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los ojos de Minerva

Racional / irracional: una frontera en constante movimiento


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J.S.T
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BACHELARDIANA

Una Glosa (VI)

De cette liberté qui pourrait renouveler toutes les notions en les achevant dialectiquement, on n'a malheureusement pas fait un usage positif, réel, surréaliste. Les logiciens et les formalistes sont venus. Et au lieu de réaliser, de surréaliser, la liberté rationnelle que l'esprit expérimentait dans de telles dialectiques précises et fragmentaires, les logiciens et les formalistes ont, tout au contraire, déréalisé, dépsychologisé, la nouvelle conquête spirituelle. Helas! après cette oeuvre de mise en formes bien vidées de toute pensée, après cette besogne de sous-réalisme acharné, l'esprit n'est pas devenu plus alerte et plus vivant, mais plus las et plus désenchanté. De esta libertad que podría renovar todas las nociones acabándolas dialécticamente, desgraciadamente no se ha hecho un uso positivo, real, suprarrealista. Llegaron los lógicos y los formalistas. Y en vez de realizar, de superrealizar, la libertad racional que el espíritu experimentaba en semejantes dialécticas precisas y fragmentarias, lógicos y formalistas han -al contrario- desrrealizado, despsicologizado la nueva conquista espiritual. ¡Ay!, tras esta labor de disposición en formas totalmente carentes de pensamiento, tras este afán de subrrealismo encarnizado, el espíritu no se volvió más alerta y más vivo, sino más cansado y desencantado.

6.- De esta libertad que podría ...

De momento seguimos con el humor y la dialéctica, pero ahora desde el lado del NO. De lo que se podía haber hecho pasamos, no sólo a lo que no se ha hecho, sino a que se ha hecho todo lo contrario. Detengámonos un instante en la expresión, en la terminología:

a) Acabar dialécticamente las nociones.- Cualquier cosa que acabemos "dialécticamente", por ese mismo hecho, es un acabamiento con minúscula: es un acabar que no concluye, sino que es mero pretexto del devenir... así que, está claro que las nociones no alcanzan la categoría de ser y permanecen inmersas en su propio devenir.

b) Positivo.- No parece ser más que un énfasis de la expresión anterior. Es equivalente, sinónimo.

c) Real/Superrealista.- ¿Por qué los dos y no sólo "superrealista", el de jerarquía superior? Por la dinámica dialéctica, para que no haya equívocos, se explicitan tanto la tesis como la síntesis del proceso. En cuanto al término "real" como tal, como ya hicimos antes con "espíritu", y por las mismas razones, vamos a dejarlo.

¡Llegan los lógicos y formalistas y les da por vaciar todo! ¿De qué se ha cargado la razón -cabe preguntarse- que produce semejante afán por la vacuidad en todos estos buenos señores?

Históricamente, la razón había venido usando las herramientas contenidas en el "Organon" y, como es sabido, muchos siglos después se había encontrado con la ampliación y precisión de dicho instrumental que realizó Kant; en todos esos siglos, ¡jamás se había visto nada semejante a ese afán de vacuidad!

A Bachelard parece que ni siquiera le merece la pena ocuparse de ellos pero, a quienes estamos lejos de su maestría, no tenemos más remedio que confesar que siempre ha sido algo que nos ha intrigado y que jamás hemos conseguido entender: un "uso óptimo del lenguaje" -tal como lo entienden estos señores- no logra sobrepasar el modesto índice extendido que señala (y eso, sí llega, porque no siempre lo hace): la descripción de los sentimientos ante la persona amada; la muerte de un ser querido; la rabia ante la injusticia o ante el daño incomprensible, etc.

Todas esas cosas y tantas otras similares, anecdóticas y "poco serias" casi siempre, son fundamentales en la vida del individuo; lo son porque la fundamentan, y desde ellas se puede hablar de que Mengana es una persona de altos vuelos o Zutano es alicorto... y desde el rigor que esos señores defienden, efectivamente, esos usos del lenguaje son torpes parloteos; a pesar de que siempre o casi siempre esté claro de qué se trata, no podemos decir más, ni mejor.

Afortunadamente, parece que antropólogos y lingüistas están poniendo en claro, cada vez de manera más ajustada, esas insalvables imprecisiones del lenguaje. El profesor Rodríguez Adrados, por ejemplo, termina un articulito suyo afirmando explícitamente que "...se trata de una indeterminación y aún contradicción en el sistema de la lengua que es resuelta las más veces en el acto de la comunicación, el cual es la finalidad de la existencia de todo sistema lingüístico1.

El subrayado -es nuestro- lo hemos hecho porque nos parece un soberbio ejemplo de lo que es claridad de ideas. Es obvio que no es ningún mediterráneo lo que esas líneas dicen, pero es que cuando se está ocupado en una labor lo que no se puede perder nunca es el objetivo del "juego"; uno se puede liar con complejos desarrollos técnicos que, a pura obviedad, nadie pueda negar que sean tales. Pero si después de mucho desarrollar alguien nos pregunta qué desplegamos y nos quedamos en blanco, entonces ¿qué?

Y que conste que todo esto, si tiene algún valor, es como mero testimonio y nunca como condena, porque una condena hecha desde la incomprensión confesa no puede ser más que nula de pleno derecho.2

Pero retomemos el hilo del texto: Experimentar dialécticas precisas y fragmentarias... "Experimentar" ¿equivale aquí a "vivenciar"? Da la impresión que sí. La elección de uno u otro término puede que no se deba más que a tener formación científica y que, por tanto, que el término resulte al escritor más cómodo y acogedor.

Precisas nos confirma esta equivalencia, ya que estos procesos dialécticos a que venimos haciendo referencia pudieran ser considerados como retos que la razón se hace a sí misma, y los retos, si de verdad son tales, pertenecen a la clase de cosas que exigen "aquí y ahora" preciso y concreto (en otro caso son baladronadas, chulerías... o algo así).

Fragmentarias enfatiza la frase. Pero esta vez el énfasis no es nada retórico, sino funcional y expresivo: si se trata de algo que ineludiblemente es "aquí y ahora", no es "allí-antes", ni "en aquel lugar... después". Seguramente, no hay nada que a priori, fuese obstáculo para que el "allí-antes" o el "en aquel lugar...después" ocupasen el centro de referencia, pero ante el imperativo "aquí y ahora", ambas opciones pierden su sentido frente a la inmersión en semejante dinámica.

Es más, si algún X desconocido -y, desde luego, poderoso- impusiera la opción de "pasado", o la de "futuro", entonces, lo que el poder de ese X nunca podría evitar es que la opción elegida tomase automáticamente el valor de presente ("aquí/ahora"), desplazando los valores de las otras dos.

En definitiva, esto nos viene a confirmar el precisas inmediatamente anterior: hemos topado con un sistema de relaciones espacio-temporales en el que la referencia absoluta es el aquí y ahora del yo que vivencia, lo que es tanto como decir que, espacio-temporalmente, carece de centro, ya que los valores del sistema se desplazan automáticamente con ese yo-referencia.

Naturalmente, esto tiene unas graves consecuencias, tanto gnoseológicas -el Absoluto que históricamente había residido en el ser ahora se asienta en el eterno devenir- como psicológicas: personalmente no podemos estar seguros de nada; y si hay algo de lo que estamos seguros, debemos ponerlo en cuestión inmediatamente porque lo estamos minimizando (y, de rechazo, a nosotros mismos), porque no le estamos dejando dimensionarse (lo mismo que a nosotros) en las magnitudes que le convienen.

En conclusión, el fragmento lo es del devenir. Si perdemos de vista esto -y la enorme tensión que exige- tenemos muchas posibilidades de caer en gravísimos errores.

Dicho así, puede que la cosa tenga un aspecto muy "filosófico" en el peor sentido del término, el de estar en las "nubes" pero, contrariamente a esas apariencias, se trata de una cuestión que incide decisivamente en la vida de a pie de todos los días: tras ella se esconden los dos extremos de uno de los hiatos más insalvables y recurrentes de la historia de la filosofía: seguridad material/certeza espiritual. Evidentemente, tras los rios de páginas que ha hecho correr semejante cuestión, aquí nos limitaremos, simplemente, a señalar su ubicación.

La queja que sigue contra lógicos y formalistas es tremenda. ¿Por qué? Por la falacia con la que se han engañado y, de paso, nos han engañado. Han querido ser absolutamente precisos, y su ambición les ha llevado a estudiar las formas, los envoltorios, despreciando todo lo demás. Y no es que dicho estudio no sea interesante: muchas veces tiene una gran importancia... Adolf Portmann, por ejemplo, titulaba uno de sus magistrales artículos: "La forma como problema primero y último en la investigación de la vida"; precisamente, en biología, se trata de algo capital, pero entre el primero y el último hay una buena ristra de ellos, y esa ristra es inexcusable, porque es la que arma la cadena.

En resumen, el estudio de los envases tiene sentido si no descartamos la consideración del contenido; ¿que las herramientas con las que contamos para su estudio son mínimas, de escasa fiabilidad y no siempre disponibles? Sin duda, eso es así, pero sin menos duda, eso es otra cuestión que no hay por qué mezclarlas, y mucho menos, es algo que se solucione metiendo la cabeza debajo del ala, negando la existencia de dicha cuestión afirmando que "yo sólo me ocupo de la forma" o, más grave aún, negando la existencia del contenido... porque entonces, y entre otras cuestiones de no menor envergadura, estudiar formas es hablar por hablar.

Sin especificar en demasía, el texto de Bachelard se circunscribe al ámbito científico- filosófico. Pero si, además, echamos un vistazo a la expresión artística -sobre todo, si "puntualizamos" en la revolución que en todos los campos se desarrolló en los últimos decenios del siglo anterior y principios de éste- los datos son abrumadores: desde los surrealistas o Dada, hasta la popularización del jazz o el descubrimiento de las culturas africanas (Brancusi; Picasso), pasando por la invención del cinematógrafo, el uso de materiales e ideas industriales que hacen los constructivistas rusos... todas las consideraciones académicas clásicas se caen.

Todavía más; en los pocos casos en que esas formas clásicas se respetan, alcanzan unas dimensiones nuevas: los espacios de Giorgio de Chirico o René Magritte son clásicos, pero las formas del primero son tan vacías y carentes de vida como un decorado de teatro visto tras las bambalinas. El segundo, por contra, nos plantea paradojas lógicas irresolubles.

Por seguir, podíamos seguir con la música de Erik Satie o Kurt Weil, la narrativa de James Joyce, la "poesía" fonética pura, etc.

María Zambrano nos legó unas tan breves como hermosas líneas de meditación sobre este asunto. Tomaba a la máscara como pretexto, y sostenía que la cultura occidental, al quedarse en formas vacías, ya no es capaz de mostrar el rostro descubierto; de ahí su necesidad de retornar a la máscara, ya que las formas, al carecer de materia, no se han sustentado solas y se han hundido3.

El desrrealizar que sigue parece apuntar, en primer lugar, a que la "realidad" que hace unos párrafos pasábamos por alto es una realidad contante y sonante, la realidad de la tostada con mantequilla o la ducha matutina, la realidad del enchufe que no funciona o del beso al hijo o al compañero/a... aunque conociendo mínimamente al cálido maestro con el que conversamos, casi nos atreveríamos a certificar que, en modo alguno, las dimensiones de la realidad van a concluir -para él- ahí... ¿es que acaso termina la realidad en la psique? Si no, ¿que sentido tiene que inmediatamente detrás de desrrealizado añada despsicologizado? ¿Es que, en definitiva, no es real la psique? Y si lo es, ¿entonces...?

Entonces, como hace un momento con fragmentario, se trata de un nuevo énfasis dialéctico: la tesis (encarnada en la realidad exterior) es negada en la antítesis que supone el mundo individual interno de la persona, lo que implica:

  1. Que ese arrojar fuera los contenidos, perpetrado por lógicos y formalistas, supone
    1. no sólo una negación de la conquista espiritual realizada, sino...
    2. su castración.
  2. Un problema más a tener en cuenta a la hora de definir la realidad: ¿se trata de dos realidades distintas? ¿O simplemente, es una mera denominación a la hora de nombrar los dos polos dialécticos de la realidad?
Lo de subrrealismo encarnizado levanta sospechas, malos pensamientos: uno se encarniza con lo que teme o con lo que odia... lo que odiasen o temiesen estos señores nosotros, ya lo dijimos, no alcanzamos a entender qué pudiera ser.

Puede que estemos confundidos en la literalidad del párrafo anterior, pero en lo que, seguro que no lo estamos, es en el sentido de las palabras. Porque si este encarnizamiento fuese una acción con sentido positivo, el resultado nunca hubiera podido ser un espíritu más bajo, sino todo lo contrario. ¿Hacemos un cuadro con los términos?:

Alerta
¦
Vivo

Cansado
¦
Desencantado

Los dos términos de la izquierda está claro que se refieren a las manifestaciones corporales del espíritu, mientras que los de la derecha se refieren a su dimensión psíquica.

Lo primero que llama la atención es la elección de dichos términos entre los posibles sinónimos, palabras afines y demás: "alerta" es la más psíquica de las posibilidades corporales; por contra, el "vivo" es la más corporal de las psíquicas...

Llegados a este punto, a lo peor haya quien no aguante más e interrumpa un tanto irritado: "Pero vamos a ver; hace un momento era usted la encarnación de la prudencia y no se atrevía a tocar "realidad" y ahora se permite sacarse de la manga -porque no lo ha fundamentado en modo alguno- no se qué intenciones psíquicas o corporales, entre otras no menos lindas licencias que se viene permitiendo. En mi tierra eso se llama embrollar. ¡No es serio!"

Ante indignación semejante tendríamos que tomar una actitud "bachelardiana" y decir: "Depende... de lo que se entienda por seriedad". Puede que el fallo esté en no haber manifestado expresamente qué principio rige este discurso, que es "Era un poeta y odiaba lo aproximado", como escribía Rilke de cierto personaje suyo.4

No simplemente es que lo sigamos nosotros a título personal, sino que creemos no forzar para nada el texto que nos ocupa el contemplarlo bajo esa óptica (la queja contra lógicos y formalistas nos parece un argumento suficientemente terminante).

¿El problema, entonces, proviene de que estamos haciendo sinónimos seriedad y exactitud? Si es así, difícilmente podremos llegar a un acuerdo con nuestro objetor, ya que nuestro irritado señor está llamando "exactitud" (o "seriedad") al contenido de expresiones del tipo

Fórmula

y sin embargo nosotros -y juraríamos que también Bachelard- calificamos así a expresiones de este otro tipo:

...
Y verte como cambias
- y lo llamas vivir -
en todo, en todo, sí,
menos en mí, donde te sobrevives5

La razón de que lo hagamos así es tan tonta como clara: el "otro", si es susceptible de ser una definición de diccionario, es porque antes fue una vivencia. Así que, basta ya de polémica y sigamos donde estábamos.

Cansado-desencantado, por el contrario, sí están usados directamente; el primero es rotundamente corporal mientras que, el segundo, tiene una gran carga psíquica (emocional, en concreto).

Y "emoción" aquí es algo que, por enésima vez, hace a la mosca levantar el vuelo: ¿por qué "emoción"?

Pues... bien mirado, la cosa tampoco tiene mayor misterio: el nivel emocional está presente en los seres vivos, ya que todavía no se ha inventado muerto alguno con emociones y, por tanto, la cualidad de ser emocional es equivalente a ser vivo y se opone frontalmente a muerto.

Sigamos jugando a las oposiciones: desencantado y alerta; o lo que es lo mismo, la atención tensa que siempre implica el estado de alerta no se debe, en este caso, a la posible llegada de algo temido, sino a la esperanza de algo bueno, deseado, y que finalmente resulta fustrada.

Y la atención en tensión supone un esfuerzo que cansa; así que, ese desencanto que cierra el párrafo se nos aparece a modo de conclusión triste. La pregunta es inmediata: ¿No nos queda sino cruzarnos de brazos y llorar? Evidentemente no. Pero nos estamos adelantando al texto...

notas

1 Francisco R. Adrados, "Las unidades significativas y el principio de indeterminación", en Estudios de lingüística general, ed. Planeta, Barcelona, 1969; p. 110. Volver al texto

2 Aunque se podrían añadir bastantes más testimonios, nos limitaremos a dos más que, en distinta faceta, completan lo dicho.
Jakobson nos recuerda los comentarios del gran Franz Boas sobre la gramática, que "determina aquellos aspectos de cada experiencia que deben expresarse"; añade pocas páginas después "la escasez de aspectos obligatorios en modo alguno implica oscuridad del discurso. De ser preciso, la claridad puede obtenerse a base de añadir vocablos explicativos" (Roman Jakobson, "La significación gramatical según Boas", en Ensayos de lingüística general, ed. Planeta-Agostini, Barcelona, 1985; pp. 333-337).
Umberto Eco en la nota 21 de "Análisis del lenguaje poético" (uno de los ensayos de Obra abierta. Planeta-Agostini, Barcelona, 1984; p. 118) nos recuerda a otro autor -Stevenson- que hace hincapié en la ambigüedad de la construcción sintáctica del discurso y, como consecuencia, en la correspondiente ambigüedad en el plano pragmático de la reacción psicológica (prosigue apoyándolo, recordando la ambigüedad del mensaje poético según Jakobson)
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3 María Zambrano, "La destrucción de las formas", en La agonía de Europa, pp. 67-80. Madrid, Mondadori, 1988. Nos estamos refiriendo, sobre todo, a las cuatro primeras páginas.
El lamento por la brevedad de las líneas le quedara mucho más claro a quien, además de esas páginas, tenga la curiosidad de consultar "Máscara" en el Diccionario de Símbolos de Chevalier y Gheerbrant (publicado en castellano por Herder)
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4 R.M. Rilke, Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge, p. 147. Ed. Corregidor, Buenos Aires, 1977. Volver al texto

5 Pedro Salinas, La voz a ti debida, p. 37. Ed. Losada (Biblioteca Clásica y Contemporánea). 6a ed. Buenos Aires, 1974. Volver al texto


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