logo

los ojos de Minerva

Racional / irracional: una frontera en constante movimiento


Página principal
Símbolo
Autor
J.S.T
Enlaces
Colaboraciones
Símbolos
Autores
Enlaces varios

BACHELARDIANA

Una Glosa (XII)

Le risque de la raison doit d'ailleurs être total. C'est son caractère spécifique d'être total. Tout ou rien. Si l'expérience réussit, je sais qu'elle changera de fond en comble mon esprit. Je fais une expérience de physique pour changer mon esprit. Que ferais-je, en effet, d'une expérience de plus qui viendrait confirmer ce que je sais et, par conséquent, ce que je suis. Toute découverte réelle détermine une méthode nouvelle, elle doit ruiner une méthode préalable. Autrement dit, dans le règne de la pensée, l'imprudence est une méthode. Il n'y a que l'imprudence qui peut avoir un succès. Il faut aller le plus vite possible dans les régions de l'imprudence intellectuelle. Nietzsche a reconnu à la fois le caractère tardif et le caractère méthodologique des saines transmutations. "Les vues les plus précieuses se trouvent les dernières; mais les vues les plus précieuses sont les méthodes." (L'Antéchrist, paragraf. 13.) Les connaissances longuement amassées, patiemment juxtaposées, avaricieusement conservées, son suspectes. Elles portent le mauvais signe de la prudence, du conformisme, de la constance, de la lenteur. El riesgo de la razón debe, por otra parte, ser total. Su carácter específico es ser total. Todo o nada. Si el experimento tiene éxito, sé que cambiará de arriba a abajo mi espíritu. Hago un experimento de física para cambiar mi espíritu. En efecto, ¿qué haría yo con un experimento más que viene a confirmar lo que sé y, consecuentemente, lo que soy? Todo descubrimiento real determina un método nuevo y debe echar por tierra el método anterior. Dicho de otro modo, en el reino del pensamiento, la imprudencia es un método. Unicamente la imprudencia puede triunfar. Hay que marchar lo más deprisa posible en las regiones de la imprudencia intelectual. Nietzsche ha reconocido tanto los caracteres tardio como metodológico de las sanas transmutaciones: "Los ideales más valiosos se encuentran los últimos; pero los ideales más valiosos son los métodos" (El Anticristo, paragrf. 13). Los conocimientos durante mucho tiempo acumulados, pacientemente yuxtapuestos, avariciosamente conservados, son sospechosos. LLevan el mal signo de la prudencia, del conformismo, de la constancia, de la lentitud.

12.- El riesgo de la razón debe...

Con lo dicho hasta ahora, lo de riesgo de la razón no necesita más comentario. Por contra, sí puede merecer la pena lo de razón como totalidad; ¿por qué "todo o nada"?

Tenemos que volver a la ineludible falta de unidad que hay en cualquier manifestación vital (y que, tal vez, no sería descabellado conjeturar que de aquí en adelante se va a convertir en una especie de "rondó" del que no nos vamos a poder librar); en el salto lógico del origen de la vida está esa razón que se tiene como característica del hombre: ente capaz de lograr ideas, capaz de simbolizar.

Tomemos la cuestión por la espalda: ¿cuál es el máximo nivel intelectual al que llegan los animales? Es la capacidad de manejar herramientas; no son capaces de manejar herramientas para conseguir otras herramientas más sutiles, más perfeccionadas.

Entonces, el primer dato del que disponemos es que la inteligencia es una cualidad biológica de tipo psíquico que sirve para que el ser vivo pueda lograr sus fines (y antes de todo eso, que tenga fines, claro)

Si la razón humana es la más potente que se da a escala zoológica terrestre, es porque tiene ante sí una más amplia panoplia de fines, porque esos fines presentan una amplia escala de tonalidades, porque el acceso a los diversos tonos de esa escala no es a través de un camino único e indiscutible... pero esto es lo más opuesto que pudiera darse a la totalidad; ¿qué función tiene la totalidad en esa atomización radical?

La dinámica silogística de la razón le hace concentrarse en un hecho atómico cualquiera, evaluarlo, medirlo... tratar de comprenderlo por los medios que sean, lo que supone múltiples observaciones, acordes, desacordes, próximas, lejanas... en una palabra, las clásicas "mayor", "menor" y "conclusión". La conclusión, a su vez, se convierte en mayor del silogismo siguiente, que confrontada con la menor correspondiente da, a su vez, una segunda conclusión que es la mayor de un tercer silogismo... y así sucesivamente...

Y así, una, dos, tres... tantas, cuantas cadenas de silogismos queramos formar...

Y todo, asentado en una falla ontológica, la de que todo ser vivo ES por el mero hecho de existir.

El hombre que de este modo sabe, no aumenta su saber por mucho que en este proceso quiera ver dicho aumento. Lo que aumenta es su ignorancia, como perfectamente vio Sócrates, el más sabio de todos los hombres por la simple razón de que conocía su ignorancia, mientras los demás no sabían ni eso.

Entonces, si hablamos de dialectizar, de revolucionar la razón, de lo que se trata es de invertir los términos, se trata de empezar a saber de una vez; de ahí el todo o nada. Lo que implica que la totalidad, de hallarse en algún "sitio", no puede estar sino en el espíritu humano sujeto del conocimiento.

El experimento que tiene éxito... ¡él!, no yo, el experimentador: un experimento que tiene éxito es el que incide directamente sobre la categoría de "ser" de los manuales escolares clásicos: "ser" era X antes del experimento, e Y después de él. Dicho de otro modo: el experimento que tiene éxito es el que nos muestra una novedad, por extraña y absurda que nos resulte. Y es que hasta ahora se había venido entendiendo esta cuestión justo en sentido inverso: era un dejarse llevar por la primera impresión cuando, después de no ver algo, de pronto, evidentísimo y palmario, se presentaba ante nuestros ojos... ¡apariencia! Un experimento que tiene éxito es muchas cosas, y la primera de ellas apartar el biombo de la apariencia, biombo que reduce la realidad a ámbitos domésticos.

En segundo lugar, un experimento así entendido, no es garante y sustentador de convicciones como históricamente ha sido, sino que, precisamente, se convierte en método de descreimiento y manantial de perplejidades. Y la perplejidad cambia el espíritu como puede que sólo lo haga el miedo (la ventaja de la perplejidad sobre él es que el espíritu no se siente atado ni apabullado, sino libre)

Llegados a este punto, las dos frases siguientes inciden en algo muy tonto de puro obvio, pero que en el mundo en que vivimos se olvida muchas veces y da lugar a equívocos, molestos en el menor de los casos: el carácter del experimento.

¿Qué queremos? ¿Qué esperamos del experimento?1 Que el experimento redunde en beneficio del saber humano, y con ello queremos decir ser más persona, ser mejor persona; que nos ayude a acercarnos lo más posible a la famosa trinidad platónica de Bien, Verdad y Belleza.

Pero, ¿qué pasa cuando el experimento no se ajusta a dichos parámetros? ¿Carece de validez?

Dentro de dichos parámetros, desde luego, así es. Pero esa invalidez no es generalizable de ninguna manera. Un experimento que no observe dichas "normas" no es un experimento científico -que aumente el conocimiento- en cuanto al fondo. Pero al conservar la forma científica es un experimento válido con carácter ingenieril.

El que un experimento sea ingenieril o no es ajeno al experimentador: si el experimento proporciona o no método, ahí es donde está el hecho decisorio. En otros términos, al colocar camiones de arena sobre un paso elevado de nueva construcción para comprobar su resistencia, pueden ocurrir dos cosas, que el paso caiga, o no. Más o menos camiones, mayor o menor resistencia en el hormigón sustentador... no se puede ir mucho más lejos, ni hacia adelante, ni hacia atrás.

El ejemplo opuesto sería el de los esposos Curie, que después de largos y muchas veces desesperantes trabajos, consiguen aislar el radio; otro ejemplo en este sentido serían las famosas polémicas de Einstein y Böhr con sus célebres experimentos mentales -los viajeros de la nave intergaláctica a la velocidad de la luz y demás-. Unos y otros están creando método, método que no existía antes de su trabajo; método que antes que incidir en ningún otro punto ha incidido en su espíritu, en ellos como personas y que, efectivamente, cambia la categoría de "ser" que predicaba Aristóteles: no es que el ser sea más ser ahora, sino que somos nosotros quienes estamos más cerca de él, quien somos capaces de abarcar algo más de su siempre evanescente entidad.

Las consideraciones anteriores sobre el experimento nos vienen muy bien para tratar una cuestión que, desafortunadamente, para nada debía merecer la pena detenerse en ella pero que, sin embargo, el transcurso de la historia la ha convertido en algo capital. Estamos hablando de la manera en que se usa el vocabulario.

El problema arranca de que en la historia del conocimiento en Occidente, al principio, no había distinción entre saberes. El repetido "peri fyseos" en los títulos de los autores presocráticos muestra un interés globalizador, interés que quizá tenga en Aristóteles su máximo exponente: botánico, lógico, zoólogo...

Eso, si no queremos levantar los pies de la tierra, ya que si decidimos alzar los ojos al cielo, cualquier separación que queramos hacer entre astrología y astronomía será falsear... por lo menos la historia.

Las cosas se mantienen así durante un buen puñado de siglos hasta que empieza a surgir una actitud nueva... ¿en qué consiste eso? En que una serie de personajes, primero con cierta timidez, después, con una audacia2 y decisión cada vez mayor, ven que con pequeños toques -califiquémosles de "especialistas"- las cosas cambiaban sustancialmente. Un caso concreto: el súbdito medieval empieza a tomar sus iniciativas personales, que cada vez es capaz de llevar a mejor término; de ahí el individuo renacentista que, orgulloso y con total confianza en sus propias fuerzas, es capaz de conquistar un inmenso continente como América.

Pero un cambio de actitud que concerniese solo al propio ego sería algo "deportivo", incapaz de ir más allá de la mera hazaña física: en el ámbito espiritual, las prestigiosas escuelas y universidades medievales, que se aglutinaban alrededor de un maestro o de una doctrina tradicional, se muestran incapaces de oponer algo medianamente consistente ante el vigoroso avance del humanismo. De este modo, lenguas populares, cábala judía, figuras intelectuales comprometidas y defensoras de esta o aquella heterodoxia... todo eso era recibido y aceptado en las cortes más poderosas; era de nuevo el triunfo del sentido individual frente al colectivo.

Lo orgánico, que tanta fuerza tuvo en el medievo (en la decoración, por ejemplo), deja paso a la organización racional. Es la potenciación del elemento unitario. Lo importante es que esto implica que la inteligibilidad, que siempre debía respaldar al organismo, deja paso a la abstracción de la lógica, mucho más útil para manejar esa "unidad" que se había erigido en pieza clave.

La luz, tal vez el símbolo más complejo y rico que haya, deja de utilizarse de manera simbólica -ya no es el elemento de cohesión en el que, en última instancia, se esquematizaba el valor orgánico del espacio en una catedral gótica, por ejemplo- sino que ahora se utiliza para resaltar el esplendor del salón palaciego, o de la columnata con un criterio funcional.

Dicho en pocas palabras, el hombre se da cuenta de que no sólo puede conocer el mundo, sino que lo puede conquistar, él: por su saber, su astucia, sus méritos personales...

Posteriormente, con la revolución industrial se dará un paso más: no sólo se puede conquistar el mundo, sino también al conciudadano... el individuo que así actúa es alguien volcado al mundo exterior, superior a ese mundo exterior.

La otra cara de la moneda de esa gesta es que el hombre olvida que él es el primer objeto de conquista. Lo que en el mundo antiguo aparecía, en términos de solución, como una jerarquía de dignidades, en nuestro mundo aparece como jerarquía de poderes y como propuesta de acción. Esos poderes, por tanto, ahora no son solución de nada, sino que permiten un mayor y más eficaz dominio personal sobre el entorno, olvidando así que en todos los órdenes de la existencia existe una dignidad que le es propia y característica, una dignidad que, quizá torpemente, esa jerarquía de los antiguos se afanaba en salvaguardar.

¿Y qué tiene que ver el vocabulario con todo esto? Lo que tiene que ver es que el vocabulario sigue siendo el mismo; dicho de otro modo, cuando Aristóteles hacia referencia a la "ciencia", la equivalencia aproximada de ese término hoy sería "sabiduría": la ciencia, ahora, es otra cosa. Así, deberíamos hacernos un replanteamiento serio, riguroso y global, de dos parejas de términos absolutamente claves en cualquier discurso gnoseológico. En cuanto al contenido, la pareja es la apuntada ciencia/saber (y, naturalmente, todos los términos asociados, científico/sabio, etc.)

La importancia de la segunda pareja incide fundamentalmente en la correcta expresión de contenidos; es signo/símbolo.

A donde va esto se comprende fácilmente: se trata de poner de relieve si el valor del conocimiento de que se trate en cada caso es total o parcial siempre, bien entendido, con relación a los parámetros que nos ocupen. Se evitaría de esta forma un buen montón de equívocos inútiles; se pondría en evidencia una buena cantidad de crítica superflua (fuegos artificiales intelectuales); se bajaría de sus "elevadas esferas" todo este tipo de quehacer para ponerlo al siempre saludable nivel del albañil, el fontanero, el electricista, o el de cualquier otra persona que dedique su tiempo a hacernos la vida agradable y cómoda... por si no está suficientemente claro, este trabajo, como muchas veces se ha entendido y nunca se debió dejar de entender, serviría para hacer más humana la vida del hombre.

La capital importancia de que esto sea así se puede argumentar de muchas maneras. Nosotros la vamos a argumentar con unas palabras ajenas que ponen de manifiesto una posibilidad no muy agradable pero que, desde luego, no podemos descartar porque sí:

Se trata de saber si incluso nuestras palabras más justas y nuestros gritos más conseguidos no están privados de sentido, si el lenguaje no expresa, para concluir, la terminante soledad del hombre en un mundo mudo3.

Dicho muy "a la pata llana": lo que hay en juego detrás de la cuestión es cerciorarnos, en la medida de lo posible, que el ser humano no sea la encarnación más rotundamente conseguida del absurdo y la idiotez.

Por la afirmación siguiente -la imprudencia es un método- subrayábamos "audacia" hace escasas páginas. Método, se entiende como disciplina de trabajo... lo que de nuevo, remite el pensamiento al ámbito de la actividad "laboral".

¿Qué peculiar carácter tiene el pensamiento que permite, precisamente, eso? Su peculiaridad está en lo inespecífico de su actividad; el pensamiento que se ajusta a carriles es un pensamiento ingenieril, indistintamente de que los carriles se llamen partida de mus u operación de despegue de Boeing 747. Así, el pensamiento -en cuanto tal- no sólo puede, sino que debe "campar por sus respetos" para aumentar su potencia (empleamos el término en idéntico sentido en el que en informática se habla de la potencia de determinado aparato o programa). Por lo tanto, sólo la imprudencia puede triunfar, es la conclusión natural.

No obstante, ¿por qué la prisa? ¿Qué pasaría si nos lo tomáramos con más calma y paseáramos, oteando el panorama?

Si a esa pregunta hubiera que contestar en analista de laboratorio, la respuesta sería un tranquilo "nada", sin más zarandajas ni más matices. Lo que sucede es que no se trata de eso; la labor propuesta no es algo aséptico, aseadito y, sobre todo, ajeno. Muy al contrario, nos exige un compromiso del mismo tipo de los que tienen que aceptar médico o sacerdote en el desarrollo de sus respectivas funciones.

La labor entonces, en último término, tiene una ineludible dimensión moral; tiene un peso específico que nos vemos imposibilitados de obviar. De ahí que no sea admisible el paseo ya que, a pesar de la dimensión estética de la tarea, que también existe, la dimensión que le es propia -el simple diletante deportivo no tiene nada que hacer aquí- hace que la Belleza ceda en este caso el vértice superior del triángulo platónico al Bien.

En cuatro palabras: ir de paseo es perder el tiempo y no hacer lo que debiéramos estar haciendo.

En el testimonio de Nietzsche hay toda una serie de cosas que merece la pena recalcar, pero antes de ocuparnos de él, fijémonos un momento en "transmutaciones":

1o) Va precedido por "sanas"; en este punto, ¿qué podemos considerar como patología? Patológico es aquí la falta de vigor. La melodía que subyace es la que encontrábamos al final del párrafo anterior: allí donde uno no se juega su razón, es el comienzo de la esclerotización espiritual.

2o) El "tardío" ese recuerda muchísimo al Velo de Maya de los hindúes. ¿Es inevitable este carácter tardío? Sin duda porque, el complejo armazón de condicionantes que es el ser humano, va ganado conciencia poco a poco, va alzando el "velo" trabajosamente, mucho más en una cultura como la nuestra actual, en la que todo lo que de un modo u otro huela a ser humano integral se remite al campo de la psicología, en su aspecto de validación clínica, antes que al de la simple educación.

Y vamos ya con Nietzsche4. Ideal es un término que ofrece pocas dudas. Casi sinónimo de "objetivo" o "mira", añade a éstos el matiz de lo perfecto -lo acabado-; de donde se deduce su máxima valía.

Precisamente esa perfección da el sentido moral al esfuerzo del que acabamos de hablar, un esfuerzo que ni siquiera está ausente de la naturaleza: cuando observamos esas conchas de complejas simetrías, ¡qué pocas veces pensamos en la cantidad de siglos que ha necesitado la especie concreta para encontrar tan admirables soluciones.5 Y esa lucha por llegar a la conquista es lo que ha dado en muchos contextos -como éste- el valor de "supremo" a "último": el último es el más alto, ya que antes hay que pasar por todos los peldaños inferiores para llegar arriba.

De todos modos, la cuestión importante aquí es ¿qué es lo que hace a los métodos los ideales más valiosos? Antes de tratar de responder la pregunta, echemos un vistazo de conjunto al contexto de la cita de Nietzsche.

En principio, el parágrafo se opone frontalmente al anterior, el 12, que tiene como argumento central el filósofo como sucesor del sacerdote: "Todos estos grandes idealistas y portentosos se comportan como las mujeres: toman los sentimientos sublimes por argumentos, el pecho expandido por un fuelle de la divinidad y la convicción por el criterio de la verdad".

El 13 que nos ocupa, tiene la frase entresacada por Bachelard como eje, eje en que se enclava y desde el que se explicita perfectamente la continuación:

Durante milenios todos los métodos, todas las premisas de nuestro actual cientificismo han chocado con el más profundo desprecio; con ellos se estaba excluido del trato con los "hombres de bien", se era considerado como un "enemigo de Dios", un detractor de la verdad, un "poseído". Como espíritu científico se era un thsandala... Hemos tenido que hacer frente a todo el pathos de la humanidad, a su noción de lo que debe ser la verdad, de lo que debe ser el culto a la verdad; hasta ahora, todo "tú debes" estaba dirigido contra nosotros.

El parágrafo 14 se centra en la animalidad del hombre:

No es en absoluto la cumbre de la creación; todo ser se halla, al lado de él, en idéntico peldaño de la perfección... Y afirmando esto aun afirmamos demasiado; el hombre es, relativamente, el animal más malogrado, más morboso, lo más peligrosamente desviado de sus instintos, ¡claro que por eso mismo también el más interesante! En cuanto a los animales, Descartes fue el primero en definirlos con venerable audacia como machinas...

En esta contextualización hay algo profundamente llamativo que, por la contraposición que supone, seguramente pueda ayudarnos mucho: Bachelard asume estas ideas en un ambicioso dinamismo que rechaza prudencia, constancia, lentitud...

En el extremo opuesto, Nietzsche quiere presentarse bajo la que para nosotros es hoy imagen tópica de un caballero decimonónico sosegado y se presenta, y presenta junto con él a todos los que han compartido sus ambiciones, con unos apelativos que son, precisamente, los que Bachelard rechaza: tranquilidad, cautela, desconfianza...

Entonces, la pregunta del principio se nos retransforma: ¿qué tienen los métodos para que dos sensibilidades tan distintas coincidan?

No somos capaces sino de cavilar una respuesta: la salvaguarda de la verdad desde sí misma, la verdad que se desvela paso a paso, la verdad que evita mostrarse de golpe y nos presenta su génesis para que podamos pasar por encima de esa animalidad y maquinismo, y así poder llegar a formar parte del controvertido "superhombre", concepto tan pésimamente entendido y cuya incomprensión ha tenido tan graves consecuencias.

Si tenemos razón, semejante diferencia de sensibilidad no es sino algo anecdótico e intrascendente, porque al aceptar uno determinadas actitudes, y al rechazarlas el otro, están queriendo decir exactamente lo mismo, expresándose el primero desde la posición de hombre de ciencia reflexivo, muestra la actitud que hay que tomar ante el objetivo a conseguir.

El otro, desde la posición del poeta que ya lo ha alcanzado intenta mantener compostura y gallardía ante el peso que tiene que soportar y que, como es sabido, pudo finalmente con él.

Visualicemos lo más nítidamente posible el texto de Bachelard:

  1. Acumulados
  2. Pacientemente yuxtapuestos
  3. Avariciosamente conservados
Los conocimientos de esas características son sospechosos porque indican,
  1. Prudencia
  2. Conformismo
  3. Constancia
  4. Lentitud
Todo lo cual parece resumirse en una sola palabra, de aquellas e indiscutidas de siempre:

ORDEN.

Y sin embargo, si la propuesta fuese la anarquía gnoseológica el discurso tendría que discurrir por unos derroteros ajenos a los que discurre: la propuesta es la aventura gnoseológica. Es decir que, en el campo del espíritu, todo lo que de valor ha sido, es y será, lleva la impronta de los Colón, Montgolfier, Gagarin... que a lo largo de la historia han contribuido decisivamente a que ahora seamos lo que somos y que podamos escribir en los términos que lo estamos haciendo.

notas

1 El experimento nunca puede ser neutro, aséptico; exige un compromiso con unas posiciones, las que sean. En este sentido, es evidente que este discurso es un experimento intelectual. Volver al texto

2 En seguida veremos el por qué del subrayado. Volver al texto

3 Albert Camus; citado por S. Ullmann en Semántica, p. 131. Volver al texto

4 Agradezco al Prof. Dr. Luis Jiménez, de la Universidad Complutense, sus sugerencias para la traducción de la frase de Nietzsche. Volver al texto

5 Hasta ahí si no nos salimos de la mera forma. Si reparamos en otro tipo de cuestiones como la reproducción de la especie, la variedad e ingenio de los resultados son como para dejar con la boca abierta al más insensible. Volver al texto


Capítulo anteriorCapítulo anterior Capítulo siguiente Capítulo siguiente
Créditos
Autor: Julio Sánchez Trabalón
Diseño y mantenimiento: María Jesús Viver

Para cualquier sugerencia, comentario, crítica...: 19552@viversan.com

Bachelardiana. Indice Inicio Bachelardiana. XIII

Copyright:
© 2000 Julio Sánchez Trabalón, autor de este documento, autoriza la reproducción y difusión del mismo si se hace sin ánimo de lucro.
Ya se cite total o parcialmente se ruega hacer mención de la fuente.
En el caso de hacer enlaces a este documento el autor agradecería que le fuese comunicado.