los ojos de Minerva |
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DE ETIQUETA(S)Creencia generalizada en las sociedades en que vivimos es la de estar inmersos en una realidad incuestionable, olvidando que:
Tras esta última maniobra hay también otra: haber ganado consistencia -con más conocimientos de etimología nos conoceríamos mucho más: con-sistencia, etc.- gracias a la solidez y tangibilidad del dinero. Sucede que no queremos ver que se trata de algo insostenible, como muestra su cada día más indisimulada virtualidad ... y no es sólo que cada vez se acumule en menos manos (ahí están las tarjetas de crédito o las cajas de compensación de los bancos), sino que da lugar a actitudes que en formulación bienhumorada ejemplificaría perfectamente aquella célebre regla de oro del Tío Gilito, ¿recuerdan? el que tiene el oro hace las reglas. Ocurra lo que ocurra en esta sustantiva realidad virtual, la dinámica es iterativa y monocorde: hay que seguir ganando dinero -el caso es que es insignificante que sea virtual o no- porque la gracia del asunto parece estar en palearlo... y nótese que no hay más modo de palear dinero virtual que psicológicamente. El caso es que, una vez logrado, el objetivo está cumplido: se trata de repetir la dinámica una y otra vez. Es una dinámica en la que se usan unas herramientas muy curiosas... Dado que caracterizamos la sociedad en la que vivimos como la de los mass media, lo que tenemos que hacer de inmediato es dirigir nuestra atención a las palabras: ¿qué hacemos con ellas? Desde la consideración de que un conjunto de ellas forman un lenguaje (y eso hay que entenderlo tanto en el sentido de los diferentes idiomas como de los distintos lenguajes técnicos), se escogen algunas, se les da título de nobleza y, ya con sangre azul en sus venas, se las pone a disposición de todo el mundo para que las utilicen como títulos de prestigio. Esto se completa, claro, con el proceso complementario simétrico, el de disponer de una colección similar de palabras de desprestigio. Quizá, expresarse en estos términos pueda resultar frívolo y hasta un tanto provocador: ¿Habla usted de la contraposición facha-progre (tanto da izquierda-derecha)? podría inquirir alguien que se sintiese incómodo ante esa sensación. En efecto, se trata de eso y no de incomodar a nadie. Y es que, aunque no lo parezca, se trata de uno de los inventos trascendentales del siglo XX, básico para el soporte de lo políticamente correcto que ya había amagado su aparición en el punto 3º) del esquema inicial. A su vez, producto notable de esta corrección política son las deificaciones: de la democracia -otra curiosidad: ¿por qué ese empeño en votar listas y no personas?-, de la extensión a todos de la titulación universitaria (no está lejos el día que deje de ser un chiste aquello de "ingeneiro do carro da merda"), del feminismo beligerante -¡como si la mujer no tuviese estimabilísimos valores característicos y necesitase ser cómplice de los de un mundo masculino caduco!-, de los negocios bienpensantes (ONGes que en su mayoría viven de subvenciones oficiales) y todo ese etcétera que encontramos allá donde es pecado poner en cuestión algo ¿Y qué decir de ese bolsillo característico nuestro? Lo mismo; no hay más que fijarse en el prestigio de la etiqueta consumo, referencia para tantas y tan importantes cosas que entre nosotros ha llegado a merecer un ministerio en pareja de hecho con sanidad. Esto provoca la curiosidad, ¿impertinente?, de si la sanidad es un consumible de sangre azul. ¿Por qué ese estupendo auge de consumo, eje de tantas y tantas cosas en nuestras vidas? Nótese que el consumidor de hogaño ha quitado el sitio a multitud de gentes de antaño: al cliente, al comprador, al parroquiano, al abonado, al suscriptor, incluso al usuario, con quien todavía no hace mucho parecía que iba a compartir dominios. ¿Cómo se ha visto investido de tan omniabarcante poderío? Todo esto, ¿no es desmesurado, disparatado, absurdo? ¿Cuáles son los semidivinos poderes de consumo para hacer caer en este tipo de dinámicas? ¡Qué lejano resulta aquello de que el cliente siempre tiene razón! Sin duda, en ocasiones la tendría y a veces no pero, por mucho que la buena intención de un vendedor quisiera hacerle ver que determinado sombrero le caía mejor que otro -pongamos por caso-, la última palabra era siempre suya. Además, ese buen vendedor clásico, ¿no era un asesor de fiar? Era, en una palabra, alguien de oficio que actuaba con el mismo sentido que la República platónica atribuía a los mercaderes de la plaza, la de ser servidor de las necesidades de la gente. ¡Necesidad! ¿No tiene una magia aún mayor que la de consumo? ¡La cantidad de cosas que necesitamos! Ropa -que no es extraño que sólo usemos en contadas ocasiones-; espacio y tiempo de ocio -por si en alguna ocasión tenemos la fortuna de poder disfrutar de él-; comunicación e información -¡lástima que no nos entendamos con el vecino o que, en el mejor de los casos nos importen menos que nada sus penas y alegrías!-... pero volvamos a consumo, que nos desviamos; estábamos con las necesidades de la gente. Es... ¿obvio? que las cosas ya no son así y que los necesitados -curioso cambio ése del sustantivo abstracto a la persona- son ahora los habitantes de los países pobres del Caribe que padecen los huracanes, o esos filipinos que venden un riñón para trasplantes o sus hijas al turismo sexual, o quienes padecen hambrunas en Africa subecuatorial a causa no sólo de las sequías, sino también de los intereses bastardos de unos cuantos que, en última instancia, viven como reyes a una distancia -y no sólo métrica- infinita de ellos. Pero claro, eso, a nosotros, no nos pasa.
Por cierto, dice el refrán popular que no hay tres sin cuatro: el cuarto es aquí el lanzamiento, movimiento impetuoso gracias al cual el producto nos llega a todos y cada uno. Como imagen de este proceso bien podría valer la de aquel padrino de los bautizos antiguos, lanzando a la arrebata unos caramelos por los que pugnaba la chiquillería del barrio entre un fenomenal guirigay. Por supuesto, nuestros consumibles son mayores y mucho más sofisticados, pero la situación en la que nos encontramos respecto a esos aparatos electrónicos que carecen de mantenimiento desde el momento en que la ley no resulta obligatoria, o ante esa moda en el vestir que cambia cuidadosamente de un año a otro, o las vivencias que sacamos de esos viajes organizados por tierras lejanas (en que los contactos con los aborígenes están medidos)... ésas, al igual que tantas otras cosas de jaez semejante, no son especialmente diferentes de aquella ya exótica escena. La operación de marketing (prestigio: es ahí donde vamos) que hay tras estos vocablos tiene mucho más mérito de lo que a primera vista pudiera parecer: el diccionario Caro-Cuervo divide la voz consumir en tres grandes bloques de acepciones y, a excepción del tercero, de matiz específicamente religioso, los otros dos presentan connotaciones claramente destructivas, negativas, del tipo de el fuego consumió...; aquí la gracia está en que el fuego somos nosotros y que, por supuesto, hay que pagar por los caramelos que, además de no ser gratuitos, están tecnológicamente dirigidos. Claro que, bien mirado, entre aquello y esto hay una diferencia merecedora de comentario: llegaba el momento en que en los bolsillos del padrino aquel no quedaban caramelos pero, sin que nadie esperase el cambio, esos caramelos eran sustituidos mágicamente por puñados de calderilla; aquello enfebrecía a la chiquillería todavía más. Llegaba el momento en que esta calderilla también se terminaba, y entonces sí, no había más... a no ser que el padrino fuese generoso y, ante la presión de aquella canción: Padrino cagao, concluyera con una moneda única, de más valor. Los chiquillos persistían y los invitados se retiraban divertidos. ¡Qué infantil! ¡Qué ingenuo ante la grandeza y sofisticación de nuestros hechos! Ahora no se retira nadie y, si a algún inconsciente se le ocurre hacerlo, lo que los demás pensarán de él se moverá en un abanico de tres opciones: o es un estúpido, o está enfermo, o es un revolucionario de perversas intenciones y, aunque lo parezca, esto no es ninguna exageración. Por ejemplo, el Sr. Sánchez Ferlosio, en un artículo publicado en ABC Cultural el 13 de Mayo del 2000, mencionaba una campaña televisiva que, en EEUU, trataba de promover un día sin compras; el anuncio fue rechazado tanto por la ABC como por la CBS y la NBC. De entre las grandes cadenas de televisión sólo lo aceptó la CNN. No es, por tanto, descabellado preguntarse si al igual que aquel entrañable padrino hacía correr a la chiquillería de allá para acá con sus amables sobornos, no están hoy los poderes fácticos jugando con nosotros en el mismo sentido. ¡Ojo! Invitar a hacerse semejante pregunta de manera alguna es incentivar actitudes trogloditas frente a los derechos de los ciudadanos en las sociedades democráticas. Es más, esos mismos derechos, por contraposición, nos proporcionan un dato valiosísimo: todo el mundo pasa de puntillas sobre las obligaciones; entonces, la pregunta que surge es demoledora: ¿cómo pueden existir derechos sin su correspondiente contrapartida en obligaciones? Porque tantos derechos como tenemos lo serán en tanto en cuanto alguien responda, es decir, exista un responsable que se haga cargo de la respuesta. El asunto empieza a oler de modo inequívoco a chamusquina cuando caemos en cuenta que en unas sociedades como las nuestras, en las que se mercantiliza hasta los valores éticos, resulta que todo esto, tan básico, no lleva etiqueta de precio colgando. Puestos a pensar mal, ¿no será que no valen (en sentido dinerario, por supuesto) nada? En efecto, ¿no vale nada el derecho a la vida? ¿O a ser respetado? ¿O a la libre disposición del propio cuerpo? Puede que la respuesta la encontremos en el marco en que se nos ofrece el disfrute de esos derechos, el de la libertad... que es hasta cierto punto: debe ajustarse a unas pautas dadas, puesto que se nos libera, precisamente, de la responsabilidad de nuestra elección. Sin duda, esa ausencia de responsabilidad puede resultar cómoda pero, y esta pregunta es, si cabe, más comprometedora que las anteriores, ¿vale algo -en sentido ético- esa libertad carente de responsabilidad?
Un segundo ejemplo, en esta ocasión directamente desde la etiqueta oportunidad(es); bien puede la gran superficie comercial figurar en los manuales de geografía humana con el título de Territorio Natural de las Oportunidades; dicho de otro modo, sería el equivalente actual de aquellas tierras desconocidas que gustaban enfrentar los grandes exploradores y conquistadores del pasado (las diferencias, claro, se comentan solas). Lo que ocurre es que en nuestra aventura las cosas están planteadas para que pasemos por alto algo muy significativo: la atención se centra en que la bufanda o el bañador, el bote de tomate o la grabación de la Filarmónica de Berlín están a un precio mucho más atractivo (si las palabras ponen a la luz mucho más de lo que nos gustaría que se viera, es que son unas... traidoras) que ayer, o la semana o el mes anterior. Que la prenda, el tomate o la música sean objetos que nada tienen que ver unos con otros no tiene el interés que, en sus términos, debería primar: lo que de verdad interesa es que antes de salir de allí dejemos en caja nuestro buen dinero... Si fijamos ahora nuestra atención en el último de los productos de la lista (por supuesto, valdría cualquier otro que encajase dentro de eso que se llama cultura: una buena reproducción de Las Meninas, Ciudadano Kane en DVD, la primera edición del Don Quijote con ilustraciones de Doré, etc.) La gracia del punto de vista desde el que venimos está en perder de vista lo maravilloso que es tener la Filarmónica de Berlín a nuestra disposición y eso es algo que está lejos de ser trivial: si por quien sabe qué extrañas circunstancias cayésemos en cuenta de ello, y lo aceptásemos como la auténtica maravilla que es, ¿quién le dice al dueño del comercio que no nos retraeríamos, dejando de lado algo que es de lo que vive, nuestra condición de consumidor?4
Es cierto que tenemos a nuestro alcance una cantidad de información que ni Aristóteles, ni Goethe, ni ningún gran cerebro de la antigüedad pudo soñar que existiera jamás, pero no menos cierto es que la inmensa mayoría de ella es bazofia en cualquier sentido (práctico, estético, histórico, etc.) que la tomemos. De este modo, a nadie puede extrañar no ya que no se -¡ese maravilloso "se" del castellano!- nos pregunte, sino que directamente se nos birle la propia responsabilidad en asuntos de nuestro directo interés... mientras que en otros, incuestionablemente ajenos, se nos impone. ¿Qué o quién estimula una actitud crítica y libre de prejuicios? Nadie, porque sería contraproducente: es probable que dejásemos de tirarnos al caramelo o la moneda con el entusiasmo silvestre con que lo hacemos: la responsabilidad pide una actitud de respeto, que no es formal, pero que sí se puede hacer, sí se puede entrenar, mediante el cultivo de las formas y, en ese sentido, la situación tópica sería aquella tan pasada de moda de nuestros mayores reclamando respeto, ésos que ahora se molestan si no les tratamos de tú. En cualquier sociedad histórica en que nos fijemos encontramos este mismo comportamiento respecto a las pautas de convencimiento que mantienen, porque funcionan... o funcionaron, y ése es el asunto: convencidos por los resultados que observan en un tiempo que fue, son -somos- incapaces de darse cuenta de que las circunstancias que dieron los frutos que siguen alimentando el orgullo ancestral ya no existen; de este modo, ateniéndose a unos modos de acción que no se vivencian como petrificados, los imperios labran su ruina hasta la desastrosa caída final. Concluyendo: vivimos en una de las sociedades más pobres -¿o ha habido alguna otra con tanta obsesión por el dinero?- que haya existido nunca. Esa dinámica de pobreza no se puede detener más que con la vivificación correctora de la propia responsabilidad, el ejercicio de la capacidad de crítica, el hacernos cargo de nuestras obligaciones... la denominación es lo de menos: todo eso es lo mismo. Si así lo hacemos dejaremos atrás la pobreza anímica que nos corroe. ¿Adonde iremos? A donde elijamos, porque podremos... en el sentido hoy olvidado de poder que no es impedir que los demás tomen iniciativas porque las decisiones son mías, sin que poder, humanos como somos, es la posibilidad de hacernos en armonía con el mundo.
1 En la parte normal de la etiqueta informaba que provenían de Perú. Volver al texto 2 Puede que sea mera preparación a la campaña del año siguiente en la que, contra una docena de envueltas de éstas y 10 euros, la culta clientela podrá hacer llegar al estante de su casa una edición facsímil de Kritik der Reinen Vernunft (en la edición de 1781, desde luego), lo que hará que algunos nos pongamos muy contentos... aún desconociendo el alemán, por cierto. Volver al texto 3 ¿Es éste el motivo de desaparición de su vieja plaza? Parece que es absurdo que tenga una ubicación concreta cuando puede abarcar la totalidad del espacio? ¿O no hay quien ya ha vendido -lo que quiere decir que alguien le ha comprado- parcelas en la luna? Volver al texto 4 El asunto merece una reflexión en profundidad porque va mucho más allá de lo mercantil: en el año 1969, donde ni mucho menos esto había llegado a los niveles de hoy, el lanzamiento y posterior alunizaje del Apolo XI fue noticia de portada que provocó la admiración general. El casi inmediato Apolo XII no es que pasase desapercibido pero... el trapecista circense, cuando repite su arriesgado ejercicio, nos vuelve a causar admiración. ¿Qué hay tras esta actitud nuestra? Volver al texto
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