntamos por el valor de las cosas del mundo? Algo de eso debe haber, ¿verdad? Concuerda con esa idea que todos estemos hoy tan preocupados de "lo mío". ¿Por qué esas ansias? ¿Quién soy yo? ¿De verás sabe alguién a qué se alude con tan enfático pronombre? Incluso hay quien es capaz de sacar punta a semejante embrollo ... en un espíritu que se podría calificar de poético: Rollo May hace referencia a una carta que le escribió Abraham Maslow poco después de recuperarse de un infarto en la que se preguntaba si los humanos seríamos capaces de amar -de amar apasionadamente- si supiéramos que nunca íbamos a morir. ¡Magnífica pregunta!
Por cierto. ¿Te ha tocado alguna vez explicar en clase por qué decimos de una pregunta que es estupenda? ¿Cómo lo has hecho? He pensado en ello varias veces y nunca he sido capaz de salir de la perplejidad porque, tal como lo entiendo, cuando uno califica una pregunta así es porque la siente como algo especial y, sin embargo, no falla nunca: en vez de la respuesta clara y terminante que uno esperaría, tiene tantas contestaciones válidas como personas estén dispuestas a responder... sí, dejémoslo porque, o estoy confundiendo respuestas con tranquilizantes, o es un asunto que merece su propia conversación. Estábamos con la muerte...
Las respuestas que ante ella se han dado los seres humanos forman, muy probablemente, la colección de vivencias que con más fuerza apuntan a lo que sea la esencia de ser humano. Y claro, como el hombre vive en compañía, y el morir de uno incide en quienes convivían con él, surge de inmediato el tema de la soledad, de la que tantos y tantos autores se han ocupado...
La soledad en la sociedad de la información... sonrío porque no hacen más que aparecernos temas que, por sí mismos, merecen su propia conversación: es sumamente curioso como, en esta sociedad nuestra de los poderosos multimedia digitalizados y la electrónica, parece haber un extraordinario interés en evitar que los seres humanos entren en contacto unos con otros: los teléfonos móviles tienen multitud de reclamos para que estemos atentos a ellos y no nos fijemos en el rostro de quien está frente a nosotros en el autobús o el metro (en el que, por cierto, no hay nadie en las taquillas: no existen), o las tiendas de barrio, en las que te atendía alguien y que ya casi no quedan (¡ahí está internet!). Ante un panorama que todavía no era éste, un eterno socarrón como Buñuel dijo en cierta ocasión que un problema serio del hombre actual era el exceso de información, porque le impide estar solo. ¿Y para qué quiere un ser humano estar solo?
Valery no contestaba a esa pregunta... porque se posicionaba en sentido opuesto; la conclusión de La idea fija es una afirmación tan sencilla como contundente: un hombre solo está siempre en mala compañía.
Lo que ocurre es que la compañía, a la hora de morir, no soluciona nada: como nacer, morir es siempre un acto radicalmente individual y, por tanto, una situación en la que el ser humano se encuentra solo ... me impresionó cuando leí la contestación de Paul Tillich a la pregunta de su amigo Rollo May de qué era lo que más temía de la muerte: La soledad. Sé que nunca más veré a mis amigos ni a mi familia.
Claro que se trata de una observación reversible; los demás también podemos decir que nos hemos quedado solos, solos sin tí ... supongo que esa sonrisa irónica tan tuya quiere avisarme de que aquí tenemos un punto de giro muy bonito, la palanca para salir del horror, vaya: los seres humanos nos hacemos unos junto a otros, y la herramienta que utilizamos para armar ese pequeño macrocosmos nuestro en que se arman los aún más pequeños microcosmos individuales es la memoria.
Precisamente, sería un error de incómoda corrección equiparar memoria y recuerdo: éste es siempre individual, personal y circunscrito al individuo; por contra, la memoria es la vía por la que se va haciendo la humanidad y lo que de humano hay en todos y cada uno de nosotros, como bien dejan ver una serie de autores que, a pesar de estar afinados anímicamente en registros que poco tienen que ver entre sí, coinciden en sus observaciones en este sentido; para Proust, por ejemplo, era la gran herramienta de conservación frente al poder destructivo del tiempo. En el polo opuesto a él estaría Ross Ashby, para quien la memoria sería -simplemente- la plasmación de la relación observador/sistema.
Con Bachelard entramos en otro tipo de terreno; volvemos a sentirnos inquietos cuando nos recuerda a Janet y su afirmación de que la memoria se perfecciona en el silencio. ¿Qué pinta el silencio aquí? ¿Qué demonios es el silencio?
Desde luego, algo endiablado. Puede parecer un juego de palabras fácil... no lo es; seguramente debería ser más ingenioso -lo siento, sobre la marcha no se me ha ocurrido nada más brillante- pero, a lo que voy, es que el silencio nos evoca lo oscuro, lo desconocido...
Por otro lado, es materia para que la palabra -como ahora- se ocupe de él. Lo que ocurre es que no es una casualidad más que palabra y silencio se opongan sino que, en nuestra cultura, desde el rango de los textos bíblicos, Palabra de Dios, el brillo, el prestigio, está del lado de ella. Los episodios que en tan reverenciadas páginas aluden a ella son numerosos; baste mencionar dos, conocidísimos y de muy distinto carácter, 1) dar nombre a las cosas en la creación por un lado y, 2) la confusión de lenguas en la construcción de la torre de Babel. Todos y cada uno de los casos muestran su matiz, su énfasis particular, aunque todos responden a idéntico espíritu: lo que carece de nombre no existe.
Dicho así, pudiera parecer que a estas alturas es una simple anécdota histórica, pero no, sigue estando ahí; por mentar también algo concreto: a John Cage le gustaba relatar su vivencia en la cámara anecoica de la universidad de Harvard; a sus efectos, mostraba que en lo relativo a humano, el silencio no existe.
Pues bien, a pesar de eso, hay quien empeña su ánimo en apuntar no sólo que el silencio tiene una entidad propia sino que, además, el nivel verbal, ¡que no es ontológico sino funcional! (¡nuevo asunto de peso!) se asienta en él:
El silencio es un portador de la presencia aún más poderoso que las palabras; por eso, cuando leas esto o me escuches hablar, toma conciencia de los silencios que hay entre la palabras y por debajo de ellas. Sé consciente de las brechas, de la discontinuidad. Escuchar el silencio, dondequiera que estés, es un modo fácil y directo de estar presente. Aunque haya ruido, siempre hay silencio en medio y por debajo de los sonidos. Escuchar al silencio crea inmediatamente una quietud dentro de tí. Sólo la quietud interna puede percibir el silencio externo. ¿Y qué es la quietud sino presencia, conciencia liberada de las formas de pensamiento?1
Portador de presencia ... sonrío porque cualquiera diría que estas líneas se refieren exactamente a tí en este preciso momento de un diálogo tan monologado ... bueno, ¡que pierdo el hilo! Es traducción pero, me viene a la mente lo que tú siempre has dicho: En filosofía, las palabras comprometen y más cuando, como éstas, no esconden en absoluto su compromiso; es lenguaje occidental pero, lo que dice se puede calificar sin dificultad de taoista: en plasmación literaria ...
Recojo crisantemos al pie de la haya
y contemplo en silencio las montañas del sur;
el aire de la montaña es puro en el crepúsculo
y los pájaros vuelven en bandadas a sus nidos.
Todas estas cosas tienen una significación profunda,
pero cuando intento explicarla
se pierde en el silencio.2
O en la de referencia, el capítulo XI del libro de Lao Tse:
Puertas y ventanas se horadan para crear una alcoba,
pero el valor de la alcoba estriba en su vacuidad.
Así, lo que es, sirve para ser poseído,
y lo que no es, para cumplir una función.
Esto es todavía mucho más explícito, de muchas más consecuencias que lo anterior: si función del ser es permitirnos hacer nuestro aquello a lo que alude, resulta que el ser es algo tan minúsculo como nosotros mismos y, por contra, en el no-ser es donde de verdad se asienta eso a lo que aludimos con expresiones del tipo dinámica cósmica y cosas así.
El caso es que gracias a las propias palabras el ser humano ha ido ampliando el mundo, ha sido capaz de ir más allá de ellas. ¿El mecanismo empleado?
Algunas expresiones que se han fijado nos dan una idea de su comienzo: castaño de indias; león marino; los colores de ciertas partículas subatómicas ... ¿El brillo maliciosillo que veo en tus ojos es que me ves muy profesoral? Descuida; no voy a caer en la tentación de dar una cita -¡que sí!- como maravillosa explicación definitiva; simplemente, como recurso orientativo, una especie de señal de tráfico, vaya:
Hay una enorme diferencia entre pensar con palabras y contemplar, callado en el interior, permaneciendo ante todo en los niveles no-verbales, para buscar a continuación la estructura de lenguaje que corresponde a la estructura de los procesos silenciosos que uno cree haber descubierto y que la ciencia moderna investiga.
Si pensamos con palabras, actuaremos como observadores parciales y proyectaremos en los niveles silenciosos las estructuras de nuestro lenguaje; permaneceremos así sobre la rodada de nuestras viejas orientaciones, lo que hace casi imposible las observaciones agudas e imparciales, y el trabajo creativo. Por el contrario, cuando pensamos sin palabras, o en imágenes (lo que implica una estructura
y, por tanto, unas relaciones), podemos descubrir nuevos aspectos y nuevas relaciones en los niveles silenciosos, y producir entonces resultados teóricos importantes en la investigación general de una similitud de estructura entre ambos niveles, el silencioso y el verbal. Prácticamente todos los progresos significativos se han logrado de este modo.3
Teniendo en cuenta la práctica, el esfuerzo que requiere aprender a ver, da la sensación que una seria reflexión en este sentido puede resultar muy productiva (¡parece que sea yo el profesor universitario!) y aquí es prácticamente inevitable la mención a uno de los documentos de Wittgenstein más célebres, la carta a von Ficker de 1919 en la que hace mención a las partes escrita y no escrita del Tractatus y que esta última, la más importante según él, es la parte ética.
No sé lo que pensarás de esto pero en lo que a mí concierne ... hay algo que me obliga a detenerme y preguntarme porque, siento que en el transcurso de esta conversación está pasando algo muy llamativo: como siempre que nos ponemos a hablar de estos asuntos han aparecido, entre explícitas y larvadas, una ristra de citas que fácilmente harían pensar a alguien ajeno a estos asuntos que la filosofía no es más que un campo para que los pedantes puedan competir. ¡Pues vale! A lo que voy es que, a estas alturas, hemos pasado por muy distintas épocas, por muy diferentes autores, por las culturas más variopintas y, a pesar de eso, en ese transitar nos hemos encontrado con que engrana de maravilla lo que dicen unos con lo que aseveran otros, una coincidencia que no es otra cosa que la actitud. ¿Qué consiste en ...? En que todos tienen la vista fija en eso que hemos convenido en llamar "lo más hondo" -o "lo más alto", ¡llamativa también esa coincidencia en la metáfora de lo vertical!- a lo que el ser humano es capaz de apuntar.
¡Ya sé, ya sé! ¿Y las respuestas a tanta pregunta?
¡Pues eso! ¡No las tengo! Así, no se me ocurre más que seguir ... aunque la palabra esa en que nos habíamos quedado se empeñe en cerrar el camino ... ¡y volvemos a lo mismo! Por eso los maestros zen querían encadenarla como a un enemigo de temer. Por cierto, tu amigo, Herr Friedrich, no sabía nada de zen, ¿verdad? Lo digo por el parágrafo 47 de Aurora. ¿Recuerdas?
Dondequiera que los antiguos, los hombres de las primeras edades, colocaban una palabra, creían haber hecho un descubrimiento. ¡Qué equivocados estaban! Habían dado con un problema, y creyendo haberlo resuelto habían creado un obstáculo para su solución. Ahora, para alcanzar el conocimiento, hay que ir tropezando con palabras que se han vuelto duras y eternas como piedras y es más fácil romperse una pierna al tropezar con ellas que destruir una de esas palabras.
Lo gordo, lo grave es que esas palabras conllevan siempre memoria que, en lo que tiene de tiempo, es un obstáculo para que el ser humano logre la unión con Dios (o acceso a la eternidad, si queremos aggiornare la expresión), ¿por qué para lograr su objetivo necesita el tiempo de la elaboración? Sin duda, es necesaria para la vida cotidiana -¡ahí está padecer Alzheimer!- y para que el ser humano haya llegado a ser lo que es. Sin embargo, no es nada ante la eternidad que ella misma contribuye a crear. En ese sentido, me emocionó profundamente la aflicción del padre Mindán en el último homenaje que le rindió la facultad: su lamento era que ya carecía, además de memoria, de imaginación. Ignoro si hay un lamento más justo: un individuo que se siente incapaz de aportar su granito de arena en la construcción de la eternidad, de esa eternidad que, en última instancia, es la co-incidencia de todos esos que nos han ido acompañando en transfondo de la CONVERSACIÓN.
¿Tienes que irte ya? No hemos llegado a nada y los temas de interés persisten en aparecer: el tiempo y la muerte. ¡Bueno! no te digo nada porque, si en ciertos momentos las palabras sobran es, justo, en éstos. En cualquier caso, muchas gracias por hacerme un lugarcito en tu memoria.
...
Mientras marchaba camino de la eternidad yo, quieto, pensaba en las vueltas y revueltas de una conversación condenada a no llegar a ninguna parte porque había olvidado un punto que él, socarrón siempre, había callado (estoy convencido que previendo que iba a llegar el momento en que ahora mismo me encontraba); una idea que -¡por supuesto!- también tenía su cita, básica y hermosa:
Si deseo en el filosofar un contenido sabido al que atenerme; si deseo saber en vez de creer, si deseo recetas técnicas para todo en vez de la libertad del verdadero ser mismo, la filosofía me abandona. Habla sólo allí donde fallan el saber y la técnica. Indica, pero no da. Se mueve con las radiantes claridades de la luz, pero no crea.
Como al representarnos lo abarcador no teníamos otra cosa que la amplitud de los espacios en los que nos viene al encuentro el ser posible, no logramos en nuestra representación de la verdad ninguna otra cosa que el camino hacia tales posibilidades.
Pero el sentido de nuestros impulsos filosóficos fue más allá a pesar de todo. No deseamos posibilidades, sino la realidad.
La filosofía no produce precisamente la realidad, y no da a quien sufre por su falta. Pero el filósofo que reflexiona sobre su propia esencia avanza continuamente para divisar la realidad y devenir real para sí mismo.4
notas
1
Eckhart Tolle, El Poder del Ahora, Madrid, 2001, p. 114. Volver al texto
2 En Luis Racionero, Textos de Estética Taoista,
Barcelona, 1975, p. 40. Volver al texto
3 Alfred Korzybski, Lo que yo creo, en http://www.free.fr/es/art/ak2.htm. Volver al texto
4 Karl Jaspers, Filosofía de la existencia, Barcelona, 1984, p. 84. Volver al texto
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