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Itinerario III

  Este recorrido se sale de los tópicos, y es uno de mis favoritos.

  Vamos a ir por unos barrios muy poco tocados por el turismo, donde se encuentra uno con la sonoridad de los pasos por las calles sin apenas coches y con la vida cotidiana de la gente, aunque estén cada vez más deshabitados.

  Otra vez es un itinerario para buenos andarines y realmente admite varias alternativas.

  La más razonable es comenzar desde Zocodover aunque también se puede iniciar desde la estación de ferrocarril, como en el Itinerario II


Comencemos pues.

  Primera alternativa (para andarines voluntariosos):

  Desde la estación de ferrocarril seguimos el mismo camino del Itinerario II hasta cruzar el puente de Alcántara.

  Vista del Alcázar Una vez allí, continuamos a la izquierda por la carretera que sigue el curso del río.

  Nos acompaña el muro sobre el que apoyaban los cimientos del convento del Carmen Calzado. Se ve allí la ventana por la que, dicen, escapó San Juan de la celda en que le tenían retenido los frailes de su propia orden.

  Torcemos a la derecha por la calle de Miguel de Cervantes, y nuevamente a la izquierda por la calle de la Unión que tiene un pasadizo que nos conduce a los jardines del Alcázar. Desde allí podemos ver el Valle, el río, la carretera de circunvalación, los montículos donde se asientan la Academia Militar y varios cigarrales.

  Hacia la ciudad se levantan los muros más antiguos del Alcázar, que parece ser que fue construido por Alfonso VI, tras la conquista de la ciudad. Subimos por los jardines y llegamos a la explanada, donde se ve el monumento al Angel del Alcázar, obra de Juan de Avalos, y la mole del Alcázar.

  Merece la pena dar una vuelta por cada una de sus fachadas, completamente reconstruidas tras la guerra civil pero utilizando los elementos originales que se conservaban. Especialmente aconsejable es la visita al patio, obra de Alonso de Covarrubias como el del Hospital Tavera.

  Colección del periódico Alcázar Segunda alternativa (para personas más razonables):

  Desde Zocodover subimos por la cuesta del Alcázar y, una vez dada la vuelta al edificio bajamos por la calle de la Soledad. Cuidado con no escurrirse, porque es muy empinada.

  Este barrio es realmente laberíntico, dicen que en esta zona se asentaron los caballeros del Temple, después de la batalla de las Navas de Tolosa, donde ayudaron activamente al rey Alfonso VIII. Se llamó barrio de los Francos, porque parece ser que en ellos se establecieron los caballeros extranjeros que vinieron a ayudar a la reconquista de la ciudad.

  Ya en la plaza del Seco, apenas un ensanchamiento, también en cuesta tomamos la calle de San Miguel y nuevamente a la derecha, por el Cobertizo de San Miguel llegamos ante la entrada de la iglesia de San Miguel el Alto.

  Realmente no hay nada que ver entre las callejuelas. La torre de la iglesia se nos pierde completamente, pero ya encontraremos otros lugares desde donde podamos admirarla, se distingue fácilmente de otras torres mudéjares porque conserva algunos pilarillos de cerámica verde en el cuerpo de campanas.

  Volvemos sobre nuestros pasos a la plaza del Seco, allí el número 5 es una caja de sorpresas. Conserva restos musulmanes anteriores a la conquista, es decir al 1085 y son dignos de verse, aunque seguramente estará cerrada.

  Al hilo de esto aconsejo nuevamente a los visitantes curiosos que no dejen de mirar portal que encuentren abierto: encontrarán patios góticos, cerámica ... en cualquier rincón.

  Bajamos por la cuesta del Pez que es retorcida y parece a veces sin salida. Desembocamos en la calle del Cristo de la Calavera.

  Torcemos a la izquierda y salimos a la cuesta de San Justo, en el rinconcillo donde se abre la casa número 4 hay un patio del siglo XIX con columnas de hierro fundido y en él un arco de yesería mudéjar que tiene nombre propio -Arco del obispo- y una sala con un artesonado del siglo XV o XVI. Esto es puramente informativo, pues es privada.

  Detalle de un callejón En el número 3 nos encontramos una gran portada de piedra con el escudo de la catedral, la Virgen María imponiendo la casulla a San Ildefonso. Este caserón se llama el Corral de la Campana, porque aquí se fundió en el siglo XVIII la campana gorda, era tan gruesa que cuando se hizo sonar la primera vez el badajo la rajó y así está en la torre de la catedral, muda.

  Seguimos bajando un poquito para echar una mirada a la plaza de San Justo.

  Allí la antigua casa del cura a mano derecha, el sanatorio Solís enfrente -neomudéjar de ladrillo- y nos asomamos a los muchos callejones que van a confluir a ella. Unos tienen salida y otros son adarves sin salida.

  La plaza es graciosa aunque no tiene nada especial. Apenas un ensanche con unos cuantos árboles, pero resultaría muy agradable sin los coches que la ocupan.

  Ahora podemos intentar entrar la iglesia de San Justo, si está abierta.

  La iglesia como tal es decepcionante, pero siempre Toledo nos guarda sorpresas. La que toca aquí es la capilla que está en la cabecera de la nave de la izquierda donde nuevamente nos encontramos con la mezcla de estilos cristianos y musulmanes. La restauración que se hizo a principios de este siglo puede desconcertar un poco el colorido. Tiene un artesonado de mocárabes En esta iglesia, en una capilla de la nave de la derecha, se encuentra el enterramiento de Juan Guas y su mujer, que están pintados en el muro.

  Salimos de la iglesia y retrocedemos hasta la calle de San Juan de la Penitencia que se abre a mano derecha, rodeando el ábside de la iglesia. En esta calle hay alguna casa interesante con galerías de madera en los pisos y patio.

 

Huella dejada por los ejes de los carros
En esta calle se conserva el único resto original del convento de San Juan de la Penitencia, una portada gótica y poco más. Lo fundó el cardenal Cisneros en el siglo XVI, para educar doncellas huérfanas. Estaba lleno de obras de arte, pero en la guerra civil se incendió y esto es lo que hay.

  Seguimos por la calle, que cambia de nombre para llamarse ahora calle de San Lucas como la iglesia ante la cual termina.

  Esta iglesia es parroquia mozárabe. La restauración le quitó todos los aditamentos que dejaron el tiempo y los hombres, con lo cual han quedado una típica y casi tópica iglesia mudéjar de mampostería y ladrillo. Pero merece la pena entrar porque es la única de las toledanas que conserva el lugar que ocupaba el cementerio convertido en un delicioso jardincillo.

  Convento de las Jerónimas de San Pablo Una vez fuera de la iglesia seguimos por la carretera de la Cornisa. En el muro que delimita la carretera hay un balcón, pertenece a la casa y jardín llamado cigarral de los Canónigos, porque allí venían a descansar y hacer sus tertulias.

  Un poco más abajo está la mole del convento de las Jerónimas de San Pablo, con celosías de madera en los huecos del muro.

  Si seguimos por la acera de la izquierda, disfrutando de las amplias vistas del Valle, unas escaleras nos invitan a bajar al barrio del Alhandaque y un callejón a la derecha, el del Pitote, nos retrotrae a la época medieval con el piso saliente de su primera casa de la derecha, casi tapando la vista del cielo. Salimos a través de él a la Bajada del Barco, y llegamos hasta la orilla del río.

  Allí el embarcadero y a mano izquierda se ve la llamada casa del Diamantista, una casa completamente reconstruida que se refiere a una leyenda de amores y celos de un famoso joyero casado con una hermosa mujer.

  La barca que atraviesa el río desembarca a los paseantes en el arroyo de la Degollada, llamado así por una muchacha que resistió las demandas deshonestas de un fraile que la degolló en ese lugar. Cerca de allí, se ven aún los restos de la última herrería que hubo en Toledo y el río está lleno presas y construcciones arruinadas.

  Esta barriada estaba habitada por los herreros y los que trabajaban los tejidos, especialmente los tintoreros, y los curtidos, por ello este barrio es llamado el de las Tenerías y tenía fama de malos olores.

  Preparémonos ahora porque volvemos a subir. Girando a la derecha nos encontramos con un torreón fortificado, la puerta del Hierro.

  Subimos por la calle de la Tahona y la de los Tintes y llegamos otra vez a la Bajada del Barco, que para nosotros es subida.

  De las edificaciones de la derecha las primeras corresponden al convento de Jerónimas de San Pablo que ya hemos visto desde arriba y, sin solución de continuidad el convento de la Concepción Benedictina, donde dicen los antiguos historiadores de la ciudad que se conservaba el cuchillo con el que degollaron a San Pablo, traído del convento de la Sisla, que estuvo en el Valle. La puerta de la iglesia de este convento se abre a una plaza.

  Subimos por el callejón de escalones, a la derecha, que se abre después de este ensanchamiento y giramos a la izquierda por la calle de San Lorenzo, que parece un laberinto.

  En un recoveco está la entrada de la iglesia de San Lorenzo, de la que se conserva poco, apenas la torre, porque sufrió un incendio.

  Mirando a la izquierda ¡sorpresa! el último piso tiene una hermosa galería de arcos rebajados con antepechos decorados con motivos platerescos.

  Y a la derecha el palacio de Munarriz. Debe su nombre a un canónigo obrero de la catedral que fue el impulsor de la construcción de la campana gorda de la que hemos hablado. PortadaLa portada es copia de la original que se trasladó al Cigarral del Angel, en la carretera de la Bastida.

  Y otra vez a la Bajada del Barco, que atraviesa la plaza del Colegio de Infantes.

  El colegio está construido sobre el solar de los baños del Cenizar, que eran públicos y propiedad de la catedral hasta que el cardenal Silíceo mandó a Alonso de Covarrubias que construyese el colegio para formar a los niños que formaban parte de los Seises, el coro infantil que cantaba en la catedral.

  La portada del Colegio queda a mano izquierda y es muy curiosa, obra de Francisco de Villalpando, autor de la reja del altar mayor, los púlpitos y las hojas de bronce de la portada de Puerta de la Alegría en la catedral.

  Por estos lugares habitaba y tenía su taller de herrería Domingo de Céspedes, el autor de la reja del coro de la catedral. La cuesta continúa y en ella casi cada casa merece una detenida mirada. Las hay de para todos los gustos.

  Y, por fin, desembocamos otra vez ante la girola de la catedral. Podemos aprovechar para descansar en alguno de los bares de las Cuatro Calles o seguir a la izquierda por la calle del Deán, si queremos a hacer una nueva visita a su interior.

 

Para cualquier sugerencia: @ toledo@viversan.com

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