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los ojos de Minerva

Racional / irracional: una frontera en constante movimiento


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Yo quito y doy confiança,
suelo hermoso parecer,
niño, viejo, feo, muger,
y con ser tal mi mudança
siempre me quedo en un ser.
SEBASTIAN DE COVARRUBIAS
Tesoro de la Lengua Castellana

EL PODER DEL SÍMBOLO
(I)

El poder simbólico de las cosas del mundo

          ¿Es "Vivimos en un mundo de símbolos" una afirmación de tantas? Seguramente muchos la ascenderían sin reparo a lugar común; es curioso observar lo que ocurre con ellos: por un lado son observados como por encima del hombro en una especie de actitud mental de "¿Eso? ¡Ahí llega cualquiera!" mientras que, por otro, nos dejamos caer en ellos en cuanto tenemos ocasión. Además, hacen lo que pueden por ser vistos, avisando a todo el mundo de su condición. Incitan así a la relajación y a ese sentimiento de abandono que tan grato resulta. La otra cara de la moneda es que, de manera no menos inmediata, quedan convertidos en terreno pantanoso, terriblemente peligroso para cualquier pensamiento que pretenda ser mínimamente riguroso. ¿Exageraciones? Veamos:

          VIVIMOS.- Vivir es la acción más compleja que hay: es la Acción de acciones; resulta en última instancia una abstracción inseparable de la sucesión de acciones que componen los hechos (y de los hechos que componen esos hechos (y de las hechos que componen éstos ( y de los que, a su vez, componen éstos, etc., etc.))) finalmente unitarios -¿a la fuerza?- que componen vivir. Lo que distingue a los diferentes vivires son los individuos, claro, pero además de ellos, la complejidad de géneros y especies a que pertenecen, sus diferentes estructuraciones y posibilidades. En este sentido y hasta donde hoy llegamos, la complejidad en su grado máximo la encontramos en la condición de humano, que, gracias a su peculiar modo de ser, se las compone para llenarse de potencialidades, que alcanza a través de la reflexión y que plasma en un abanico de hechos del cariz más diverso.

          Sucede que en esa invención de potencialidades van surgiendo interrogantes diversos que se las apañan para inquietarle, y no sólo a título individual: se pregunta por el tiempo o la propia VIDA y su final; también por el plano en que la VIDA actúa. En el mismo orden de cosas, pretende hacer su propia VIDA.

          Es una cadena que no parece concluir: al interrogarse sobre lo que pudiera ser la corrección en ese hacer aparece la ética y sus múltiples intereses. Hay sofisticados que se preguntan por ella como red semiótica, o como metáfora, o... Pues bien, a pesar de esta riqueza y profundidad, la VIDA comparte con todas las demás acciones, incluidas las más planas o carentes de matices, unos rasgos básicos en forma de límites que la demarcan. ¿Otra observación perfectamente excusable? Tampoco:

1o ) Aunque el ser humano conoce acciones ilimitadas, lo son a sus efectos, ya que sobrepasan con mucho sus referencias individuales espacio-temporales que, quiéralo o no, le funcionan como unidad de medida. Son ilimitaciones sustentadas en teorías: los ciclos planetarios o los objetos fractales en su dibujo (no, por supuesto, en el algoritmo que los genera) serían buenos ejemplos de este tipo de acciones; en ambos casos se constata con claridad que para el humano es imposible seguir estas dinámicas hasta un final que no sabemos si existe; además, en el caso de los fractales hay una limitación técnica imposible de soslayar: el ordenador -pongamos por caso- encargado de concluir un fractal se toparía, antes o después, con el problema del perpetuum mobile: llegaría el momento en que se detendría por una avería, un corte fortuito de energía, desgaste de material...

2o ) Circunscritos ya a los límites,

  1. Se trata de circunstancias precisas (jamás conceptos abstractos; otra cuestión es que al encontrar repeticiones en diferentes individuos se puedan hacer generalizaciones legítimas).
  2. Como en toda acción, factores limitantes esenciales son el espacio y el tiempo. Su importancia con relación al vivir estriba en que, contrariamente a otras acciones en que la volición tiene un papel más o menos relevante, no escogemos algo tan determinante como momento y lugar de nacimiento o muerte.1
  3. Las circunstancias limitantes son las que posibilitan o no la viabilidad del individuo como macro-estructura orgánica vital.
          Pues bien, ¿cómo ha leído el ser humano todo esto?

          La VIDA, como Acción que es, admite sin problemas multitud de calificativos; puede ser "reactiva" o estar "abandonada a su suerte". Por supuesto, puede ser la "elegida" (entre distintas opciones) o también estar encaminada a cumplir cierta "finalidad", etc.

          Entre lo mucho que cabe en ese etcétera ("corta", "famosa", "miserable"...) hay una opción de apariencia anodina y, sin embargo, de gran interés: VIDA "completa". ¿Qué es eso?

          Es la que, al haber alcanzado todo el potencial de que ha sido capaz, ha contribuido de manera óptima al mantenimiento del gran ciclo general del "vivimos'' que encabezaba este apartado. Por cierto, que la conjugación del verbo sea en primera persona del plural no es irrelevante, ya que no se trata únicamente de que sea una acción que concierna a muchos; se trata de que vivir es, además, una acción individual conjunta y esto -entre otras cosas- quiere decir que los individuos, al realizar su vida concreta están contribuyendo a hacer las de los demás ¡exactamente como los demás están contribuyendo a que la suya sea, justo, la que es! (un vistazo a cualquier buen documental de naturaleza brinda multitud de instructivos ejemplos).

          Por cierto -aprovechando la alusión al documental- el motivo de tanto destacar al humano entre los seres vivos ¿es? Que está dotado con un par de potentísimas capacidades, el habla y la memoria, que combinadas vía consciencia, multiplican su fuerza: por la primera el ser humano es capaz de ordenar el mundo: mundo que es uno frente a la multiplicidad de las parlas. Resultado de falta de concordancia semejante es la variedad en los ordenamientos. ¿Sería sensato pensar que debiera existir un Orden?

          Es una pregunta sin respuesta: en caso de que lo hubiera se ubicaría fuera de las fronteras de lo humano: nos ocupan seres humanos que se expresan, y como ese expresarse tiene un efecto de retroacción, todas y cada una de esas ordenaciones son legítimas. Dicho en otros términos, cualquier ordenación mostrará siempre un carácter global al poner de manifiesto un tipo de armonización o acuerdo. En resumen: en cualquier ordenación no hay más condición de validez que el respeto a las reglas que propone.

          Posteriormente la memoria trabajará sobre ese habla, que ya entonces acumulará experiencias (sensaciones, vivencias, intentos, etc.) y que, una vez transformadas en conocimientos, serán susceptibles de mil y una reelaboraciones... por cierto, también legítimas todas.

          Así las cosas, las implicaciones son de todo tipo y, desde luego, de nada desdeñable interés. Valga destacar dos:

  • Si el ordenamiento del mundo no está dado, al llevarlo a cabo el ser humano no puede evitar ser responsable de crear el mundo: el orden implica dar sentido (¿cómo iba a ordenar si no?), lo que equivale a su creación epistemológica.
  • Al ordenar -o dar sentido- estamos individualizando (definiendo) los objetos del mundo; por consiguiente, los estamos limitando.
          Nos encontramos así ante un problema metodológico importante: que la verbalización -la herramienta que utilizamos para llevar a cabo el ordenamiento del mundo- plasme "adecuadamente" esos límites (que, en cuanto llegan a ser, son ésos y no otros). Esto nos obliga a tener un enorme cuidado para que esa delimitación, esa "definición" que en principio era susceptible de ser como fuere, en el momento en que toma una forma precisa se convierte en un referente -que pueda o no ser cuestionado es otro problema- que condiciona cualquier tarea posterior.

          Aunque parece conveniente pensar "genéticamente" en estos términos ocurre que, salvo en casos extremadamente excepcionales, el individuo humano trabaja sobre un ordenamiento ya hecho (decantado y recopilado en las diferentes culturas en los relatos míticos sobre el Origen). ¿Hay excepciones? Sí, aunque no de esa radicalidad originaria; las vivencias de los colonizadores españoles en América -por ejemplo- lo fueron. También algo de este tipo implicó la aceptación de la teoría heliocéntrica...

          Pero, ¿qué valor tiene todo esto? Porque, de lo visto hasta ahora se puede decir que es una teorización que resultará más o menos interesante o entretenida según gustos u opiniones; sin embargo, si efectivamente ha de tener algún valor -que tendrá que ser el eterno presupuesto de la filosofía: posibilitar el crecimiento del ser humano- deberá ubicarse en el marco de lo vital, y eso toca al individuo concreto; si existe, en efecto, ese valor, dará fruto siempre en la maniobra de traza siguiente: desde su limitación biológica y vía memoria, el ser humano reabrirá, sobre esos campos previamente inexistentes -¿sería más propio usar el término inaccesible?- antiguas acciones que parecían cerradas a todos los efectos: trabajar aquí será lo que, en efecto, haga crecer a la persona.

Lo que ocurre es que, a su vez, esa maniobra queda de inmediato a disposición de los demás y, de tal modo que cualquiera que la alcance puede reelaborarla a su manera, igual que hizo el reelaborador previo. Obviamente, se trata de un proceso sin fin en tanto el género humano exista en las condiciones que entendemos le hacen.

          EN.- Interesante partícula: decimos de nosotros pero, por lo que sabemos, nada es capaz de vivir en el vacío. Tome la forma que tome, la vida se localiza siempre (ámbito = vida localizada).

          UN.- El ámbito es, por tanto, siempre concreto. Así, podrá tener las dimensiones o posibilidades que fueren pero, respecto a la acción, al vivir, funcionará como unidad orgánica inequívoca... porque vivir amalgama: sea cual sea el mundo en que tenga lugar, vivir será siempre una2 continuidad concreta. De hecho, lo que genera ese hacer suyo es un...

          MUNDO.- Es el entorno que soporta la vida del individuo y que, en última instancia, es una abstracción inseparable de él. Por tanto, no hay más que insistir lo anteriormente dicho: vivir fuera del mundo es el ejercicio de imaginación por antonomasia. O, si preferimos el lado opuesto a la hora de elegir punto de vista, ahí tenemos al comatoso que, carente de un buen montón de funciones esenciales, vive una vida reducida a su cuerpo... a una parte de él convertido en sala de espera de la muerte. Todavía más: podemos acudir al socorrido viaje espacial, en el que el viajero apenas dispone de un habitáculo mínimo del que, en su inmensa mayoría, están ausentes todas sus referencias habituales (sin considerar que las que permanecen toman extrañas formas). ¿Y eso va a tantos lados?

          La denominación de microcosmos aplicada al ser humano no se ha dado porque sí: podemos pensar en la situación más inimaginable, paradógica, rebuscada... en última instancia eso será lo de menos porque, mientras el referente utilizado sea un ser humano, es indiferente que él lo quiera o no: será siempre un ser del mundo porque no hay modo de verlo llegar a él sin un cruce de mundos: el propio y el del otro.

          En éstas, acuden a la mente sin convocatoria de ningún tipo las clásicas esferas celestes que tanto juego dieron a los estudiosos de todo tipo en el medievo e incluso el Renacimiento. Contrariamente a nuestro mundo, aquellos eran tiempos en los que el Cosmos era cualitativo,3 lo que tiene que hacernos sospechar que vivir en un mundo que relega la cualidad a un segundo plano por fuerza conlleva consecuencias. Además, hay un segundo detalle que apunta en esta misma dirección y que debe hacer que nos apliquemos a la tarea: la cualidad aparece ahora con facilidad en expresiones técnicas de conocimientos especializados tales como el cuerpo negro de la física o el sabor en la informática. Son metáforas muy fuertes que, probablemente, nos indiquen que la desaparición de esta o aquella cualidad concreta en cierto ámbito epistemológico no tenga más importancia que la de indicativo del suceso que se trate; sin embargo, seguro que sí lo tiene, y mucho, vivir en un mundo que destaca la cantidad y ha ubicado la cualidad en ocasionales notas a pie de página de las leyes esenciales de su axiología.

          DE.- Preposición que introduce una idea partitiva: no estamos hablando de un montón heteróclito de cosas, sino de algo específico.

          SÍMBOLOS.- Aparece finalmente el nombre, la referencia estable de la frase. Eso sí, trae consigo una pregunta inevitable, ¿a qué llamamos símbolo? Porque a nadie se le escapa que el término es tremendamente oscuro: ¿habrá algún otro del que existan más dispares definiciones? Aquí va a ser cualquier elemento del mundo susceptible de ser moldeado como referente y que, gracias a la plasticidad que le constituye, se niega a dejarse acabar (además, en esa negativa se enraizan sus potencialidades metafóricas)4.

De este modo, repitiendo el procedimiento con el que habíamos llegado hasta aquí, tenemos:

  1. Elemento del mundo.- ¿Es el mundo un compuesto? Si lo es, se ajustará a ciertos parámetros de orden que lo organicen. ¿Cuales serían esos parámetros y su modo de hacer?

    1. ¿Sería un orden interno, consustancial a la estructura del mundo?

    2. O, por contra, ¿serían simples trazas del sujeto cognoscente?

      1. Si así fuese, ¿cómo se coordinarían las distintas trazas de los distintos sujetos?
      2. Esta coordinación, ¿no es obligada? Da la sensación que, en caso contrario, estaríamos abocados a un ininteligible caos.

    3. ¿Y si no fuese un compuesto? Místicos de todas las épocas, de las más ilustres culturas, dan vehemente testimonio en favor de la Unidad.

  2. Susceptible.- Conforme a lo anterior, podemos hablar de elementos del mundo en tanto en cuanto sean cognoscibles. Pues bien, parece que esos elementos del mundo son pasivos y se limitan a dejarse conocer (¿o es eso lo que a nosotros nos parece?)

  3. Ser moldeado.- Algo que pueda tomar diversas formas suscita desconfianza además de, nuevamente, la cuestión ontológica: ¿qué es? Pudiera darse el caso de que, si toma diversas formas, se debe a que en el fondo, no es, no tiene ninguna.

  4. Como Referente.- Pero la forma que tome no puede ser cualquiera; tiene que ser válida para cumplir la función concreta de referente. Pero, si eso es así, quiere decir que lo que sea el símbolo lo será en función de... el ser humano, para el que simboliza. Entonces -y persiste la cuestión metafísica en su doble vertiente- ¿es algo cuando no es conocido?

  5. Se niega.- Hay ocasiones en que protestamos vehementemente contra el lenguaje, cuando nos pone trampas malintencionadas que resultan difíciles de sortear o cuando, ya atrapados en ellas, nos esforzamos por escapar, maldiciendo lo imposible. La inútil verborrea colabora de este modo con la trampa, haciéndonos desperdiciar unas energías preciosas que hubiéramos podido utilizar para escapar: este es el caso contrario, ya que el impersonal «se» hace referencia sin tapujo alguno a nuestra ignorancia: ¿no trabaja el símbolo para nosotros? Entonces ¿es que la negación, la resistencia, parte de él? ¿O somos nosotros quienes de manera subrepticia la ponemos allí?

  6. Dejarse.- La forma reflexiva del verbo refuerza la sensación de inquietud hace nada aludida, ¿hasta qué punto el símbolo hace referencia a un mundo exterior a él? ¿O quizá lo correcto sea preguntar por el cuándo? ¿O, peor todavía, por el por qué? El interrogante por el origen de la metafísica, terco como mula testaruda, se niega a desaparecer de la vista.

  7. Acabar.- ¿Por qué ese empeño en encerrar el mundo, catalogado y clasificado, entre los barrotes de un vocabulario de sentido unívoco cuando los datos que tenemos se empecinan en hablarnos de que todo está inmerso en un proceso de continuo cambio?

Entonces, ¿qué? ¿quién no es símbolo de sí mismo (como poco)?

 

El modo de hacer

          Como en cualquier otro aspecto de eso que llamamos "mundo humano", el del símbolo dista de ser un ámbito lineal: muy probablemente, su riqueza y matices sólo pueda ser comparable al de la mismísima naturaleza. Entonces, ante la voluntad de llevar a cabo una reflexión rigurosa sobre él, existen dos posibilidades

Trabajo

exhaustivo -estilo universitario- en el que se recogen todos y cada uno de los matices y sus implicaciones (previo estudio de la bibliografía existente, las distintas posturas de los autores, etc).

Elección

de un símbolo lo suficientemente delator y dedicar la totalidad de los esfuerzos a él, confiando en que la elección haya sido afortunada de tal modo que el estudio de ese símbolo resulte un resumen del tema tan adecuado como sea posible.

          Desde luego, ambas opciones tienen argumentos a favor y en contra. Y tampoco en la vida son todo argumentos, y mucho menos en los modos de hacer del espíritu, en sus tomas de decisición, tan personales siempre... Y bajo esta óptica, la cuestión es muy clara: el autor de estas líneas está formado en la primera de esas opciones y, sin resquemores, se confiesa cansado de modo de hacer semejante. Por eso opta gustoso por la segunda de las opciones, que plantea de forma automática la elección del símbolo.

          Como quiera que sea, ese objeto tendrá que ajustarse a una serie de rasgos:

  • Desde luego, deberá traspasar épocas y culturas.

  • Si nos encontramos en un entorno en que allí donde fijamos nuestra mirada aparecen las ideas de unidad, cambio y ser, lo que quiera que sea deberá tener muy en cuenta las tres.

  • ¿Aportaría algo que fuese un ser vivo? El símbolo es siempre algo vivo; no obstante, a quien interesa la dimensión fisiológica que, como tal, caracteriza al ser vivo concreto es al biólogo; eso quiere decir que el valor simbólico que pueda tener el ser vivo está integrado en él como totalidad y no aporta nada específico al ser propio de la totalidad de lo simbólico.
          Aunque no se puede decir que no acoten, resultan rasgos demasiado generalistas así que, teniéndolos en cuenta, habría que intentar una segunda aproximación con una estrategia diferente: un tanteo con símbolos concretos. Por ejemplo, ¿valdría el monte cósmico para lo que pretendemos? Decididamente no; es algo demasiado mitológico y lejano para una sociedad tan descreída como la nuestra. Convendría algo mucho más cercano, mucho más al alcance de la mano. ¿Algo como el árbol de la vida?¿Arbol de la vida?

          Mejor opción -sin género de duda- que la anterior, sigue sin ser redonda: para muchas personas no pasa de ser un pintoresquismo ocasional de cuando, pongamos por caso, convertidos en turistas veraniegos contemplan el "célebre cuadro" en el museo de "obligada visita", lo que no deja de ser tremendo si tenemos en cuenta que muchos de ellos se llaman cristianos y desconocen que esa figura del Crucificado del "célebre cuadro" que ven por primera vez al natural es una elaboración muy específica del árbol de la vida (¡pero ésa es otra historia!).

          Continuando el descenso en busca del símbolo adecuado... ¿sería válido ese yo tan amante de husmear en cualquier madriguera? Por ahí podrían ir las cosas si no fuese un símbolo tan... ¿es "oscuro" el término?

          Esta puede ser una magnífica pista porque, si la claridad es el problema, hay un símbolo que su especialidad es significar ese terreno: el espejo. Además, tiene la ventaja sobre el yo de que amplía la dimensión del ENIGMA al extenderlo al mundo. Entonces, ¿por qué no centrarnos en él? Aún más: añade a lo dicho la garantía de que ocuparse de él es ocuparse indirectamente de un símbolo de jerarquía tan suprema como la luz (es obvio que sin ella hablar de espejo carece de sentido). Veamos, por tanto, qué tiene que decirnos.

 

El espejo

          ¿Por dónde empezar? ¿Por las sensaciones? (el crío en el probador del sastre que, fascinado, mueve los espejos laterales para que se reflejen uno en el otro hasta una infinitud incontable) ¿Por las leyendas? (la de que los espejos no reflejan la imagen de los vampiros) ¿Por su prestigio o sus matices físicos?

          Como la sensatez dice que las cosas hay que empezarlas por el principio, y dado que el asunto de que se trata es el estudio de un símbolo concreto, ¿cuál es su principio?

          Más allá  de la definición de páginas atrás, resulta que un símbolo es una herramienta -gnoseológica, pero herramienta al fin- que, como cualquier otra, funciona en el marco de la relación del ser humano con su entorno. Así, el funcionar se da bajo unas condiciones concretas sin las cuales no es posible hablar en estos términos.

          Cuando se topa con algo que le resulta problemático, el ser humano inventa la herramienta más adecuada de que es capaz para tratar de solucionarlo. Sea cual sea está herramienta, el ser humano se relacionará con ella vía dos ejes básicos: localización (por la vista) y manipulación (por la mano). ¿Encaja el espejo en este esquema general? Encaja, y el modo de hacerlo pone de relieve un par de rasgos que lo precisan:

A) Respecto a la vista el espejo es, exclusivamente, un instrumento de localización aún en los pocos casos en que su misión no es reflejar; cuando, por ejemplo, es cóncavo y se usa para encender fuego, la clave de la maniobra es ubicar el foco adecuadamente sobre el combustible.
B) En lo tocante a la mano también encontramos un énfasis muy particular, su parquedad, ya que -hablando con propiedad- no hay otra manipulación que la selección de la imagen, que dependerá de la ubicación física del espejo y su relación con nosotros (lo que, a su vez, tiene especial interés cuando la imagen seleccionada es el propio rostro, dado que es el único modo que tenemos de acceder visualmente a él).
          Pero esto, ¿no es demasiado poco y de fútil entidad? Una HERRAMIENTA, ¿no es algo mucho más potente? Quizá, en efecto, haya muchas que así sean, pero por mucho que hagamos valoraciones tópicas, el hacer del espejo se centra en lo dicho; además, en seguida veremos que ni mucho menos se trata de tan poca cosa como parece.

          Lo malo no va por ahí; lo auténticamente grave es que su ``fuerte'' -si vale la expresión- es la enorme capacidad de generar dudas que posee -¿será por eso por lo que nos fascina?- dudas que surgen de inmediato con la inquietante simetría especular: la inversión izquierda-derecha que en ella se da parece predisponer a los objetos a la recepción de las distorsiones de...

  • las imágenes refractadas

  • las imágenes reflejadas en superficies imperfectamente pulidas

  • las imágenes en los espejos cóncavos y convexos

  • la colaboración del espejo en la corrección de las imágenes anamorfizadas5
          De todos modos, cuando esas vacilaciones muestran al máximo su fuerza es en los momentos en que el objeto que les da lugar es el pronombre personal de primera persona de singular, ese omnipresente YO desde el que hemos llegado al espejo.6

          Estas sencillas reflexiones invitan a ampliar lo dicho sobre el tacto en distintos sentidos:

1. Como tenemos vedado el acceso al mundo que contemplamos en el espejo, no podemos tocar nada de lo que allí se muestra. Esto, que en principio pudiera parecer una mera limitación física, es mucho más: hay un pasaje próximo al comienzo de A través del espejo en el cual Alicia advierte a su gatita -como el que no quiere la cosa- que la leche del espejo quizá no sea buena para beber. El asunto merece una extensa nota de Martin Gardner:

"Varios años después de la publicación de A través del espejo, la estereoquímica descubrió pruebas positivas de que las sustancias orgánicas tienen una disposición asimétrica de los  átomos. Son sustancias isómeras las que tienen moléculas compuestas exactamente por los mismos  átomos, pero enlazados en estructuras topológicamente distintas. Los estereoisómeros son isómeros idénticos incluso en estructura topológica, pero debido a la naturaleza asimétrica de esta estructura, forman parejas en espejo. La mayoría de las sustancias presentes en los organismos vivos son estereosimétricas. El azucar es un ejemplo corriente: en su forma derecha se llama dextrosa; en su forma izquierda, levulosa. Debido a que la asimilación de alimentos comporta complicadas reacciones químicas entre los alimentos asimétricos y las sustancias asimétricas del cuerpo, a menudo se dan acusadas diferencias en el gusto, el olor y la digestibilidad entre las formas derecha e izquierda de una misma sustancia orgánica. Ningún laboratorio o vaca ha producido hasta el momento leche inversa, pero si se obtuviese el reflejo de la estructura asimétrica de la leche corriente, es casi seguro que tal leche en espejo no sería buena de beber."7

          Y continúa explicitando el tema varios párrafos más.

2. Cuando la superficie no es impenetrable -el agua- parece que podemos llegar hasta el mundo reflejado; sin embargo, la construcción especular desaparece en el instante en que lo intentamos.

          ¿Y qué interés tiene esto? Cuando estamos poseídos por una desmedida ansiedad por ver más allá  de un límite que nos negamos a admitir, hacemos aparecer una tensión de acotación difícil desde el mismo momento en que hace acto de presencia: por una parte acomodados y sin demasiado espíritu crítico frente a las informaciones suministradas por los sentidos, por otro no excusamos el tacto como certificado supremo de certeza. ¿Dónde está esa duda que, de tapadillo, nos suscita la visión?

          Porque su impacto en las personas -es verdad que de distintos modos y grados- es indudable y, además, presenta una notable coincidencia en la perplejidad general cuando, en la culminación de la maniobra, cuando las yemas de los dedos tocan la superficie especular tratando de adentrarse en el mundo que allí se ve, desaparece de inmediato. Y esto no son especulaciones más o menos imaginativas...

          La primera noticia histórica que tenemos del espejo aparece bajo este tipo de ubicación mental: los antiguos sacerdotes-astrónomos mesopotámicos se repartían la observación celeste por zonas; cada una de ellas se denominaba, justamente, espejo. La imagen de este espejo celeste, reflejada, era examinada en el espejo (herramienta)8.

          Aquellos primitivos espejos de metal pulido tuvieron larga vida durante siglos; sólo cedieron su lugar cuando los ingeniosos vidrieros de Murano perfeccionaron su hacer y se las apañaron para poner en uno de los lados del cristal una fina capa de mercurio. Era un proceso caro y, por tanto, sólo al alcance de los más pudientes... así, al espejo le faltó tiempo para convertirse en signo de distinción9.

          Pero el espejo no iba a ser la excepción de la vieja dinámica social de que lo que empieza en las capas altas termina por abaratarse y quedar al alcance del pueblo. Esto conlleva la creación de usos y aplicaciones; en definitiva, hace aparecer unas capacidades expresivas inexistentes hasta entonces:

a) El espejo de mano difícilmente podía ser usado para otra cosa que no fuera el examen del propio cuerpo, por tanto, no debe extrañarnos que terminase simbolizando la vanidad.

b) Metidos ya en nuestro mundo no es sólo que el espejo aparezca en una variedad inimaginable de aplicaciones técnicas -escondido en ocasiones, como en las cámaras reflex- sino que, además, hay quien le encuentra hueco en lugares tan insospechados como la patología psicológica.

c) Incluso aparecen espejos imprevistos: esos grandes edificios de muros-cortina reflejan raras imágenes que, en su lejanía, poseen un extraño y pintoresco atractivo.10

          En este mundo de hoy, en uno de sus  ámbitos más definitorios, el del cine, el espejo ha encontrado un lugar de privilegio como herramienta expresiva. ¿Por qué privilegio? Porque su uso, tanto en las aplicaciones técnicas como y sobre todo ante la cámara como elemento de la escena, se ha mostrado como de unas posibilidades difícilmente comparables.11

          Pero claro, ni en el cine ni en lugar alguno el espejo sería absolutamente nada sin la luz que reclama, aunque sea con brevedad, un mínimo comentario específico.

 

La luz

          La vista es el canal de recepción de información más potente de que dispone el ser humano, y decir eso es hablar con rotundidad, porque concierne a cualquiera de los variopintos mundos en que es capaz de moverse, por supuesto, incluido el simbólico. Sin embargo, la vista necesita luz para funcionar, de ahí el enorme peso específico de término semejante que, con idéntica legitimidad y en muy diferentes idiomas, se usa tanto para designar la materia más sutil como para apuntar hacia los más elevados matices en los logros del conocimiento humano.

          Dicho en otros términos, el ser humano ha visto que la luz tenía una capacidad expresiva sin parangón y, al tratar de sacarle partido, la ha potenciado hasta convertirla en un símbolo cósmico capaz de encontrar qué decir ante individuos y situaciones de todas clases. Es por tanto asunto adecuado para una voluminosa monografía específica; los pocos párrafos que dedicados específicamente a ella siguen, por tanto, no pueden tener otra consideración que la de mínimos comentarios orientativos a modo de croquis verbal de situación.

          Así las cosas, la primera pregunta sería, ¿qué nos hace la luz? En esencia, lo que hace es proporcionarnos una impagable información del entorno en que nos movemos; entendemos que lo que ella muestra es indiscutible (salvo razones de fuerza mayor). El caso es que en su hablar hay un matiz de extraordinario interés: el mundo, en principio restringido al cuerpo propio, queda ampliado hasta donde la vista alcanza y eso, que es mucho más allá  del alcance de la mano, es distancia. Con esa distancia surgen los conceptos de espacio y tiempo. Son independientes de todo individuo y, sin embargo, conciernen a absolutamente todos; ellos son, en definitiva, los que posibilitan la interrelación, y en la interrelación se crean los diferentes mundos individuales.12

          Es la luz la que nos informa del vuelo del pájaro que atraviesa -ante el mismo ego de la ocasión anterior, testigo mudo- el horizonte hasta perderse de vista. Precisamente, la vista es el segundo elemento esencial de la cuestión porque la luz, sola, es mera condición de posibilidad que, como todas, tiene que ser realizada por la persona que ve. ¿Qué ve esa persona?

          Preguntar en estos términos es peor -si cabe- que preguntar por la luz, porque en la complejidad y revueltas de ésta no hay engaños ni las trampas que hay en la visión. ¿Qué es duro el término trampas? Sí pero, ¿qué otro emplear? Y es que puede dar la sensación que esto así, en abstracto, no pase de ser un puñado de juicios de valor en vacío. Por tanto, conviene fijar ideas y, con toda probabilidad, el mejor modo de conseguirlo será ceñirse a un asunto tan característico, tan concreto como el color.

          Existe una enorme distancia entre unas lenguas y otras a la hora de expresar el cromatismo, como pone de manifiesto la gran variación de vocabulario con que se encontraron Berlin y Kay cuando estudiaron el asunto.13 Estos dos antropólogos estadounidenses hicieron un exhaustivo estudio del vocabulario del color comparando 98 lenguas. La herramienta básica de su trabajo fue la carta de Munsell -una especie de pizarra con 40 tonos de color- que mostraban a los nativos, a quienes pedían que marcaran sobre ella las áreas que cubría cada término de color básico. El primer dato relevante con que se encontraron es que los términos de color básicos -que había sido su hipótesis de trabajo de partida- en efecto existían, aunque jamás eran más de once.14 Los resultados los plasmaron en el esquema siguiente:

  1. ) No hay lenguas que tengan un único término relativo al color; siempre hay al menos dos. Cuando sólo hay estos dos, son siempre blanco y negro.

  2. ) Si hay tres términos, el tercero es siempre rojo.

  3. ) Si hay cuatro términos aparecen el verde o el amarillo, y cuando son cinco, los añadidos son el verde y el amarillo.

  4. ) Si los términos son seis, nos encontramos el azul.

  5. ) Si son siete, el marrón.

  6. ) Si son ocho o más los términos, púrpura, rosa, naranja y gris se añaden siempre. Esto puede ocurrir en cualquier orden o combinación.
          Tras este esquema encontramos en el trabajo citado una observación que, probablemente, proceda del trabajo de Berlin y Kay: "Las reglas indicaban que los lenguajes adquieren los términos de color en orden cronológico lo que, a su vez, puede ser interpretado como una secuencia de estadios evolutivos''. Es, sencillamente, una sugerencia retante entre un buen abanico; en estas sustanciosas dos páginas a que nos venimos refiriendo hay inspiración más que suficiente para lanzarse a variadas aventuras poético-intelectuales: la cortedad del vocabulario del color en La Iliada; los problemas de equivocidad con que los hablantes de ciertas lenguas se encuentran cuando los términos básicos son inferiores a esos once (que hace que nos preguntemos si la cortedad de vocabulario podría condicionar la percepción); que el chino emplee en ocasiones imágenes acuáticas como ``superficial'' y ``profundo'' para hacer referencia a claro y oscuro, etc.

          No es necesario añadir nada a la fuerza de los temas para percatarse de que estamos ante bergantines capaces de llevarnos por los más impensados y atractivos derroteros así que, como estas páginas tienen su propio rumbo, más valdrá dar este inciso por concluido y reemprender la marcha trazada ya que, aún suponiendo que no existiera ninguna de estas materias de reflexión y simplemente nos fijásemos en el otro extremo, en lo que dicen los científicos de que la banda que va del infrarrojo al ultravioleta es un continuo, ante la voluntad de verbalizar los distintos matices con exactitud surgiría el problema de que no sólo tendríamos que disponer de un vocabulario enorme, sino que, de algún modo, debería estar en correlación con el propio orden de la banda (¿la longitud de onda?).

          En resumen: cualquier cosa que veamos estará  terminantemente marcada por quien sea el vidente de la ocasión, y eso incluye desde genealogía a ideología. Lo que quiere decir que hay una única afirmación que a este respecto podemos hacer sin temor... ¡y únicamente en sentido amplio!: vemos cualquier cosa que nos suscite interés, y eso puede abarcar desde el sutil impacto estético a la búsqueda inmediata de la especie comestible concreta.

          De este modo, en este abanico de posibilidades se abre una nueva materia de reflexión, la de las condiciones. Por cierto: se trata de un asunto de especial interés en el caso del impacto estético y es que, por supuesto, estamos apuntando a esa ``pasividad" tan peculiar que denominamos receptividad, por lo que no hace falta aclarar que lo sutil, lo misterioso de semejante experiencia es que de antemano ignoramos cuales deben ser esas condiciones.

          La actividad, por contra, la encontramos en el polo opuesto, en la búsqueda de esa especie comestible concreta que poníamos como ejemplo;15 en estos casos hay que saber lo que se busca, que no es sólo saber re-conocerlo cuando se tiene delante, sino que también hay por medio una información suficiente del ámbito "de vida" del objeto de conocimiento que se trate para saber dónde buscar.

          Uno y otro caso apuntan a que con anterioridad a ver debe existir una infraestructura epistémica previa en el sujeto, una infraestructura sin la cual le sería imposible moverse por estos parajes.16 No está  de más recalcar que, si lo que nos preocupa es el hecho simbólico, el papel de esa estructura epistémica previa será, sin ningún género de duda, fundamental.

 

notas

1 El suicida requeriría, desde luego, una reflexión particular y pormenorizada; en su caso entran en juego factores que, en muy diversos términos, convencen al sujeto que debe detener el fluir normal de la vida que en él se desarrolla. Aunque en último término todos los sucesos que afectan a la vida individual sean biológicos, en estrictos términos biológicos se conocen muy pocos casos de suicidio y por motivos muy específicos. Dicho de otro modo: en el caso del ser humano el suicidio suele tener raíz sociológica o psicológica, por lo que será una cuestión que no tocaré... Volver al texto

2 Eso que se ha dado en llamar el problema de la metafísica comienza, larvado, en que el vivir sea precisamente uno: es uno, sí, pero ¡tan mínimo!. Si la vida sigue, como hace, ¿no podría ser mayor? Los grandes ciclos cosmogónicos de la mitología hindú son, con toda probabilidad, la elaboración más ambiciosa de este asunto. Con el paso del tiempo y la palmaria des-integración del mundo que nuestra cultura abandera, es un asunto que desemboca en el tema del otro yo o la sombra, tan querido del Romanticismo. Desde luego, en el interín podemos encontrar casi tantas plasmaciones, en tan diversos ámbitos y distintas sensibilidades como se nos ocurra: en el poema de Gilgamesh, el Géminis zodiacal, Sarastro y la Reina de la Noche en "La flauta mágica", etc. ... Volver al texto

3 Ese cambio de vocabulario, COSMOS=>MUNDO, ¿no nos proporciona una sugerencia más que buena? Volver al texto

4 El caso es que, una definición más, ¿arregla semejante follón? Francamente, no. ¿Entonces? ¿para qué? Ambiciona algo de enorme interés: pretende desplegar esos problemas que tocan al símbolo de tantísimas maneras, en una palabra, lo que intenta esta definición es clarificar en qué consisten. Volver al texto

5 Este esquema se atiene estrictamente al concepto de reflexión del que parte; podría ser ampliado sin dificultad con las dudas provocadas por las lentes -¿no es el espejo, en esqueleto, una lente con una de sus caras cegada y pulida?- con lo que su número aumentaría de manera importante. Volver al texto

6 Cercano sí pero ¡tan difícil de ver! Por cierto, no es de extrañar que el ojo sea tan buen compañero del espejo; es tan singular y misterioso como él:

El ojo que ves no es
ojo porque tu lo veas;
es ojo porque te ve
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7 Carroll, Lewis, Alicia anotada, edición de Martin Gardner, Madrid, Akal, 1984. Volver al texto

8 Desde el "speculum" latino, que recoge todo este contexto semántico, nos ha llegado también "especulación", concepto nítido cuando se observa a esta luz. Volver al texto

9 Indirectamente, en la historia de la pintura supondrá un empujón sustancialísimo al retrato. Volver al texto

10 No obstante, ni mucho menos su fuerza es la del agua, seguramente el espejo más potente que hay. Bachelard, por ejemplo, se percata de que "une symbiose des images donne l'oiseau l'eau profonde et le poisson au firmament", en L'eau et les rêves, p. 72. Volver al texto

11 Por recordar sólo algunos usos típicos: el espejo voyeur, que nos deja ver lo que en buena ley no debería estar al alcance de nuestra vista, o el del "saloon" del Western, casi siempre de desgraciado destino, o aquel en que, minucioso, el personaje en crisis se examina el gesto. Volver al texto

12 En la vivencia del jugador de gallinita ciega, por ejemplo, existe la inequívoca experiencia de un espacio y un tiempo como cualidades del ego. Volver al texto

13 Berlin, B. & Kay, P, Basic Colour Terms: Their Universality & Evolution, University of California Press 1970 (UK); 1969 (USA). Desgraciadamente he sido incapaz de localizar un ejemplar para consultarlo. Lo que sigue es, simplemente, una paráfrasis abreviada de las dos páginas que Colours -en concreto, las páginas tituladas The vocabulary of colour - dedica al asunto. Este Colours es un excelente trabajo colectivo que "Marshall Editions" publicó en 1988 en Londres. Volver al texto

14 Teniendo en cuenta que el ojo humano puede percibir millones de colores con variaciones en tono, saturación y luminancia, la cosa no deja de ser extraordinaria. Volver al texto

15 En ocasiones, la actividad se disfraza de una pasividad que no engaña a nadie, como en el caso del gato que vigila la boca de la ratonera. Volver al texto

16 En este marco encajarían cuestiones tan clásicas como el "problema Molineux" del que hablaba Locke, y también tan modernas como las experiencias pedagógicas llevadas a cabo con invidentes antes y después de recuperar la visión. Volver al texto


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Autor: Julio Sánchez Trabalón
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