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CONCIENCIA:INMERSIÓN Y DISTINCIÓN1(Publicada en Discernir y valorar. La Filosofía, calidad de vida y otros estudios de Filosofía práctica, Madrid, Ediciones Clásicas, 1998. pp. 87-94) Cada uno de los hombres tiene experiencia de su propia conciencia. Es consciente de muchas de sus operaciones, y es también consciente, se da cuenta, de que existe. Al tomar conciencia de que existe y actúa, el hombre advierte su pervivencia a través del tiempo, sabe que dura existiendo en unidad de ser, sabe además que todas y cada una de sus acciones parten del núcleo originario de su yo, y que a él, a su yo, se le atribuyen. Este modo de actividad es el que nos manifiesta el hecho innegable de la conciencia, como modo de actividad, frente al modo de otro ámbito de la actividad, también del hombre, pero inconsciente. Al ser consciente, el hombre se da cuenta de su propia existencia, y en ello advierte que no es mero coexistir, sino un existir que conoce su situación en medio de todos los seres. A su vez, valiéndose de que se conoce a sí mismo, el hombre conoce sus posibilidades, conoce los otros seres y cómo pueden éstos relacionarse con dichas posibilidades. Al mismo tiempo, por medio de su conocimiento, despliega su realidad existencial, enriqueciéndo su propio yo. El hombre, por consiguiente, se encuentra a sí mismo existiendo, y que existe con una naturaleza que le es característica. Este hecho de darse cuenta de que existe, con "naturaleza humana", lo advierte distinguiendo, en primer lugar, sus actividades, que son propias de un ser vivo, que si actúa, existe, y si existe lo es en unidad originaria. De este núcleo unitario parte toda actividad, por lo que reconocemos en él un sujeto de atribución, a quien pertenece la existencia y las actividades que proceden de dicho sujeto. Entonces el existente humano, que existe junto con otros seres, se caracteriza por llegar a sorprenderse a sí mismo cuando actúa y al actuar, reconocer en sí su existencia y, al mismo tiempo, su yo personal.
El hecho de ser consciente ¿Qué significa este hecho?.- Este reconocimiento, como hecho de la conciencia en el hombre, ¿en qué modo le es constitutivo?. Si se advierte, en primer lugar, por su actividad, ¿qué modo de actividad es el consciente? Platón dice (Teetetos 185 d-e) que "el alma de suyo, investiga por sí misma lo que es común en todas las cosas". Esto lo contrapone al conocimiento de los sensibles, que cada uno de ellos se conoce por el órgano sensorial correspondiente. El conocimiento que llega a ser consciente, no lo es en cuanto cada sentido percibe su sensible propio, sino en cuanto la actividad del alma recoge en sí algo común que no es sensible, y por tanto, que es propio de cierta actividad, que no se da en los seres puramente sensibles. Por otra parte, Santo Tomás ( S.T., Ia, q. 79, a. 13) reconoce que la conciencia no es una potencia, ni un hábito, sino un acto. esto explica con mayor detenimiento en De Veritate q. 17, a. 1: "nomen enim conscientiae significat applicationem scientiae ad aliquid, unde conscire dicitur quasi simul scire ... unde conscientia non potest nominare aliquem habitum specialem, vel aliquam potentiem; sed nominat ipsum actum, qui est applicatio cujuscumque actum particularem ... dicimus habere conscientiam alicujus actus, inquantum scimus illum actum esse factum vel non factum."
Al reconocer el hombre, al ser consciente de su obrar, de su existencia, de su yo, no penetra con luz clara la realidad entera de sí mismo que se le patentiza, sino que estando abierto a sí mismo para reconocerse como ser y un ser que actúa, se ve, precisamente, como un ser más. Hay multitud de seres amontonados que están ahí, unos junto a otros, sin que se vean a sí mismos, ni sepan que están siendo, que existen, y mucho menos que existen junto con otros, con una forma de existencia que les es propia. El hombre sí, conoce que actúa y que existe. Al conocer sus actos, reconoce a través de ellos su existencia y la naturaleza de su existencia. esto es lo que puede afirmar conscientemente el hombre. Pero al mismo tiempo que reconoce sus actos como suyos, su existencia y su yo, a quien corresponde existir ligado a la multitud indiferente de seres, a la totalidad inclarificable que constituye el universo. Su conciencia, o mejor, el hecho de ser consciente le revela al hombre que existe, porque es innegable que tiene actividad, (no es que la razón de exisitir sea su actividad, sino que su actividad, en todas las modalidades, sí que es la razón de que se dé cuenta de que existe). De hecho el hombre se descubre a sí mismo existiendo con una dependencia muy grande, de circunstancias que le condicionan y son opacas e impenetrables, perdiéndose en la totalidad inaprensible, mientras ésta no sea estructurada por él mismo, por su conocimiento. Existe el hombre y tiene conciencia de que existe junto con los seres restantes, pero al darse cuenta de cómo existe, ¿clarifica toda su esencia en lo que tiene de inserción en todo lo real existente, además de lo que sobresale y se clarifica en sí y para sí, por encima de lo otro?
Ser consciente como inmersión en una totalidad inconsciente Ser consciente es reconocer su propia inmersión en una totalidad inconsciente.- Darse cuenta de que uno existe, no enciende una luz tan potente que pueda ahuyentar toda oscuridad sobre la radicación del ser humano en el conjunto de seres, o mejor, en lo común de ser que conviene a todos los existentes. Ser consciente, por lo tanto, quiere decir darse cuenta de que uno está implicado en el universo, inmerso en la totalidad, pero sin que la totalidad, no ya en extensión y temporalidad, sino mucho menos en su onticidad, se deje penetrar hasta el fondo, más allá de lo que someramente se descubre. El hecho de que nos demos cuenta de nuestra existencia, ¿quiere decir que conocemos perfectamente lo que de ser, y, por tanto, lo que de cognoscible tiene cuanto existe? Si por conciencia no entendemos una potencia -más o menos organizada- del sujeto, sino una modalidad que se da en ciertas actuaciones del espíritu, de modo que al sentir, pensar y obrar, nos damos cuenta de que sentimos, de que pensamos y de que vivimos, no por eso se nos esclarece con clarividencia plena la "realidad" de nuestro devenir, de nuestra constitución estructural, de nuestra proyección en el futuro, y, al mismo tiempo, de todos y cada uno de los seres que están existiendo simultáneamente, o han existido posibilitando el momento actual, o existirán derivándose de los que ahora existen. El hecho de que el hombre sea consciente, le es característico y constitutivo, pero tiene marcada la vertiente de hacer ver que el hombre es una chispa de luz que salta de una inmensidad opaca e impenetrable. Al ser consciente de sí, el hombre advierte los límites de lo que es consciente, y dentro de estos límites no se alcanza claramente toda la realidad, sino que es un punto que arroja luz. A medida que esta luz, que esta capacidad de ver, es más potente se ensancha el ámbito de la conciencia y se va apartando, se va penetrando las raíces de inmersión en lo inmediatamente desconocido, que es más, mucho más que todo lo que se logra hacer consciente.
Ser consciente como ser en sí y para sí El ser consciente es manifestativo de la distinción en sí mismo del hombre, como ser en sí y para sí, como conocido en cuanto diferente de los demás.- Por otra parte, no podemos negar que una claridad se hace en el hombre al ser consciente. El hecho de que pueda saber, y saber de sí mismo reconociéndose, no sólo es advertir su inmersión en la totalidad, sino que lo distingue de todos los otros seres que no pueden reconocerse sobre sí mismos, porque no son capaces de ese modo de actividad que logran los humanos, reflexionar sobre sí mismos, con vuelta completa, aunque sea indirectamente, apoyándose en sus actos. Se constituye entonces el hombre en un núcleo de luz sobre sí mismo, y de iluminación en torno a sí, para sí mismo. El hombre, siendo consciente, se distingue a sí mismo con naturaleza específica que no tienen los otros seres. Tiene, al mismo tiempo, la capacidad de ir distinguiendo con su conocimiento las modalidades de ser que muestran las cosas que constituyen la universalidad del cosmos. Las conoce desde sí mismo, pero como "otros" distintos de él, y advierte la estructuración que puede darse entre todos ellos. A medida que enriquece su conocimiento y agranda su capacidad cognoscitiva, crece igualmente la posibilidad de ensanche de la actividad consciente. El hombre, apoyado en esta luz de penetración, puede actualizar en sí, por el conocimiento, la estructura que va descubriendo, poco a poco, en las cosas. Amplía el campo de la actividad consciente, siguiendo las vías del razonamiento, indaga razones y esclarece cada vez más lo que encuentra, hasta llegar a los primeros principios, y, en último término, a la Razón suprema, pero ¿hasta qué punto da claridad segura este conocimiento y en qué modo el hombre, con todo su afán de saber, se siente plenamente satisfecho con esta penetración? La capacidad de conocer, sabiendo que conoce, le impulsa al hombre a penetrar ávidamente, con luz clara, en la totalidad de ser, bajo los múltiples aspectos, bajo los cuales se muestra, y, con ello, aspira el hombre a conquistar, haciéndolo pasar al campo de la conciencia, cuanto de cognoscible haya en las cosas, siendo señor de cuanto existe por el conocimiento. Mientras sea consciente de su vivir, y de su capacidad de orientar su vida y proyectarse, está el hombre en disposición de avanzar árdua y gustosamente por el camino de conocer, aspirando a saber más y mejor cada día, sobre sí, sobre su dintorno. Consciente de que conoce y de que puede conocer, aspira a saber, pero el término þque tanto atraeþ no llega a ser poseído con plenitud siguiendo sus medios naturales, por poderosos que parezcan. Siempre queda motivo para el estímulo, y caben siempre todavía las aspiraciones hacia un saber más perfecto. El hombre que al ser consciente, advierte sus límites, su inmersión en lo inconsciente, precisamente por darse cuenta de que es capaz de actividad intelectual, espiritual, desarrollando sus actividades específicas, ensancha el ámbito de su obrar consciente y, al mismo tiempo, que es mayor la distinción personal, su proyección sobre lo desconocido, sobre sus límites, alcanza un horizonte más amplio y va penetrando en las raíces de su existencia, hasta poner en claro cuanto es humanamente penetrable. Ser consciente, la capacidad de obrar con conciencia, le constituye al hombre, como ser específicamente diferente, en cuanto es capaz de advertir su propia inmersión en la totalidad de ser que es anterior y está más allá de la actividad que él domina plenamente con su conocimiento, con su darse cuenta. Pero al mismo tiempo, esta inmensidad inconsciente puede ser empujada más lejos cada vez, puede reducirse paso a paso, por el hecho de que el ser consciente, puede ir haciendo mayor cada vez el ámbito de la conciencia. El hombre se distingue de ese modo, al ser consciente, por la capacidad de poseer un modo de actividad que es ajeno a los otros seres. Además la conciencia es determinante y clarificadora por la distinción que pone en el hombre mismo conociéndose, al reflexionar sobre sí, y por la distinción y orden que pone el conocimiento en toda la realidad, considerando las cosas como otros seres, y asimismo al advertir el tejido de relaciones de unos seres con otros y principalmente unos y otros con el hombre.
1 Comunicación referente a la ponencia "La Conciencia y el ser del hombre" del Prof. Dr. Ramón Ceñal, en la VIIa Semana Española de Filosofía, CSIC., Inst. "Luis Vives", Madrid 1963. Volver a texto |
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