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Itinerario I

 

 El camino que seguiremos es un recorrido de monumentos tópicos, enlazados por calles y barrios no tan tópicos, donde tendremos ocasión de ver la vida como se vive ahora e imaginarnos cómo se vivió en otros tiempos.

 


 

Escudo de Toledo en Sevilla

 Entramos por la carretera de Madrid, antiguo camino que ocupa única lengua de tierra que une esta península con la región circundante.

 Vemos los barrios que siempre estuvieron fuera de las murallas, a mano derecha queda el barrio de San Antón, donde se celebraban las romerías para bendecir a los animales y propiciar su fertilidad.

 Sigue, también a mano derecha, el barrio de San Lázaro, casas agrupadas en torno al hospital del mismo nombre donde se recogía a los apestados, enfermos, mendigos y gente de mal vivir a la que no se permitía la entrada a la ciudad. El lugar de este hospital lo ocupa ahora un hotel que conserva el ábside de la iglesia.

 A continuación vemos el primer edificio monumental de la ciudad: el Hospital de San Juan Bautista, o de Afuera, o Tavera, que todos estos nombres tiene. El hospital fue fundado por el cardenal Juan Pardo Tavera a mediados del siglo XVI para recoger a los enfermos pobres. Este cardenal, regente del reino de Castilla junto con la emperatriz Isabel, durante las largas ausencias del emperador Carlos V, mandó construir el hospital con modelos del más refinado arte italiano. Allí quiso ser enterrado y su tumba centra la iglesia, la última y quizá la más impresionante obra de Alonso de Berruguete, uno de los más grandes artistas del siglo XVI. No haré una descripción de este edificio, austero y seco por fuera, armonioso y bello por dentro. Los datos y descripción de éste y de los restantes edificios que encontraremos en nuestro recorrido queda a cargo de guías más convenientes.

 Al otro lado de la calle, a la izquierda, queda el barrio de las Covachuelas, llamado así porque, entre los cimientos de sus casas se encuentran cuevas y restos de muros, quizá restos de construcciones romanas, semejantes al Circo romano de la Vega, del que sólo quedan los muros de cimentación. Vista del Alcázar En este barrio de las Covachuelas aún se conservan garajes y almacenes con la estructura de posadas de caminantes, que fueron hasta hace relativamente poco. Las nuevas edificaciones están cambiando la fisonomía del barrio.

 Unos jardines nos conducen ante la puerta de Bisagra nueva, primera puerta de murallas, de época musulmana y con torreones redondos del siglo XVI, realizados como adorno en piedra para una visita de Felipe II a la ciudad.

 No traspasamos las murallas por esta puerta monumental. Seguimos a mano derecha el recorrido de la muralla hasta toparnos con la puerta de Bisagra vieja o puerta de Alfonso VI. Cuenta la tradición que fue por aquí por donde entró, en 1085, Alfonso VI, como nuevo señor de la ciudad y reino.

 Seguiremos el recorrido que dicen que siguió este rey por un rato.

 Continuemos.

 La calle de Fernando VI nos conduce ante la primera iglesia cristiana que se construyó tras la Reconquista: Santiago del Arrabal, perfecta obra mudéjar, donde el espacio está modelado de tal manera que anula el deseo de percibir el detalle.

 Dejamos atrás Santiago, llegamos a la plaza de la Estrella, por donde podríamos pasar, a través de un túnel, al barrio de la Antequeruela. Este barrio recibe su nombre del infante Don Fernando de Antequera que construyó las murallas que le protegían, ampliando el recinto amurallado de la ciudad. Este infante fue posteriormente elegido rey de la corona de Aragón en un compromiso, el de Caspe, en 1412: el primer rey elegido por su pueblo.

 Después de la plaza de la Estrella, dejando a la izquierda la calle del Arrabal, continuamos el recorrido de Alfonso VI.

 Subimos por la empinada cuesta del Cristo de la Luz. Desde allí vemos la puerta del Sol, llamada así porque está orientada a la primera y la última luz del sol.

 Atravesamos otro recinto amurallado, más antiguo, por la puerta tradicionalmente llamada del Cristo de la Luz y llegamos ante un diminuto edificio, obra musulmana del 998. Es la mezquita del Cristo de la Luz. En el empedrado de la acera hay una pequeña pieza de mármol blanco que recuerda la leyenda de cómo el caballo de Alfonso VI se arrodilló y no quiso andar; al levantar el empedrado encontraron la talla de un crucificado que tenía ante sí una pequeña lámpara de aceite encendida desde los tiempos de la invasión musulmana, allá por el siglo VIII. Esta leyenda es la que da nombre al edificio, la calle y la puerta de murallas.

 La mezquita, que posteriormente fue iglesia, muestra la continuidad de las tradiciones artísticas, desde la época visigoda, (capiteles), a través de la musulmana (cuerpo cuadrado), hasta la cristiana, tramo recto y ábside. Todo ello sin discrepar, sutilizando y matizando lo construído antes.

 Vamos ahora a adentrarnos en uno de los barrios más curiosos de Toledo, el de los cobertizos.

 Subimos por la empinadísima cuesta de los Carmelitas, torcemos a mano derecha, dejamos la deliciosa plazuela que enmarca la fachada de la iglesia de los Carmelitas y nos dirigimos a un barrio de conventos. Plaza de Santo Domingo

 A través de los siglos las sucesivas donaciones de casas contiguas ha obligado a los conventos a construir pasos de comunicación por encima del nivel de las calles, los cobertizos, permitiendo la existencia de la vía pública. Casi todos los conventos de este barrio son femeninos y ocupan una parte considerable del espacio urbano.

 Caminamos por el más largo de ellos como por un túnel, y desembocamos en la plaza de Santo Domingo el Real, lugar soleado y calmo donde solamente la visión de los coches nos recuerda que el tiempo no se ha detenido.

 Detengámonos un momento, el tiempo preciso para gozar de un merecido descanso después de haber subido dos cuestas tan "cuestas".

 Al otro extremo de la plaza, a la izquierda, la calle de Algibes tiene hermosos patios, algunos de azulejería talaverana.

 Desembocamos en la calle de las Tendillas, subimos por ella hacia la izquierda y nuevamente torcemos a la derecha, por la calle de Esteban Illán y, otra vez, a la izquierda. Una corta calle tiene a la derecha los secos muros del convento de San Clemente, el más antiguo de Toledo que ha celebrado ya su milenario. A la izquierda la flanquea el palacio del conde de Arcos, sencillo por fuera que guarda un amplísimo patio renacentista que puede verse desde la cafetería, que abre su puerta en esta pared.

 Estamos en el punto más alto de la ciudad, tanto que, en lugar del jardín que vemos estuvo aquí el depósito que surtía de agua a la ciudad. Este diminuto jardín, de reciente construcción está delimitado por la casa conventual de los Jesuítas, inmensa mole de ladrillo, que vemos por detrás. A la derecha, en un rincón se abre una fachada del fines del siglo XVI, es la iglesia de San Pedro Mártir, donde se han ido reuniendo recuerdos artísticos procedentes de otros lugares desaparecidos. Aquí se encuentra la tumba de Garcilaso de la Vega, el mayor poeta nacido en Toledo.

 Torre de San Rom%aacute;n

 La torre que limita la fachada de San Pedro Mártir pertenece a otra iglesia, la de San Román, que abre su puerta para que podamos ver una iglesia mudéjar, adornada con pinturas de tradición cristiana y musulmana amalgamadas en un espacio arquitectónico nítidamente occidental. La claridad de su planta se complementa con la recargada decoración que la destaca y avalora. El paso de los siglos y los añadidos, de mediados del siglo XVI, no logran empañar ni romper la unidad espacial. Además esta iglesia está íntimamente unida a la historia de Toledo por dos hechos. Uno, el que en ella fue proclamado rey, cuando era aún un niño, Alfonso VIII, el vencedor de las Navas. Otro, el enterramiento de Esteban Illán, alcalde de la ciudad, mozárabe, que en su persona mostró cómo la cultura toledana aglutinaba las venidas de otros lugares, fueren las que fueren.

 Bajamos, por fin, por la calle de San Clemente. Nos detenemos un momento ante la portada de su iglesia, pequeña obra maestra de la juventud de Diego de Siloe, arquitecto de la catedral de Granada. Desembocamos ante el portal del Armiño, cigarral que la tradición dice que perteneció a la familia de El Greco. Torcemos a la izquierda y nos hallamos en la plaza de Valdecaleros, ensanche más que otra cosa de la red viaria, pero que conserva bastante encanto a pesar de haberse convertido en aparcamiento de coches.

En esta plaza está la entrada a la Facultad de Derecho que ocupa los claustros del convento de San Pedro Mártir. Son tres claustros, obra de Alonso de Covarrubias, no cuento nada más, porque hay que verlos. Desde la mitad de la plaza se ve la torre mudéjar del convento que surge casi como un fantasma, sólo se puede ver desde este lugar.

 La atravesamos y nos encaminamos por el callejón de enfrente, el de Bodegones, que nos lleva con sus recodos a la calle de Santo Tomé, frente a la parte trasera de la iglesia del mismo nombre donde se conserva el cuadro de El Greco, el Entierro del Conde de Orgaz.

 La plaza del Conde conserva la columnata medieval de lo que fue casa parroquial de la iglesia de Santo Tomé y, sin solución de continuidad, el alto y seco muro del palacio de Fuensalida, que es el más fastuoso palacio mudéjar de Toledo, del siglo XV. Allí murió la emperatriz Isabel, esposa de Carlos V.

 Esta plaza limita la Judería, barrio que habitaron los judíos hasta 1492, año en que fueron obligados a renunciar a sus creencias o exiliarse en dolorosas condiciones. Los judíos sefardíes son sus descendientes y han conservado a través de los siglos su lengua y sus tradiciones. La Judería era un barrio rodeado de empalizadas, que por la noche quedaba cerrado y aislado del resto de la ciudad. Comenzamos a recorrerla bajando por la calle de San Juan de Dios, típicamente turística, llena de tiendas, pero donde también hay algunos hermosos patios que con suerte podrán visitarse. Por esta calle, siguiendo los carteles indicadores llegaremos a la casa-museo de El Greco. Este palacio recrea las condiciones físicas en que probablemente vivió el pintor. Casa-museo del GrecoEl solar de su casa lo ocupan ahora los jardines de El Tránsito que se abren al río y al Valle que enfrenta la ciudad.

 

 Nos dirigimos después a la Sinagoga de El Tránsito, edificio del siglo XIV, obra de alarifes musulmanes o de tradición artesanal musulmana. Fue financiada por Samuel Ha Leví, tesorero de un rey de Castilla. Básicamente es un amplio salón de decoración fastuosa, como tapices en yeso.

 Nos encontramos ahora ante una disyuntiva, o bien seguimos el recorrido por la calle de Reyes Católicos que enlaza con la sinagoga de Santa María la Blanca y acaba en el convento de San Juan de los Reyes, o bien recorremos el barrio que se encuentra encima de ella, para respirar el aire de las callejuelas estrechas y las pequeñas plazas que se crearon por el derribo de casas de judíos. Es una difícil elección teniendo en cuenta el camino ya recorrido y el cansancio acumulado.

 En cualquier caso la visita a la Sinagoga de Santa María la Blanca ha de hacerse. Es más antigua que la del Tránsito. Se fecha en torno al siglo XIII. Es una planta clara donde la fastuosa decoración se concentra en los capiteles y en una faja de los muros. Sigue tradiciones musulmanas, así como las puertas, magnífica obra mudéjar de carpintería.

 

 Antes de llegar al convento de San Juan de los Reyes, observamos a mano izquierda un conjunto de edificios que muestran el arte de trabajar el ladrillo, tradición toledana por excelencia. Claustro de San Juan de los Reyes Es la Escuela de Artes y Oficios, obra de Mélida, de principios de este siglo. Pocas obras historicistas nos hacen sentir que están vivas, ésta es una de ellas.

 El convento de San Juan de los Reyes se construyó a finales del siglo XV. En él trabajaron los artistas más renombrados de su época. Sus artesonados, su escultura, su arquitectura, todo está al servicio de la unidad. Extremadamente delicada en los detalles, sin embargo el conjunto es robusto y potente, lleno de energía. Las cadenas que decoran sus muros son las de los cristianos liberados tras la conquista del reino de Granada, el último reino musulmán que quedaba en la Península.

 Cansados, agotados y casi hastiados de tantas cosas vistas, dejamos este caminar. Para agobio de algunos y encanto de otros hemos de advertir que la mitad de la ciudad, con la catedral incluída, calles, plazas y multitud de recónditos rincones nos quedan por visitar. Aún más, en nuestro recorrido hemos dejado multitud de lugares hermosos por visitar.

 Pero, la ciudad permanece, se puede volver, con más tiempo, para descubrirla poco a poco, paseando, leyendo en sus muros las enseñanzas que allí se plasman.

 

Para cualquier sugerencia: @ toledo@viversan.com

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