los ojos de Minerva |
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BACHELARDIANA
13.- Nos encontramos entonces ante... Explicitación de lo adelantado al final del párrafo anterior:
Como los procesos dialécticos que nos ocupan tienen, ineludiblemente, los limites operativos aquí expuestos, el problema es no ser partidista e inclinar la balanza a favor de uno u otro. Es más, lo suyo es tener la suficiente habilidad para dejar recaer el acento en cada uno de ellos en el momento oportuno y en la medida justa. De este modo la liberación -tanto de lo real objetivo como de nuestro espíritu- a lo que hace referencia es a la carencia de corsés, a la inexistencia de mojones, ya que bajo estas condiciones el espíritu no sólo puede, sino que debe permitirse ignorar, porque cualquier a priori del que partamos (siempre partiremos de alguno) no será sino la rampa desde la que el ciclista se lanza a cubrir la contrarreloj: una vez en marcha la rampa deja de existir para él a todos los efectos. Lo que antes nos equivocaba, siguiendo con la imagen, era que pedaleábamos con la rampa a rastras tras nosotros, lo que nos obligaba a un esfuerzo desmedido y nos condenaba irremisiblemente a unos mediocres resultados. Lo admirable es que, aun en estas condiciones, hubo quien se las ingenió para conseguir resultados bastante por encima de presentables. La frase que cierra el párrafo es una mera puntualización, pero tiene su importancia para que cada cosa quede, efectivamente, en su sitio. Irracionalismo.- Lo propio del hombre es la razón al igual que lo característico de la realidad es la irracionalidad. Entonces, lo que estamos poniendo en marcha al dialectizar la realidad es un peculiar proceso simbiótico en el que, de alguna manera, racionalizamos lo irracional, esto es, tratamos de acordar nuestra razón con la objetividad irracional. Para eso, tenemos que dar con el ritmo de marcha adecuado. Pero, ¿no es eso, precisamente, lo opuesto de lo que se trata? Si nuestra razón acepta someterse a la batuta de la realidad irracional, esa subordinación, ¿no la estará lastrando irremediablemente? ¿No debería ser, al contrario, nuestra razón quien tratase de llevar la batuta? Todo lo que suponga un planteamiento jerárquico podemos decir sin temor a equivocarnos que es, de entrada, un error. Y lo es porque todo lo que suponga jerarquía, por eso mismo, supone mojones, implica la pesantez de la que tratamos de escapar. Se trata de conseguir el equilibrio dinámico, el de la gran sinfonía o el del movimiento exacto del deportista en pleno esfuerzo, tanto da. El buen fin está detrás de que cada elemento esté en el sitio preciso en el momento justo... la Persona, así, con mayúscula, es quien está en paz consigo mismo: los componentes que hacen que eso sea así son los que hay que coordinar, los que hay que afinar, los que, en definitiva, hay que hacer sonar con maestría.1 1 No hace falta aclarar que continuamos generalizando esa razón científica de la que habla Bachelard, ya que en su propio desarrollo constatamos que esos planteamientos son perfectamente generalizables; el trabajo a realizar y los problemas implicados son de más envergadura y, por tanto, la labor a llevar a cabo es algo mayor. Pero no deja de ser una mera cuestión de cantidad, en modo alguno de calidad. Volver al texto |
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