Bachelardiana. Una glosa (XVI)
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Racional / irracional: una frontera en constante movimiento


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BACHELARDIANA

Una Glosa (XVI)

MATERIALES DE CONSTRUCCION

Al concluir un trabajo, es obligación del autor pensar que sus folios son estupendísimos y que el lector ha pasado de una página a otra interesadísimo, y que le ha costado mucho trabajo interrumpir cuando se ha visto en la obligación de hacerlo. Por eso, el autor de éstas espera que no entiendas, lector, que se toma esa obligación demasiado al pie de la letra si, para concluir, te invita a jugar a lo mismo que él. ¿Qué es eso? Verás...

Como si fuera uno de esos trabajos académicos con sesudo apéndice documental, lo que hay desde aquí al punto y final son una serie de textos que, además de reincidir y matizar las diversas cuestiones tratadas, aportan puntos de vista y sensibilidades que, se esté o no de acuerdo con ellas, enriquecerán el ejercicio de la reflexión. En ese sentido, sería estupendo que alguno te sugiriese hacer algo parecido a lo hecho aquí, y repito lo de estupendo porque de lo que se trata es... de lo que sea menos de impartir doctrina.

El primero de dichos textos se centra precisamente en la autoridad. Su autor es Karl Jaspers y está tomado de las páginas 66 a 69 de su Filosofía de la Existencia1, libro que recoge un ciclo de tres conferencias que dictó bajo la censura nazi:

Existe una tensión en el hombre singular entre autoridad y libertad. El individuo desea volver a encontrar como verdad propia en el surgimiento originario de sí mismo lo que le viene desde fuera como autoridad. Aclaremos este proceso de liberación en la autoridad. La autoridad en la que se cree es, ante todo, la única fuente de una recta educación que penetra la esencia misma. El hombre singular, en su finitud, empieza desde el principio. En su evolución, está ligado a la autoridad para apropiarse el contenido transmisible. Desarrollándose sin autoridad, viene en posesión del conocimiento, se convierte en señor del lenguaje y del pensar, pero queda abandonado a la vacía posibilidad del espacio en donde la nada lo mira de hito en hito. Durante el curso del madurar se le hace presente al individuo, en la autorreflexión y la autoexperiencia, el propio surgimiento originario. Los contenidos de la autoridad se le hacen vivientes en cuanto se le hacen propios. Cuando esto no ocurre, le son extraños; a ellos se opone la libertad, que solo permite lo que se ha transformado en el ser mismo. La libertad que existiría mientras surge la autoridad puede defenderse luego de la autoridad (en determinados casos). El individuo que por la autoridad llega a sí mismo se libera de la autoridad. Es posible la concepción límite de un hombre que, habiendo alcanzado la madurez, se asienta enteramente en sí mismo, lo recuerda todo y nada olvida; un hombre que vive desde su más profundo surgimiento originario, y que, no obstante, es apto para actuar resueltamente en una vasta esfera, capaz de ser activo y fiel a sí mismo fundándose en la autoridad que lo ha creado. En su desarrollo necesitaba apoyo: vivía en la veneración y mediante compromisos; se apoyaba en las decisiones de otros allí donde él no podía todavía decidir a partir de su surgimiento originario en su propio interior con una fuerza y claridad decisivas, hasta sentir, con absoluta determinabilidad, la verdad que ahora ha tomado él libremente, incluso contra la exigente autoridad externa. La libertad de lo verdadero captada por él en la necesidad de lo verdadero captado por él mismo; el arbitrio queda superado; la autoridad, en su sentido íntimo, es la trascendencia que se manifiesta mediante su ser mismo. Pero este límite del hombre absolutamente libre y que sólo se apoya en sí mismo, no se puede alcanzar definitivamente. Todo individuo tiene algún fracaso o se frustra algún día: jamás llega a ser hombre total. Por tanto, el individuo honesto, sea cualquiera el grado de libertad a que pueda elevarse, no puede carecer de tensión entre su libertad y autoridad sin sentir también vacilante e incierto su propio camino. Los contenidos propios de la libertad urgen la ratificación por la autoridad o urgen la resistencia a la autoridad, con lo que podrán dar pruebas de su posible verdad; sin esto no serían distinguibles de cualquier impulso accidental. La autoridad da, o bien una energía fortificante, o bien forma y apoyo mediante su resistencia, y refuta la arbitrariedad. Precisamente quien sabe ayudarse a sí mismo desea que exista autoridad en el mundo. Incluso aunque muchos individuos pudieran lograr la verdadera libertad, en la sociedad quedaría una enorme mayoría que en este camino de la libertad caería víctima del desorden y de la arbitrariedad de los impulsos de su existente. Por tanto, en la realidad de la sociedad que todo lo abarca, la autoridad permanece necesariamente como una forma de verdad; o bien la autoridad, si se pierde, se regenera del caos que se origina en una forma fatal. La representación de estos movimientos, que nacen de la tensión continua, nos vuelve a la abarcadora autoridad. La autoridad es el enigma hecho forma de la unidad de la verdad en la realidad histórica. La coincidencia de la verdad, en todos los modos de lo abarcador, con el poder del mundo y con la elevación del rango humano que lleva estas verdades y tiene este poder, constituye la esencia de la verdadera autoridad. Conozco la autoridad en cuanto soy originario en ella. Puedo vivir con ella, pero no la puedo deducir y clasificar. Puedo penetrar en ella históricamente, pero no puedo comprenderla desde fuera. Esta autoridad no puede abarcarse con la vista. No puedo colocarme ante ella como ante otra cosa cualquiera en su totalidad. Pero la autoridad que sólo veo desde fuera, y en la que no he vivido, no la contemplo jamás en su contenido; no la divisaré, de ningún modo, como autoridad.

"Autoridad" es un término de importancia difícilmente comparable a nada, ya que refleja una determinada actitud individual con el mundo; implica todo tipo de cosas en la elección (individual siempre), ante la persona, objeto, hecho, etc., que se acepte como detentador de autoridad: por esa mera aceptación, se está delegando en él/ella la libertad propia.

Entonces, podría estar muy bien un segundo texto de generalización; es decir, ¿qué pasa cuando la "Autoridad" se presenta bajo formas sociales, culturales? El texto más interesante que en este aspecto hemos encontrado ha sido el siguiente, firmado por John Dewey y recogido por Joseph Campbell:

La cristiandad propuso una revelación fija de un Ser y verdad invariables y absolutos; y la revelación fue elaborada en un sistema de normas y fines definidos para guiar la vida. De ahí que la "moral" se concibiera como un código de leyes, el mismo en todas partes y en todos los tiempos. La vida digna era la que se sujetaba a principios fijos.

En contraste con tales creencias, el hecho más señalado en todas las ramas de la ciencia natural es que existir es estar haciéndose, cambiando...

El pensamiento victoriano concebía nuevas condiciones como si meramente estuvieran poniendo en nuestras manos instrumentos efectivos para realizar antiguos ideales. El sobresalto y la incertidumbre, tan característicos del presente, señalan el descubrimiento de que son los antiguos ideales mismos los que están socavados. La ciencia y la tecnología, en vez de darnos mejores medios para hacerlos realidad, están debilitando nuestra confianza en todas las finalidades y creencias grandes y comprehensivas. No obstante, tal fenómeno es transitorio. Por el momento, el impacto de las nuevas fuerzas es negativo. La fe en el autor divino y su autoridad que tenía el pensamiento occidental, las ideas heredadas del alma y su destino, de una revelación fija, de instituciones perfectamente estables, del progreso automático, ya son imposibles para la mente cultivada del mundo occidental. Psicológicamente, es natural que el resultado sea la quiebra de la fe en todas las ideas organizadoras y directivas fundamentales. El escepticismo se ha convertido en la marca e incluso la pose de la mente educada. Su influencia es tanto mayor cuanto que ya no está dirigido a este o aquel artículo de los antiguos credos, sino que más bien es una predisposición contra la idea ambiciosa y un rechazo a la participación sistemática de tales ideas en la dirección inteligente de los asuntos.

Es en ese contexto donde tiene significado una filosofía exhaustiva de la experiencia, enmarcada a la luz de la ciencia y la técnica...

Una filosofía de la experiencia aceptará en todo su valor el hecho de que las existencias sociales y morales se encuentran, como las existencias físicas, en un estado de cambio continuo aunque oscuro. No intentará ocultar la inevitable modificación y no tratará de establecer límites fijos al alcance de los cambios que han de producirse. En cuanto al fútil esfuerzo por lograr seguridad y un asidero en algo fijo, será sustituido por el esfuerzo por determinar el carácter de los cambios que se están produciendo y darles en cierta medida una dirección inteligente en los asuntos que más nos conciernen...

Donde gobierna la idea de fijación, también gobierna la de la unidad exhaustiva. La filosofía popular de la vida está llena del deseo de alcanzar tal unidad exhaustiva y las filosofías formales se han dedicado a la satisfacción intelectual de ese deseo. Consideremos el lugar que ocupa en la mentalidad popular la búsqueda de el significado de la vida y de la finalidad del universo. Los hombres que buscan un sólo sentido y un sólo propósito bien se forjan una idea de ellos según sus deseos y su tradición personales o, de lo contrario, al no hallar tal unidad, abandonan desesperados y concluyen que los episodios de la vida no tienen verdadero significado y valor.

Pero con esto no se agotan las alternativas. No hay necesidad de decidir entre la falta absoluta de significado y el significado único y exhaustivo. Hay muchos significados y muchos propósitos en las situaciones a las que nos enfrentamos -uno, por así decirlo, en cada situación. Cada uno presenta su desafío al pensamiento y al empeño, y muestra su propio valor potencial2.

Naturalmente, todo lo que sea socio-cultural está muy bien y, si además es razonable y está bien pensado, puede ser tremendamente esclarecedor. Pero la sociedad, las grandes culturas, están sustentadas en base a grandes individualidades.

Esas grandes personas lo son o pueden ser por montones de cosas, pero hay una en la que siempre coincidirán todos, y es en el hecho de ser seres conscientes, consciencia que implica una concepción del mundo (la que sea) que sirve de indicativo, de señal que nos dice donde nos encontramos:

Una ciencia no es nunca una concepción del mundo, sino simplemente su instrumento. El que uno tome en sus manos este instrumento o no, depende de cual sea la concepción del mundo del sujeto. Nadie carece de concepción del mundo. En caso extremo, se tiene, al menos, la concepción del mundo que le ha sido forzada con la educación y el ambiente. Si la concepción del mundo le dice, por ejemplo, que "la felicidad máxima de los hijos de la tierra es la personalidad", acudirá con gusto a la ciencia y a sus resultados, para construir con ellos, como instrumentos, una concepción del mundo y a sí mismo también. Pero si una opinión hereditaria le dice que la ciencia no es instrumento, sino meta y finalidad en sí misma, seguirá la consigna que se ha cristalizado hace casi ciento cincuenta años como la valedera y determinante. Algunos, ciertamente, se han rebelado desesperadamente en contra, ya que su idea de perfección y sentido culminaba en el perfeccionamiento de la personalidad humana y no en la diferenciación de los medios técnicos, la cual conduce, irremisiblemente, a la diferenciación altamente unilateral de un impulso, por ejemplo, del impulso de conocimiento. Si la ciencia es un fin en sí mismo, el hombre tiene únicamente su "raison d'être" como intelecto. Si el arte es un fin en sí mismo, la capacidad representadora del hombre se convierte en su único valor y el intelecto queda relegado al cuarto trastero. Si la adquisición de fortuna es un fin en sí mismo, la ciencia y el arte pueden ir ya recogiendo sus trastos y marcharse. Nadie puede negar que la conciencia moderna se halla dispersada, sin esperanza, en estos fines en sí mismos. De este modo, los hombres se crían simplemente como cualidades aisladas y se convierten ellos mismos en instrumentos.

En los últimos ciento cincuenta años hemos vivido numerosas concepciones del mundo -una prueba de que hasta la misma concepción del mundo ha caído en descrédito, porque, cuanto más difícil de tratar es una enfermedad, tantos más medicamentos existen contra ella, y cuantos más medicamentos hay, tanto más desacreditado está cada uno de ellos. Parecería como si el fenómeno "concepción del mundo" se hubiese vuelto obsoleto.

Es difícil imaginarse que este desarrollo sea una simple casualidad, una equivocación lamentable y sin sentido, ya que algo tan certero y tan excelente no acostumbra a desaparecer de la superficie del mundo de una manera tan lamentable y sospechosa. Tiene que estar inficionado con algo inútil y reprobable. Debemos plantearnos, por consiguiente, la pregunta: ¿dónde reside el error de la concepción del mundo?

Me parece que el error fatal de las concepciones que hasta ahora poseemos, reside en que plantean la pretensión de ser una verdad objetivamente válida, incluso una especie de evidencia científica, lo cual lleva, por ejemplo, a la conclusión inadmisible de que el mismo buen Dios tiene que ayudar al mismo tiempo a los alemanes, a los franceses, a los ingleses, a los turcos y a los paganos, en definitiva a todos contra todos. La conciencia moderna, con su captación más amplia del acontecer mundial, ha vuelto las espaldas horrorizada ante tal monstruosidad, y ha hecho el intento con medios filosóficos. Pero se ha visto también que la filosofía pretende igualmente una verdad objetivamente válida. Esto la ha desacreditado y así hemos venido a parar en la dispersión diferenciada, con sus consecuencias nada recomendables.

El error fundamental de toda concepción del mundo es su asombrosa propensión a querer pasar por la verdad misma de las cosas, cuando, en realidad, no es otra cosa que un nombre que damos a las cosas. ¿Acaso podríamos llegar a pelearnos en la ciencia sobre si el nombre "Neptuno" se corresponde con la esencia de ese planeta y si, de esa forma, es el único nombre "correcto? De ninguna manera; y ésta es la razón por la cual la ciencia se halla por encima, ya que no conoce más que hipótesis de trabajo. Sólo el espíritu primitivo cree en el hombre "correcto". Puede hacer saltar en pedazos en el cuento una puerta encantada, sólo con nombrar su nombre certero. El cabecilla oculta su verdadero nombre y se agencia para el uso diario un nombre esotérico, para que nadie le pueda hechizar conociendo su verdadero nombre. Al faraón egipcio se le ponen en la tumba, en palabras e imágenes, los verdaderos nombres de los dioses, para que pueda coaccionarlos con el conocimiento del verdadero nombre. Para el cabalista, la posesión del verdadero nombre de Dios implica poder mágico absoluto. En resumen: para el espíritu primitivo el nombre equivale a la cosa. "Lo que dice, será", reza la antigua sentencia de Ptah.

La concepción del mundo padece bajo este aspecto de la primitividad inconsciente. Lo mismo que la astronomía todavía no sabe nada de que los habitantes de Marte hayan venido a reclamarnos por la denominación falsa de su planeta, podemos también estar seguros que al mundo le trae totalmente sin cuidado lo que pensemos de él. Pero no necesitamos, por esta razón, dejar de pensar sobre él. Tampoco lo hacemos nosotros, sino que la ciencia perdura como hija y heredera de antiguas concepciones del mundo ya derrumbadas. Pero quien resulta empobrecido con este cambio, es el hombre. En la concepción del mundo de viejo corte, el hombre equipara ingenuamente su espíritu con las cosas, puede observar su rostro como rostro del mundo, puede verse como imagen y semejanza de Dios, cuya grandeza no resultaba demasiado cara al precio de ciertos castigos infernales. Pero, en la ciencia, el hombre no piensa en sí, sino sólo en el mundo, en el objeto: se ha rebajado a sí mismo y ofrendado su personalidad al espíritu objetivo. Por esta razón, el espíritu científico está también éticamente por encima de la concepción del mundo de viejo corte.

Pero ya comenzamos a sentir las consecuencias de esta atrofia de la personalidad humana. Por todas partes surge la pregunta sobre la concepción del mundo, sobre el sentido de la vida y el mundo. Y también son numerosos en nuestra época los intentos de recaer en el pasado y hacer surgir concepciones del mundo del más viejo estilo, como la teosofía o, más directamente, la antroposofía. Tenemos necesidad de una concepción del mundo, por lo menos la tiene la generación joven. Pero si no queremos retroceder, toda nueva concepción del mundo tendrá que abandonar cualquier clase de fe supersticiosa en su validez objetiva, debe reconocer que es sólo una imagen dibujada por nosotros por el bien de nuestra alma, y no un nombre mágico con que suplantamos las cosas objetivas. No tenemos una concepción del mundo para el mundo, sino para nosotros. Si no nos elaboramos ninguna imagen del mundo como un todo, tampoco nos vemos a nosotros mismos, que somos fieles reproducciones de este mundo. Y sólo en el espejo de nuestra imagen del mundo nos podemos ver totalmente. Sólo en la imagen que elaboramos, aparecemos nosotros. Sólo en nuestro acto creador penetramos totalmente en la luz y nos hacemos cognoscibles a nosotros mismos como un todo. Nunca le damos al mundo otro rostro que no sea el nuestro, y lo hacemos precisamente para poder encontrarnos a nosotros. Porque, el hombre, creador de sus instrumentos, está por encima del fin autónomo de la ciencia y del arte. En ningún momento estamos más cerca del recóndito secreto del origen de todas las cosas que al conocernos a nosotros mismos, conocimiento que creemos poseer desde siempre. Pero conocemos mejor las profundidades del espacio cósmico que las de nosotros mismos, donde podemos escuchar casi directamente el ser y devenir creadores, aunque sin entenderlo.

El autor de este texto es C. G. Jung, y es de una conferencia suya dictada en 1927 en Karlsruhe3.

Siguiendo con el individuo, algunos opinan que se acaba en la muerte. Otros, por el contrario, piensan que hay algo más allá de ella. Es un terreno en el que es imposible ser terminante. Por eso, nos ha parecido especialmente interesante incluir un texto que refleja la actitud de ciertas personas ante el ser que se ha ido, dado que la actitud concreta del caso es omniabarcante. Son unos extractos de I Ching leídos en la ceremonia fúnebre de Olga Froebe-Kapteyn, la mentora y "Alma Mater" de los encuentros de Eranos:

The receptive is mild.- Yielding, devoted, furthering through perseverance: thus the superior man has a direction for his way of life.- Following with devotion-thus does one attain his permanent place.- The Receptive in its riches carries all things. Its nature is in harmony with boundless. It embraces everything in its breadth and illumines everything in its greatness. Through it, all individual beings attain success.- Perfect indeed is the subliminity of the Receptive. All beings owe their birth to it, because it receives the heavenly with devotion4.

La muerte es el terreno más inalcanzable que hay para el ser humano en situación. Por eso mismo, es la base idónea para todo lo que suponga salto en la sensación, en el conocimiento: sin fijarnos en la muerte, que es un caso extremo, en la vida de todos los días hay mucho de esto, mucha "paradoja". Por eso, pensamos que uno de los ejercicios más educativos que hay es tener la mente abierta a la paradoja y, por lo mismo, nos ha parecido que aquí debería haber un texto en ese sentido. Al escogerlo, hemos procurado que, además, no careciese de humor:

FANTOMAS

Sur le marteau de la porte en argent bruni, sali par le temps, sali par la poussière du temps, une espèce de Bouddha ciselé au front trop haut, aux oreilles pendantes, aux allures de marin ou de gorille: c'était Fantomas. Il tirait sur deux cordes pour faire venir là-haut je ne sais quoi. Son pied glisse; la vie en dépend; il faut atteindre la pomme d'appel, la pomme en caoutchouc avant le rat qui va la trouer. Or, tout cela n'est que de l'argent ciselé pour un marteau de porte5.

Y ya que estamos en esa línea, no estaría nada mal un ejemplo concreto... pero del conjunto de todo eso: el texto de Werner Heisenberg que anunciábamos hacia el final del capítulo 10.

Yo me sentía demasiado inseguro para participar en estos debates, pero escuché y medité sobre el concepto de orden. La confusión en el contenido de los discursos me pareció mostrar que también órdenes auténticos pueden entrar mutuamente en conflicto, y entonces esa lucha opera lo contrario del orden. Esto tan solo era posible, a mi entender, si se trataba de ordenes parciales, de fragmentos segregados de la unión del orden central; elementos que, sin haber perdido aún toda fuerza configuradora, habían abandonado su orientación hacia el centro ordenador. Cuanto más escuchaba, más atormentado me sentía por la conciencia de la falta de ese centro eficaz. Sufrí por ello casi físicamente, pero yo mismo no era capaz de encontrar una via hacia ese ámbito desde la maraña de opiniones encontradas. Así pasaron horas enteras, y se pronunciaron discursos y se sostuvieron discusiones. Las sombras del patio del castillo se hacían más largas y, finalmente, al cálido día le siguió un crepúsculo azul plomizo y una noche de luna clara. Continuaron todavía las conversaciones; pero de pronto, arriba, en el balcón, en lo alto del patio, apareció un joven con un violín y, cuando se hizo el silencio, sonaron sobre nosotros los primeros grandes acordes en re menor de la Chacona de Bach. Entonces se estableció de repente la vinculación con el centro del mundo de un modo indudable. El valle de Altmühl, inundado, bajo nosotros, por la claridad de la luna, habría sido motivo suficiente para un hechizo romántico; pero no fue esto lo que sucedio. Las transparentes frases de la Chacona fueron como viento sutil que rasga la niebla y deja al descubierto las firmes estructuras del trasfondo. Quedaba claro que se podía hablar del ámbito central; esto fue posible en todos los tiempos, con Platón y con Bach; con el lenguaje de la música, de la filosofía o de la religión; por tanto, debe ser también posible ahora y en el porvenir. Esta fue mi gran experiencia6.

Para nosotros -repetimos lo que dijimos en su lugar- esto es la narración de una experiencia mística del uno por mucho que venga de la pluma de un importante premio Nóbel de Física.

Nos queda también otro texto anunciado, el de María Zambrano, el que, seguramente, a título de miembros de una determinada colectividad socio-cultural europea-occidental, más directamente y sin excepciones nos podemos apuntar todos y cada uno... y ¡ojo!, que está escrito en la Segunda Guerra Mundial; ¿alguien puede demostrar que está pasado?

Así se explica otra de las actitudes frente a la presente decadencia de Europa. Es la -inusitada en ella- de servidumbre a los hechos, a los hechos atomizados. El hombre europeo nunca se distinguió en sus días mejores por permanecer aferrado a los hechos, pura y simplemente; a lo dado e inmediato. Al revés, desde Grecia se embarcó hacia un idealismo que alcanzó su extremo, precisamente, en la filosofía romántica alemana del siglo diecinueve. Y ahora, casi sin transición alguna, el hombre medio, el que se cree portavoz de una época, su médula y protagonista, se rinde ante la evidencia de los hechos. Vive esclavo en terrible servidumbre, ante lo que pasa, sin ánimo para desarrollar un mínimum de violencia a fin de desasirse. La genialidad de Europa parecía consistir, en gran parte, en la capacidad de desasimiento de la realidad. Ahora, tan poca tiene, que toma por real la primera apariencia que le sale al paso, y anda sin entereza, sin verdad. Porque el encuentro de la verdad requiere su busca que sólo puede darse a un ánimo que ha sabido sustraerse a la aplastante influencia de los hechos, a la pavorosidad de lo inmediato.

El hombre europeo en su gran mayoría parecía haber perdido completamente este poder de abstracción, este afán heroico que le hacía desdeñar lo primero que ante sí encontraba para ir a buscar algo más estable, más firme, más permanente y claro a qué servir. Ha perdido la raíz de su heroico idealismo. Y aunque su extremosidad, de su abuso hayan partido gran parte de nuestros males, lo que hoy primero se echa de ver ya no es el idealismo extremado, sino la ciega servidumbre a la realidad más aparente e inmediata, el encadenamiento atroz a los hechos. Falta de soledad, de espacio libre, puro y vacío en el interior de la conciencia; de aquella soledad y libertad que pueden tenerse hasta entre los dientes de la fiera. El afán de ver, de captar con claridad lo que tiene ante sí, aunque nos esté devorando.

Falta el heroísmo mejor. Y en este instante de bélico desate, falta la agresividad más fecunda y noble, la de no aceptar, sin más, el empuje de lo que nos viene de afuera. Contrasta, en verdad, la agresividad tremenda y creciente con esta pasividad en el europeo; a medida que se entrega al empuje de los hechos (que ha ganado en todas las formas de trato social), cuando más se hunde en la pasividad, más desboca sus energías en el combate material y bárbaro.

Esta falta de ímpetu del entendimiento podría, tal vez, arrancar de la última etapa de conocimiento que podríamos llamar "Naturalismo". El Naturalismo es la línea de menor resistencia para la mente por la sencilla razón de que viene después de varios siglos en que el pensamiento se ha esforzado en desvelar la naturaleza. Línea de menor esfuerzo y engendradora de fatuidad, de peligrosísima vanidad intelectual, que se atiene al resultado y se muestra ignorante del anterior esfuerzo. Porque la naturaleza no es por sí misma transparente, sino que la razón griega primero, y la del Renacimiento después, la han domeñado. Y se nos ha llegado a figurar que es algo dócil, obediente y que apenas admite sorpresas. Ya todos los adelantos, por fantásticos que sean, nos parecen cosa natural... Y esto mismo, la palabra "natural" -que tan pavorosa realidad debería significar- la empleamos desde hace tiempo como significativa de lo más consuetudinario, de la normalidad misma.

Y con esta tranquilizada conciencia de haber domeñado al monstruo de la naturaleza, de haberla convertido en estática mansedumbre, el hombre europeo se llenó de fatuidad, de excesiva confianza en el mundo. Vanidad que no dejó entrar en su ánimo al saludable terror ante la nueva "naturaleza", y el nuevo enigma cada día se fue resintiendo más por la excesiva confianza que inspirara; fue en cada instante más irritado por la desatención en que estaba. Enigma y monstruo más pavoroso que el de la naturaleza: el monstruo de lo social.

Todo conocimiento es lucha con algo extraño...7

Y ya, dando por bueno el tópico ese de que vivimos en la época de la prisa, únicamente nos queda un recuerdo a los "apresurados" (que, seguramente, tendrán poco tiempo para leer):

Un dios posible es un dios inexistente. Nunca se es menos Dios que cuando se es como un Dios8.

notas

1 Ed. Planeta-Agostini. Col. Obras Maestras del Pensamiento contemporáneo, no 18. Barcelona, 1985. Volver al texto

2 Joseph Campbell, Las máscaras de Dios. Mitología creativa, pp. 686-687. Ed. Alianza, Madrid, 1992.
El texto es de John Dewey, en "Living Philosophies" (Nueva York, Simon and Schuster, 1931), pp. 25-26, 34-35 y 26-27.
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3 Carl Gustav Jung, "Psicología analítica y concepción del mundo", en Problemas psíquicos del mundo actual, pp. 252-255. Ed. Monte Avila, Caracas, 1976. Volver al texto

4 Citado por Joseph Campbell en "Editor's Foreword", en Papers from the Eranos yearbooks, vol. 5, p. XVII. Princeton University Press, Bollingen Series XXX. New Jersey, 1980.
El texto pertenece a uno de los comentarios del hexagrama "K'un", lo receptivo, y se traduciría aproximadamente así:

Lo receptivo es suave.- Dando frutos, entusiasta, avanzando perseverante de parte a parte: de este modo el hombre superior orienta su modo de vida.- Siguiéndolo con entusiasmo es como uno alcanza su lugar permanente.- Lo receptivo, en su opulencia, lleva todas las cosas. Su naturaleza está en armonía con lo inconmensurable. En su aliento abraza cada una de las cosas, y en su grandeza lo ilumina todo. A su través, todos los seres individuales logran el éxito.- Perfecta, sin duda, es la subliminalidad de lo Receptivo.- Todos los seres le deben su nacimiento porque recibe lo celeste con diligencia.
Proponer un texto así tiene como finalidad alejarse de la emotividad y la falta de calma que podría proporcionar un texto más cercano, porque exactamente lo mismo se puede decir recurriendo a nuestra propia cultura. Por ejemplo, en la primera epístola a los Corintios (13, 4-8), San Pablo escribe:
El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser...
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5 Max Jacob, Le cornet à dés, p. 98. Ed. Gallimard, Paris, 1967.
Lo de "traducción aproximada" del texto anterior aquí sigue valiendo, pero muy corregido y aumentado. Para que el lector que desconozca el francés se haga una idea de las dificultades de traducción... sería como tratar de verter a otro idioma la exquisita prosa poética de Juan Ramón Jiménez; para conseguir una versión medianamente aceptable de la página de Max Jacob, se necesitaría un traductor fuera de serie. Así que, con nuestras disculpas, que sirva como "orientación":

Sobre la aldaba de plata bruñida, manchado por el tiempo, manchado por el polvo del tiempo, una especie de Buda cincelado de frente demasiado arrogante, de orejas colgantes... porte de marino o gorila: era Fantomas. Tiraba de dos cuerdas para hacer venir de allá arriba no se qué. Su pie se desliza; la vida depende de ello; hay que alcanzar la manzana de llamada, la manzana de caucho antes que la rata que va a agujerearla. Ahora bien, todo eso no es sino plata cincelada para una aldaba
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6 Heisenberg, Werner, Diálogos sobre física atómica, pp. 16-17. Madrid, BAC, 1974. Volver al texto

7 Zambrano, María, La Agonía de Europa, pp. 11-13. Ed. Mondadori, Madrid 1988. Volver al texto

8 Cándido Cimadevilla, Universo Antiguo, Mundo Moderno, p. 572. Ed. Rialp, Madrid, 1964. Volver al texto


A Julio Sánchez, mi padre, un ser consciente.

A Cándido Cimadevilla, "In memoriam", un maestro desconocido a quien tuve la fortuna de conocer.

A Enrique Otón, que sabe ver el alma a las palabras sin importar lo sobadas que estén.


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