los ojos de Minerva |
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EPOCAS DEL ESPIRITU1J. W. Goethe
El tiempo primigenio del mundo, de las naciones, de cada uno de los seres humanos, es el mismo. Un vacío yermo abarca primeramente todo; sin embargo el espíritu empolla ya sobre lo móvil y lo formado. Mientras la masa autónoma que se asombra mira a su alrededor con miedo para satisfacer parcamente la necesidad más inexcusable, un espíritu benefactor mira dentro de las grandes apariencias del mundo, percibe lo que acontece y expresa lo que hay como si se originara. Todo lo tenemos así en los tiempos antiguos: la observación, la filosofía, el poner nombre y la poesía de la naturaleza, todo en uno. El mundo se despeja; aquellos elementos sombríos se aclaran, se desembrollan, el ser humano tiende la mano hacia ellos para liberarlos. Una sensualidad fresca y sana mira en torno suyo: reconoce con amabilidad sólo a sus iguales en lo pasado y lo presente. Al viejo nombre presta ella un viejo perfil, lo antropomorfosea, personifica lo inanimado como lo extinguido y reparte su propio carácter sobre todas las creaturas. Así lo dice la creencia popular que se libera con frecuencia de manera estúpida de todo lo abstruso que pueda haber quedado de aquella época primigenia. El imperio de la poesía florece, y sólo es poeta aquel que posee la creencia popular o el que sabe apropiársela. El cáracter de esta época es la sensualidad libre, eficiente, seria, noble, elevada por medio de la capacidad imaginativa. Como no obstante el ser humano no conoce límites en la intención de perfeccionarse a sí mismo, tampoco la región clara de la existencia le satisface y tiende a regresar en secreto; busca una inferencia más alta de aquello que se le aparece. Y de la misma manera que la poesía crea las Dríadas y Hamadriadas, con las cuales los dioses superiores hacen de las suyas, así la teología produce demonios, a los cuales ella misma jerarquiza entre sí hasta que, finalmente, son pensados en conjunto como dependientes de un dios. Debemos llamar sagrada a esta época; pertenece a la razón en el más elevado sentido y, sin embargo, no puede mantenerse pura largo tiempo y finalmente ha de volverse sospechosa al entendimiento porque, a sus efectos, se apoya en la creencia popular de estar sin poesía, porque expresa lo más maravilloso y le adjudica una validez objetiva. El entendimiento en su mayor energía y pureza venera los comienzos primigenios, le alegra la creencia popular poética y estima la noble necesidad humana de reconocer un Altísimo. Sólo el conocedor tiende a apropiarse todo lo pensable de su claridad, a resolver incluso de manera comprensible las apariciones más misteriosas. Debido a eso no se prescinde de la creencia popular y clerical, pero tras esta misma creencia se acepta algo comprensible, loable, beneficioso, se busca un significado, se transforma lo particular en general y se deduce de lo nacional, provincial, incluso individual, algo que incumba a la humanidad en general. A esta época no se le puede negar una ambición noble, pura e inteligente; sin embargo, le es suficiente más al individuo bien capacitado que a pueblos enteros. Porque en tanto se extiende esta mentalidad, sigue a renglón seguido la última época, a la que podemos denominar prosaica, ya que no pretende humanizar el contenido de las anteriores ni apropiarse del puro entendimiento humano y la vida cotidiana, sino que arrastra lo más antiguo al perfil del día a día, y de esta manera destruye totalmente sentimientos primigenios, creencias populares y clericales e incluso la creencia del entendimiento que pone una coherencia loable tras lo extraño. Esta época no puede durar mucho. La necesidad humana, excitada por los destinos del mundo, retrocede saltándose los pasos razonables, mezcla la creencia popular, clerical y primigenia, se aferra por aquí, por allá, a tradiciones, se sumerge en misterios, sustituye la poesía por cuentos y los eleva a artículos de fe. En vez de instruir comprensiblemente y de influir con tranquilidad, se dispersan arbitrariamente semillas y malas hierbas al albur hacia todos los lados; no hay ningún punto medio sobre el que descansar la vista, cada uno aparece como profesor y guía y ofrece su locura perfecta como si fuese su acabado total. Y así se destruye también el valor de cada uno de los misterios y se profana incluso la creencia popular; atributos que antes se habían desarrollado e independizado de manera natural, actúan ahora como elementos antagónicos y así regresa el caos, pero no el primero, fecundador y gestante, sino uno agonizante que está descomponiéndose del cual el espíritu de Dios apenas podría crear de nuevo un mundo que fuera digno de él.
1 ¿Por qué esta colaboración tan especial? Las llamadas obras completas de Goethe en castellano ni por asomo lo son. Lo descubrí casualmente -mi alemán es peor que pobre- al buscar un artículo de Goethe, que ayudé a traducir a un amigo profesor de alemán (que no quiere figurar) Así que, gracias a él, al maestro de Weimar ... ¡y que lo disfruten! Volver al texto |
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