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BACHELARDIANA
Al concluir un trabajo, es obligación del autor pensar que sus folios son estupendísimos y que el lector ha pasado de una página a otra interesadísimo, y que le ha costado mucho trabajo interrumpir cuando se ha visto en la obligación de hacerlo. Por eso, el autor de éstas espera que no entiendas, lector, que se toma esa obligación demasiado al pie de la letra si, para concluir, te invita a jugar a lo mismo que él. ¿Qué es eso? Verás... Como si fuera uno de esos trabajos académicos con sesudo apéndice documental, lo que hay desde aquí al punto y final son una serie de textos que, además de reincidir y matizar las diversas cuestiones tratadas, aportan puntos de vista y sensibilidades que, se esté o no de acuerdo con ellas, enriquecerán el ejercicio de la reflexión. En ese sentido, sería estupendo que alguno te sugiriese hacer algo parecido a lo hecho aquí, y repito lo de estupendo porque de lo que se trata es... de lo que sea menos de impartir doctrina. El primero de dichos textos se centra precisamente en la autoridad. Su autor es Karl Jaspers y está tomado de las páginas 66 a 69 de su Filosofía de la Existencia1, libro que recoge un ciclo de tres conferencias que dictó bajo la censura nazi:
Existe una tensión en el hombre singular entre autoridad y libertad. El individuo desea volver a encontrar como verdad propia en el surgimiento originario de sí mismo lo que le viene desde fuera como autoridad. Aclaremos este proceso de liberación en la autoridad. La autoridad en la que se cree es, ante todo, la única fuente de una recta educación que penetra la esencia misma. El hombre singular, en su finitud, empieza desde el principio. En su evolución, está ligado a la autoridad para apropiarse el contenido transmisible. Desarrollándose sin autoridad, viene en posesión del conocimiento, se convierte en señor del lenguaje y del pensar, pero queda abandonado a la vacía posibilidad del espacio en donde la nada lo mira de hito en hito. Durante el curso del madurar se le hace presente al individuo, en la autorreflexión y la autoexperiencia, el propio surgimiento originario. Los contenidos de la autoridad se le hacen vivientes en cuanto se le hacen propios. Cuando esto no ocurre, le son extraños; a ellos se opone la libertad, que solo permite lo que se ha transformado en el ser mismo. La libertad que existiría mientras surge la autoridad puede defenderse luego de la autoridad (en determinados casos). El individuo que por la autoridad llega a sí mismo se libera de la autoridad. Es posible la concepción límite de un hombre que, habiendo alcanzado la madurez, se asienta enteramente en sí mismo, lo recuerda todo y nada olvida; un hombre que vive desde su más profundo surgimiento originario, y que, no obstante, es apto para actuar resueltamente en una vasta esfera, capaz de ser activo y fiel a sí mismo fundándose en la autoridad que lo ha creado. En su desarrollo necesitaba apoyo: vivía en la veneración y mediante compromisos; se apoyaba en las decisiones de otros allí donde él no podía todavía decidir a partir de su surgimiento originario en su propio interior con una fuerza y claridad decisivas, hasta sentir, con absoluta determinabilidad, la verdad que ahora ha tomado él libremente, incluso contra la exigente autoridad externa. La libertad de lo verdadero captada por él en la necesidad de lo verdadero captado por él mismo; el arbitrio queda superado; la autoridad, en su sentido íntimo, es la trascendencia que se manifiesta mediante su ser mismo. Pero este límite del hombre absolutamente libre y que sólo se apoya en sí mismo, no se puede alcanzar definitivamente. Todo individuo tiene algún fracaso o se frustra algún día: jamás llega a ser hombre total. Por tanto, el individuo honesto, sea cualquiera el grado de libertad a que pueda elevarse, no puede carecer de tensión entre su libertad y autoridad sin sentir también vacilante e incierto su propio camino. Los contenidos propios de la libertad urgen la ratificación por la autoridad o urgen la resistencia a la autoridad, con lo que podrán dar pruebas de su posible verdad; sin esto no serían distinguibles de cualquier impulso accidental. La autoridad da, o bien una energía fortificante, o bien forma y apoyo mediante su resistencia, y refuta la arbitrariedad. Precisamente quien sabe ayudarse a sí mismo desea que exista autoridad en el mundo. Incluso aunque muchos individuos pudieran lograr la verdadera libertad, en la sociedad quedaría una enorme mayoría que en este camino de la libertad caería víctima del desorden y de la arbitrariedad de los impulsos de su existente. Por tanto, en la realidad de la sociedad que todo lo abarca, la autoridad permanece necesariamente como una forma de verdad; o bien la autoridad, si se pierde, se regenera del caos que se origina en una forma fatal. La representación de estos movimientos, que nacen de la tensión continua, nos vuelve a la abarcadora autoridad. La autoridad es el enigma hecho forma de la unidad de la verdad en la realidad histórica. La coincidencia de la verdad, en todos los modos de lo abarcador, con el poder del mundo y con la elevación del rango humano que lleva estas verdades y tiene este poder, constituye la esencia de la verdadera autoridad. Conozco la autoridad en cuanto soy originario en ella. Puedo vivir con ella, pero no la puedo deducir y clasificar. Puedo penetrar en ella históricamente, pero no puedo comprenderla desde fuera. Esta autoridad no puede abarcarse con la vista. No puedo colocarme ante ella como ante otra cosa cualquiera en su totalidad. Pero la autoridad que sólo veo desde fuera, y en la que no he vivido, no la contemplo jamás en su contenido; no la divisaré, de ningún modo, como autoridad. "Autoridad" es un término de importancia difícilmente comparable a nada, ya que refleja una determinada actitud individual con el mundo; implica todo tipo de cosas en la elección (individual siempre), ante la persona, objeto, hecho, etc., que se acepte como detentador de autoridad: por esa mera aceptación, se está delegando en él/ella la libertad propia. Entonces, podría estar muy bien un segundo texto de generalización; es decir, ¿qué pasa cuando la "Autoridad" se presenta bajo formas sociales, culturales? El texto más interesante que en este aspecto hemos encontrado ha sido el siguiente, firmado por John Dewey y recogido por Joseph Campbell:
La cristiandad propuso una revelación fija de un Ser y verdad invariables y absolutos; y la revelación fue elaborada en un sistema de normas y fines definidos para guiar la vida. De ahí que la "moral" se concibiera como un código de leyes, el mismo en todas partes y en todos los tiempos. La vida digna era la que se sujetaba a principios fijos. Naturalmente, todo lo que sea socio-cultural está muy bien y, si además es razonable y está bien pensado, puede ser tremendamente esclarecedor. Pero la sociedad, las grandes culturas, están sustentadas en base a grandes individualidades. Esas grandes personas lo son o pueden ser por montones de cosas, pero hay una en la que siempre coincidirán todos, y es en el hecho de ser seres conscientes, consciencia que implica una concepción del mundo (la que sea) que sirve de indicativo, de señal que nos dice donde nos encontramos:
Una ciencia no es nunca una concepción del mundo, sino simplemente su instrumento. El que uno tome en sus manos este instrumento o no, depende de cual sea la concepción del mundo del sujeto. Nadie carece de concepción del mundo. En caso extremo, se tiene, al menos, la concepción del mundo que le ha sido forzada con la educación y el ambiente. Si la concepción del mundo le dice, por ejemplo, que "la felicidad máxima de los hijos de la tierra es la personalidad", acudirá con gusto a la ciencia y a sus resultados, para construir con ellos, como instrumentos, una concepción del mundo y a sí mismo también. Pero si una opinión hereditaria le dice que la ciencia no es instrumento, sino meta y finalidad en sí misma, seguirá la consigna que se ha cristalizado hace casi ciento cincuenta años como la valedera y determinante. Algunos, ciertamente, se han rebelado desesperadamente en contra, ya que su idea de perfección y sentido culminaba en el perfeccionamiento de la personalidad humana y no en la diferenciación de los medios técnicos, la cual conduce, irremisiblemente, a la diferenciación altamente unilateral de un impulso, por ejemplo, del impulso de conocimiento. Si la ciencia es un fin en sí mismo, el hombre tiene únicamente su "raison d'être" como intelecto. Si el arte es un fin en sí mismo, la capacidad representadora del hombre se convierte en su único valor y el intelecto queda relegado al cuarto trastero. Si la adquisición de fortuna es un fin en sí mismo, la ciencia y el arte pueden ir ya recogiendo sus trastos y marcharse. Nadie puede negar que la conciencia moderna se halla dispersada, sin esperanza, en estos fines en sí mismos. De este modo, los hombres se crían simplemente como cualidades aisladas y se convierten ellos mismos en instrumentos. El autor de este texto es C. G. Jung, y es de una conferencia suya dictada en 1927 en Karlsruhe3. Siguiendo con el individuo, algunos opinan que se acaba en la muerte. Otros, por el contrario, piensan que hay algo más allá de ella. Es un terreno en el que es imposible ser terminante. Por eso, nos ha parecido especialmente interesante incluir un texto que refleja la actitud de ciertas personas ante el ser que se ha ido, dado que la actitud concreta del caso es omniabarcante. Son unos extractos de I Ching leídos en la ceremonia fúnebre de Olga Froebe-Kapteyn, la mentora y "Alma Mater" de los encuentros de Eranos:
The receptive is mild.- Yielding, devoted, furthering through perseverance: thus the superior man has a direction for his way of life.- Following with devotion-thus does one attain his permanent place.- The Receptive in its riches carries all things. Its nature is in harmony with boundless. It embraces everything in its breadth and illumines everything in its greatness. Through it, all individual beings attain success.- Perfect indeed is the subliminity of the Receptive. All beings owe their birth to it, because it receives the heavenly with devotion4. La muerte es el terreno más inalcanzable que hay para el ser humano en situación. Por eso mismo, es la base idónea para todo lo que suponga salto en la sensación, en el conocimiento: sin fijarnos en la muerte, que es un caso extremo, en la vida de todos los días hay mucho de esto, mucha "paradoja". Por eso, pensamos que uno de los ejercicios más educativos que hay es tener la mente abierta a la paradoja y, por lo mismo, nos ha parecido que aquí debería haber un texto en ese sentido. Al escogerlo, hemos procurado que, además, no careciese de humor:
Y ya que estamos en esa línea, no estaría nada mal un ejemplo concreto... pero del conjunto de todo eso: el texto de Werner Heisenberg que anunciábamos hacia el final del capítulo 10.
Yo me sentía demasiado inseguro para participar en estos debates, pero escuché y medité sobre el concepto de orden. La confusión en el contenido de los discursos me pareció mostrar que también órdenes auténticos pueden entrar mutuamente en conflicto, y entonces esa lucha opera lo contrario del orden. Esto tan solo era posible, a mi entender, si se trataba de ordenes parciales, de fragmentos segregados de la unión del orden central; elementos que, sin haber perdido aún toda fuerza configuradora, habían abandonado su orientación hacia el centro ordenador. Cuanto más escuchaba, más atormentado me sentía por la conciencia de la falta de ese centro eficaz. Sufrí por ello casi físicamente, pero yo mismo no era capaz de encontrar una via hacia ese ámbito desde la maraña de opiniones encontradas. Así pasaron horas enteras, y se pronunciaron discursos y se sostuvieron discusiones. Las sombras del patio del castillo se hacían más largas y, finalmente, al cálido día le siguió un crepúsculo azul plomizo y una noche de luna clara. Continuaron todavía las conversaciones; pero de pronto, arriba, en el balcón, en lo alto del patio, apareció un joven con un violín y, cuando se hizo el silencio, sonaron sobre nosotros los primeros grandes acordes en re menor de la Chacona de Bach. Entonces se estableció de repente la vinculación con el centro del mundo de un modo indudable. El valle de Altmühl, inundado, bajo nosotros, por la claridad de la luna, habría sido motivo suficiente para un hechizo romántico; pero no fue esto lo que sucedio. Las transparentes frases de la Chacona fueron como viento sutil que rasga la niebla y deja al descubierto las firmes estructuras del trasfondo. Quedaba claro que se podía hablar del ámbito central; esto fue posible en todos los tiempos, con Platón y con Bach; con el lenguaje de la música, de la filosofía o de la religión; por tanto, debe ser también posible ahora y en el porvenir. Esta fue mi gran experiencia6. Para nosotros -repetimos lo que dijimos en su lugar- esto es la narración de una experiencia mística del uno por mucho que venga de la pluma de un importante premio Nóbel de Física. Nos queda también otro texto anunciado, el de María Zambrano, el que, seguramente, a título de miembros de una determinada colectividad socio-cultural europea-occidental, más directamente y sin excepciones nos podemos apuntar todos y cada uno... y ¡ojo!, que está escrito en la Segunda Guerra Mundial; ¿alguien puede demostrar que está pasado?
Así se explica otra de las actitudes frente a la presente decadencia de Europa. Es la -inusitada en ella- de servidumbre a los hechos, a los hechos atomizados. El hombre europeo nunca se distinguió en sus días mejores por permanecer aferrado a los hechos, pura y simplemente; a lo dado e inmediato. Al revés, desde Grecia se embarcó hacia un idealismo que alcanzó su extremo, precisamente, en la filosofía romántica alemana del siglo diecinueve. Y ahora, casi sin transición alguna, el hombre medio, el que se cree portavoz de una época, su médula y protagonista, se rinde ante la evidencia de los hechos. Vive esclavo en terrible servidumbre, ante lo que pasa, sin ánimo para desarrollar un mínimum de violencia a fin de desasirse. La genialidad de Europa parecía consistir, en gran parte, en la capacidad de desasimiento de la realidad. Ahora, tan poca tiene, que toma por real la primera apariencia que le sale al paso, y anda sin entereza, sin verdad. Porque el encuentro de la verdad requiere su busca que sólo puede darse a un ánimo que ha sabido sustraerse a la aplastante influencia de los hechos, a la pavorosidad de lo inmediato. Y ya, dando por bueno el tópico ese de que vivimos en la época de la prisa, únicamente nos queda un recuerdo a los "apresurados" (que, seguramente, tendrán poco tiempo para leer):
Un dios posible es un dios inexistente. Nunca se es menos Dios que cuando se es como un Dios8.
1 Ed. Planeta-Agostini. Col. Obras Maestras del Pensamiento contemporáneo, no 18. Barcelona, 1985. Volver al texto
2 Joseph Campbell, Las
máscaras de Dios. Mitología creativa, pp.
686-687. Ed. Alianza, Madrid, 1992. 3 Carl Gustav Jung, "Psicología analítica y concepción del mundo", en Problemas psíquicos del mundo actual, pp. 252-255. Ed. Monte Avila, Caracas, 1976. Volver al texto
4 Citado por Joseph Campbell en
"Editor's Foreword", en Papers from the Eranos
yearbooks, vol. 5, p. XVII. Princeton University Press,
Bollingen Series XXX. New Jersey, 1980.
5 Max Jacob, Le cornet à
dés, p. 98. Ed. Gallimard, Paris, 1967. 6 Heisenberg, Werner, Diálogos sobre física atómica, pp. 16-17. Madrid, BAC, 1974. Volver al texto 7 Zambrano, María, La Agonía de Europa, pp. 11-13. Ed. Mondadori, Madrid 1988. Volver al texto 8 Cándido Cimadevilla, Universo Antiguo, Mundo Moderno, p. 572. Ed. Rialp, Madrid, 1964. Volver al texto |
A Cándido Cimadevilla, "In memoriam", un maestro desconocido a quien tuve la fortuna de conocer.
A Enrique Otón, que sabe ver el alma a las palabras sin importar lo sobadas que estén.
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